16 de agosto de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Un artista de la titulación judicial

Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
28 de noviembre de 2020
Por Orlando Cadavid Correa
Por Orlando Cadavid Correa
Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
28 de noviembre de 2020

En tiempos pretéritos, cuando la crónica judicial mandaba la parada en el periodismo impreso, surgió un paisa de todo el maíz que no tenía par en la titulación ni en los relatos.

Se llamaba Alfonso Upegui Orozco y firmaba sus picarescas narraciones emanadas de los estrados  judiciales con  un “Don Upo”, que armó con  las tres letras salidas de las iniciales de sus apellidos: “Don  UPO”.

En las vistas públicas la concurrencia murmuradora se preguntaba “¿quién es Don  Upo?”, y allí estaba bien apoltronado, armado de su libreta de apuntes,  acopiando  material para la crónica en ciernes.

Como intuía que las historias de los crímenes de Medellín iban a ser de película, el periodista Francisco Velásquez Gallego, autor de la semblanza de la que nos ocupamos, le encomendó el prólogo de su libro al director de cine Víctor Gaviria.

Para enganchar a sus lectores, el Pacho los sedujo con estos dos párrafos en la portada, ilustrada con una foto y una caricatura de su personaje:

“Don Upo,  vida y obra del periodista que con mejor picaresca trató los crímenes de Medellín y Antioquia a mediados del siglo XX”.

“Recopilación de las más celebradas crónicas antetituladas “De los estrados judiciales”.

Antes de que se agote el espacio, rescataremos unas cuantas píldoras, que apuntan a resumir la maestría de este titulador insigne de la crónica judicial:

–“Por ser tan lindo el amor, se hizo matar de un cuñado”.

–“Manejaba con una mano, la otra la llevaba ocupada”.

–“Esa fue una batalla campal, pero no hubo sino un muerto”.

–“Bien celebrada la navidad, mataron a Nano a  puntapiés”.

–“Milcíades Orrego bebió mucho despampanante coctel Upegui, y mató a María en la calle Colombia”.

–“Le apuntó por charlar y le dio en la cabeza; no creía que estaba cargada”.

–“Creyó que ese era Efrén y mató a Luis Alfonso”.

–“Quería llevarse a Victoria, pero a Eusebio lo atajó un tiro”.

–“Mató al que no era, pero sí hirió al que sí era”.

–“Bruto, liberal”, le gritó alguien; el otro lo mató de una puñalada.

–“Se fue con Horacio a la tumba, porque el amor es así, muy lindo”.

–“Daba  gritos a lo mejicano, y  Darío lo mató de un balazo”.

–“La CIA mandó ejecutar a un escritor que sabía mucho”.

–“Empezaron muy bien el año: el uno a la cárcel, el otro al cementerio”.

–“Le arrancó el reloj a Raúl y le llegó la hora del juicio”.

–“En su finca se entendía con vacas bravas, pero no pudo manejar a su Libia”.

–“La adoraba entrañablemente, y por ello la mató a tiros”.

La apostilla: Don Upo solía batir muchas marcas en la vida social. Se casó con su novia de toda la vida, Dolores Arango Montoya. La pareja trajo al mundo dieciocho vástagos. Ninguno salió periodista.