15 de agosto de 2022
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Natalia

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
6 de noviembre de 2020
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
6 de noviembre de 2020

Un día, cercano a la navidad, pidió un gallo.  Quería uno grande, colorido, enérgico, un gallo entero, que, aunque no tuviera gallinas, se comportara como si lo rodearan. Y se lo llevaron, claro.  Se hizo arreglar una silla cerca a una de las ventanas que daba al patio, y a él le hizo construir una especie de pedestal hecho de guadua.  Ella se sentaba lo más cerca que podía a la ventana, y él en su especie de trono.  Así pasaban horas mirándose, ella viendo como la luz se reflejaba en las plumas tornasoladas del cuello y la cola, y él, de vez en cuando, cacareando como un rey.

Murió primero el gallo.  Ella era una superviviente capaz de superar las vidas ya bastante longevas de sus hermanos, e incluso, las de dos de sus hijos. Tenías más de noventa y cinco años. Y había recorrido una vida intensa, no porque se hubiera dedicado a criar a sus hijos, o porque hubiera tenido una febril actividad social o intelectual, sino porque había librado batallas internas más complejas y tortuosas. Su cerebro se había debatido con las almas condenadas en el infierno y su cuerpo había sentido llamas calcinantes que inexplicablemente no quemaban las telas que la cubrían.  Enloqueció muy joven, cuando sus hijos menores apenas gateaban. Odió con toda la intensidad posible al hombre que la amaba y se abandonó por completo a sus delirios, carentes por demás de debates morales o teológicos porque el asunto era bastante sencillo: ella y su prole eran demonios que habitaban el infierno, ángeles destinados a cumplir ese papel, tal como seguro otros deberían cumplir uno diferente, aunque no más angelical. Las consecuencias de su delirio no las soslayaba: los demonios no comen, no es necesario que se vistan, no reciben a los curas y mucho menos la comunión. Lo que no entendía muy bien, sin embargo, era porque aquellas pijamas blancas y almidonadas no se consumían en medio de las llamas; pero ese era un asunto de menor importancia.

Se destrozó las articulaciones de las manos, estrujando una contra la otra, en un gesto que reflejaba el sufrimiento que la agobiaba.  La internaron en cuanto sanatorio pudo recibirla, al final la recluyeron en Sibaté durante muchos años, alejada de su familia y sometida a tratamientos que minaron su espíritu hasta sumirla en un profundo silencio, y la regresaron luego a casa: callada, melancólica. Sus gestos de violencia habían sido reprimidos, y el objeto de su odio, Pablo, su marido, ya había muerto, tanto o más triste que ella.

Pero la lucidez fue regresando, poco a poco.  Los cuidados y la devoción de la hija que decidió dedicarse a ella, fueron, junto con algún inexplicable motivo del espíritu que nadie debe poder imaginar o nombrar, las razones para que sosegadamente fuera regresando de las profundidades a las que había sido sometida, y sin los delirios que la habían agobiado.

Así, serena, elegante, blanca, muy blanca y hermosa, aparece en las fotografías de mi bautizo. Mis padres, como haciendo un insolente guiño al futuro, decidieron nombrar a dos de mis bisabuelos padrinos de mi bautizo. En una de esas fotografías aparezco en sus brazos y de la mano sostengo una cinta que lleva anudado en el otro extremo un conejo blanco. Un conejo blanco que nadie recuerda que hubiera existido, pero que está allí, incluso en otra fotografía del mismo día, en la que aparezco con mis padres.

Y la serenidad de Natalia se mantuvo durante los siguientes diecisiete años, por eso no fue extraña la petición del gallo, ni la emoción que le provocaba su canto. Incluso se dedicó a tejer sacos para niños que donaba a la iglesia del barrio, y a leer. Leía durante horas los libros que sus hijos le entregaban; por eso cuando iba a visitarla, me pedía, en lo que ella creía era sottovoce, pero era un grito a todo dar, que le consiguiera otros libros: “porque estaba cansada de tantas lecturas de vidas de santos”, y de tanta gente santa que la rodeaba. La hija me miraba y guardaba silencio. Yo era apenas un niño, y no entendía ni el pedido de mamá Natalia, ni la negativa de todos a entregarle otros libros. Después vine a comprender el miedo que se ocultaba tras aquel silencio amoroso, cuando leí las palabras que la sobrina de don Quijote dijo al Señor cura, aquella jornada de expurgación de la biblioteca del hidalgo: “-¡Ay, señor! -dijo la sobrina-. Bien los puede vuestra merced mandar quemar, como a los demás; porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza”.

Y tenía razón la sobrina de Don Quijote, Natalia supo leer, aun en la Vida de Santa Catalina de Génova del presbítero de Reus, lo que todo libro sabe ocultar; y las grietas que fueron dolorosamente cerradas y que fueron durante tantos años cuidadas, se volvieron a abrir, y de nuevo las llamas del infierno se colaron hasta su cama, cuando ya casi cumplía el siglo; mientras que yo, emocionado, escuchaba su perorata, que no era diferente a la de un poeta iluminado.

Manizales, noviembre 6 de 2020