17 de septiembre de 2021
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Letras caldenses

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
6 de noviembre de 2020
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
6 de noviembre de 2020

José Miguel Alzate, constante analista de los valores culturales de su región, recoge en el libro Nombres en las letras de Caldas, editado por la Gobernación, cerca de 80 textos que ha escrito a lo largo del tiempo. Es un enamorado de su comarca, y sobre todo de Aranzazu, su patria chica, a la que asigna el nombre literario de San Rafael de los Vientos (título de una de sus novelas) y no cesa de exaltarla en artículos y libros. Otras obras recientes que tienen como escenario a Aranzazu son la novela infantil Cuando en sueños Amanecer conoció el boque y el libro de cuentos Historias de un pueblo encantado.

En el ensayo preliminar anota que las primeras inquietudes literarias en Caldas nacieron hacia los años 1880-1885, y que en 1904, con la fundación de Revista Nueva, dirigida por el atildado escritor Aquilino Villegas, surgieron varios nombres que le dieron impulso al empeño inicial. En 1910 ese afán era un hecho cierto, y a partir de entonces aparecieron otras figuras notables, como Rafael Arango Villegas,  el escritor costumbrista más importante después de Tomás Carrasquilla, y Roberto Londoño Villegas, conocido como el cronista Luis Donoso.

El grupo de los grecolatinos, el más prestigioso en las letras caldenses, marcó un hito en la vida regional, con eco en todo el país. En él sobresalieron Fernando Londoño Londoño, Silvio Villegas, Arturo Zapata, Antonio Álvarez Restrepo, Gilberto Alzate Avendaño, Alberto Mendoza Hoyos, entre otros. El grupo se distinguió por el riguroso manejo del idioma, la elocuencia del estilo, el fulgor de las metáforas y el puntilloso manejo del adjetivo.

El último grecolatino, César Montoya Ocampo, que hasta el último momento de su existencia mantuvo refulgentes las ideas y las galas que eran características de su talante literario, murió en Pereira en mayo de 2019, a los 89 años de edad. Era oriundo de Aranzazu, como José Miguel Alzate, y los ligaban estrechos lazos de hermandad. De esta población es también Javier Arias Ramírez, eminente poeta con resonancia nacional.

En los años 30 tuvo alta nombradía Bernardo Arias Trujillo con Risaralda, novela ejemplar. En la década del 40 surgió otro grupo de señalados méritos: Otto Morales Benítez, Ovidio Rincón Peláez, José Hurtado García, Danilo Cruz Vélez, Jaime Mejía Duque, Adel López Gómez, Antonio Cardona Jaramillo –Antocar– (los dos últimos nacidos en el futuro departamento del Quindío).

En diferentes épocas se destacan Blanca Isaza de Jaramillo Meza, Maruja Vieira, Beatriz Zuluaga, Omar Morales Benítez, Jorge Santander Arias, José Vélez Sáenz, Fernando Arbeláez, Iván Cocherín, Néstor Gustavo Díaz, Hernando Salazar Patiño,  Hernando García Mejía, Carlos Arboleda González, José Chalarca, Augusto León Restrepo, Óscar Echeverri Mejía (nacido en Ibagué), Fernando Mejía Mejía, Carlos Enrique Ruiz, Eduardo García Aguilar, Octavio Escobar Giraldo… La lista es extensa, y la limitación de este espacio no permite hacer las debidas precisiones. Es digno de encomio el empeño que desde vieja data ha mostrado José Miguel Alzate por resaltar la esencia creativa de Caldas.

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