17 de septiembre de 2021
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A propósito de estatuas

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
9 de octubre de 2020
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
9 de octubre de 2020

Gran revuelo causó el derribamiento de la estatua de Sebastián de Belalcázar en Morro del Tulcán, de Popayán, por 5.000 indígenas que justificaron el acto como respuesta a las élites españolas que esclavizaron y asesinaron a los aborígenes.  Esta reivindicación tiene lugar cerca de 5 siglos después de aquellos hechos. Esto no cambiará la historia, pero hace reflexionar sobre los vejámenes de que fueron objeto las tribus indígenas.

Estatuas se han derribado en muchos lugares del mundo, entre ellas la de Lenin y la de Cristóbal Colón. Otras veces se cambia una estatua por otra, como ocurrió en Barrancabermeja al desmontar la de Laureano Gómez y poner en su remplazo la de Jorge Eliécer Gaitán, a raíz de los famosos viernes culturales que este realizaba en la capital del país y que tenían repercusión en la ciudad proletaria.

Hay estatuas que reciben airadas voces de rechazo cuando se construyen, y luego obtienen el beneplácito ciudadano. En este campo están el Bolívar Cóndor de Manizales y el Bolívar Desnudo de Pereira, ambas de  Rodrigo Arenas Betancourt. Sobre esta última dijo el famoso escultor: “Lo he interpretado desnudo, despojado de inútiles atavíos y abalorios, como un ser natural, como el viento, como el grito, como el fuego”.

En el libro Bolívar en el bronce y la elocuencia recoge Vicente Pérez Silva las principales estatuas del Libertador en el país. Especial admiración me suscita la de Soledad (Atlántico), frente a la casa que habitó Bolívar a finales de 1830, cuando iba hacia Santa Marta atribulado por la ingratitud de sus amigos y presa de infinita soledad. Esta estatua es el testimonio vivo del dolor que lo acompañaba en su camino a la muerte.

Bolívar estuvo 7 veces en Soatá, mi patria chica. La primera fue en octubre de 1814 y corresponde al primer viaje que hizo desde Venezuela al interior de Colombia. Una placa recuerda su residencia en la casa donde se alojó y firmó importantes papeles oficiales. La plaza principal lleva su nombre. Pero faltaba la estatua. Un alcalde la mandó construir, con la mala suerte de que el artista no supo plasmar al prócer, sino que elaboró una figura por completo diferente. La ciudadanía protestó, y como la falla no se corregía, algún vecino iracundo le desfiguró el rostro con una botella o algo similar. Al fin, la estatua, que no era de Bolívar, fue derribada y no se ha logrado que llegue a la plaza el verdadero Libertador.

En Armenia, la valiosa estatua de John Lennon, ubicada en la Posada Alemana y   contratada por Carlos Ledher con Rodrigo Arenas Betancourt, fue robada cuando la propiedad estaba en ruinas. Y no ha aparecido. En la misma ciudad, el alcalde Mario Londoño Arcila erigió en una glorieta la escultura El Camello como símbolo del trabajo, y con el nombre de Los Camellos bautizó la avenida adyacente. Años después, la escultura fue retirada por petición de la ciudadanía, al no ser el camello un ícono de la cultura cafetera, y hoy la población no menciona aquella vía con el nombre citado, sino con el de avenida 14 de Octubre, como pasó a llamarse (fecha de fundación de la ciudad).

Hay estatuas polémicas, caricaturescas e insustanciales. A veces son resultado de un fugaz momento político o del deseo de pasar a la historia el propio autor de la iniciativa, que deja grabado su nombre en el pedestal. Las estatuas bien concebidas retienen el tiempo y le rinden tributo a la historia verdadera, aunque pueden, a la vez, despertar odios y discusiones sin sentido.

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