8 de mayo de 2021
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El Barrio

1 de septiembre de 2020
Por Claudio Ochoa
Por Claudio Ochoa
1 de septiembre de 2020

La pandemia nos está llevando a apreciar el valor del barrio, ese conjunto de familias, de viviendas, de calles, que nos acostumbramos a sentir rutinariamente. Identidad propia y sentido de pertenencia entre sus habitantes, lo que está por recuperar.

Ahora, en medio de las limitaciones impuestas por al azote del virus chino, la inconveniencia de transportarnos de un sector a otro de la ciudad, el avance del teletrabajo, las teleconsultas médicas, los webinar, comenzamos a descubrir las ventajas que tienen la tienda del “vecino”, la miscelánea, la carnicería, la panadería, la peluquería, la zapatería, la ferretería, la veterinaria y cuantos facilitadores del diario tenemos a nuestro alrededor. Con familiaridad, con seguridad y casi siempre con dosis de amabilidad de parte de estos empresarios.

Para qué ir a las grandes superficies y centros comerciales, en donde generalmente nos ofrecen tratamiento despersonalizado, mercancías no siempre frescas, colas, mayor costo, y con el insaciable IVA, garantías de dudoso cumplimiento, publicidad engañosa, mas la pérdida de tiempo en transportarnos. En el barrio aún quedan comercios que auxilian al “vecino” en caso de iliquidez, dándole al fiado, y con servicios cara a cara. Permanecer más tiempo en el barrio, vivirlo más, es la tendencia.

A través de grupos de chat es fácil enterarnos de quién ofrece determinado producto o servicio, incluidas recomendaciones sobre su calidad. Estas redes también están ayudando a que los “vecinos” lancen alertas contra la inseguridad, a realizar jornadas de aseo, convocar a conversatorios sobre temas propios de la comunidad, denunciar abusos contra el espacio público y respetar las áreas residenciales, encontrar y proteger a la mascota extraviada, fomentar el relacionamiento y crear comunidades más sólidas y solidarias.

Los “vecinos” están fomentando emprendimientos y hay que apoyarlos, tanto como a los productores nacionales. Compremos la torta, los pasteles y la bandeja paisa que en vista de la coyuntura o de la necesidad está ofreciéndonos la familia vecina. El que montó su papelería en casa, el que destinó el garaje para una peluquería, la vecina que vende tamales santandereanos o tolimenses, el que dicta clases de guitarra o de yoga. La panadería que ofrece sus productos sin los dañinos conservantes. Vamos al taller del fabricante de calzado, directamente, sin impuestos. Respaldemos lo propio, entre menos dependamos de la comida artificial, la “chatarra”, mejor para todos.

¿Y si no es suficiente con el barrio propio? Entonces, tenemos otros barrios alrededor, en donde es seguro que encontremos lo requerido, hallar una plaza de mercado, por ejemplo. Con frutas, verduras y demás, generalmente productos recién cultivados, del campo al consumidor, y con menos o casi ninguna intermediación. Un barrio ampliado.

La pandemia está fortaleciendo la unidad entre los “vecinos”. Que sepan monopolios y oligopolios, especuladores, que “unida la comunidad jamás será vencida”. Es la oportunidad de unirnos, apoyarnos entre nosotros, crear grupos de presión ante las autoridades municipales, hacernos sentir frente a su inoperancia y desfachatez. Atacar todo abuso de los hambrientos empresarios de servicios públicos. Con fuerza, derechos de petición y acciones populares.

El ideal del barrio o de barrio ampliado (dos o más barrios vecinos, de similares características, identidad propia) debe ir acompañado de un nuevo concepto y ajustes en las tradicionales Juntas de Acción Comunal (organizaciones cívicas, sociales y comunitarias de gestión social) erradicando todo afán politiquero y atrayendo a jóvenes universitarios y amas de casa, para que dediquen a la actividad el tiempo necesario.

Es justo y necesario que instituciones como el Sena brinden capacitación a los emprendedores que están surgiendo en los barrios, para que ofrezcan precios competitivos, y optimicen calidad. Apoyar a nuestros pequeños emprendedores comprando sus bienes y servicios, no esperar nada del Gobierno, que durante esta pandemia dedica sus préstamos a las empresas amigas, con grupos de presión y a las compañías extranjeras.

Seguro que con barrios o conjuntos de barrios integrados tendremos ciudades memas dolorosas, más llevaderas, menos criminales, familias más unidas. Algo similar a “ciudades dentro de la ciudad”, que en el siglo pasado trabajaron, el gran arquitecto Rogelio Salmona y funcionarios de primer orden, a través del lamentablemente destruido Banco Central Hipotecario.