7 de mayo de 2021
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“Yo soy producto de la cultura popular”: Otto Morales Benítez 

16 de agosto de 2020
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
16 de agosto de 2020
En un nuevo homenaje a Otto Morales Benítez con motivo de la reciente celebración del centenario de su natalicio, reproduzco la semblanza que hice de él para mi libro «Protagonistas de la economía colombiana», publicado en 1997.
Entre más y más libros:
No caben los libros. O mejor, la biblioteca no cabe en la casa. Es como si quisiera salirse por las ventanas, por el techo y, sobre todo, por la puerta, una puerta enorme en esa bella residencia enmarcada por dos gigantescos árboles centenarios.
Y tiene por qué ser así: son los libros de Otto Morales Benítez, entre los cuales hay cincuenta de su autoría. Hay, pues, libros y más libros, dispersos por todas partes, en cuanta mesa o silla se encuentran, muchos de ellos también con prólogos suyos, los mismos que -dice en medio de sus ya célebres carcajadas- suelen ser más amplios que las obras respectivas.
Ahí está él, Otto (sobra citar sus apellidos para saber de quien se trata), de cuerpo entero, con sus 75 años encima que nadie le nota, siempre efusivo y cordial con sus millones de amigos (¿quién no lo es?, cabe preguntar), y metido de lleno en sus recuerdos, a petición obviamente del entrevistado.
Claro que hubiéramos querido también ponerlo a hablar del presente, de su enésima candidatura presidencial y cosas por el estilo. Pero, no. Quiso hacer más bien las veces de historiador, de intelectual, de pensador e ideólogo, que lo es en grado sumo. Y hasta mejor que se hubiera puesto esa camiseta, no la del político por muy bien que le quede.
Con los diablos de Riosucio:
Es así como se remonta, sin mayores esfuerzos, a su pueblo natal: Riosucio, uno de los tantos municipios de Caldas. Poco habla de sí mismo, de su infancia y hasta de su familia, del legendario Don Olimpo, su padre, y de su madre, oriunda de Medellín.
Prefiere hablar, en cambio, de la historia de su aldea; de cómo allí se dio uno de los mestizajes más fuertes del país, con indios nativos y negros de las minas, y hasta qué punto esa mezcla singular, única, se expresa en la fuerte tradición artística y cultural, en la alegría dionisíaca de sus gentes (pensemos en El diablo del Carnaval), en la comida, el diálogo y la amistad, entre otras múltiples manifestaciones populares.
Y explica: dicha tradición se extiende hasta la época colonial, cuando Fray Pedro Simón registraba, en sus crónicas de obligada consulta entre los historiadores, la existencia en aquella región de diablos bailadores, o hasta los mitos y leyendas que se transmiten de generación en generación, o durante la entrega del Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez en Estocolmo, cuando las danzas del Ingrumá descrestaron al mundo entero.
A los monarcas de Suecia, nada menos. La propia reina declaró, sorprendida, que algunos pasos de los bailes criollos eran similares a algunos empleados en folclóricos festejos europeos. Esa es la prueba -observa Morales Benítez- del mestizaje a que se refiere con tanto entusiasmo a lo largo y ancho de su obra.
“Es que yo soy producto -confiesa- de la cultura popular”, preciándose de haber sido uno de los primeros escritores dedicados por entero a rescatarla y valorarla.
Así, mientras los demás intelectuales limitaban la cultura a lo que en tal sentido se entendía en Europa, o sea, a lo foráneo y de élites, a él no le temblaba la pluma para destacar a autores de provincia, a modestos artesanos, si bien sus nombres aparecían confundidos entre autorizadas alusiones a Shakespeare, Víctor Hugo, Balzac o Dostoievski.
“La cultura popular es cuanto he querido reflejar en mi obra”, dice con la voz grandilocuente de antiguo orador, heredero directo de los grecocaldenses, sin haber perdido aún del todo el acento paisa que lo identifica. Y que identifica a los de su raza.
La agitación estudiantil:
Hacia los trece o catorce años viajó a Popayán para seguir su bachillerato. Eran los albores de la República Liberal, al empezar la década del treinta en el siglo pasado. La vida estudiantil, liderada desde la Universidad del Cauca, estaba agitada, muy agitada, en torno a ideas de izquierda, a la política social en boga (de la cercana Revolución en marcha proclamada por Alfonso López Pumarejo) y, en definitiva, a una teoría de la revolución, a la que se esperaba llegar desde las aulas.
“Aquello era un hervidero intelectual”, añora con la exaltación juvenil de que todavía hace gala.
No dudó en integrarse a los nuevos e imberbes grupos intelectuales y políticos. Se opuso, sí, a los de derecha, pero los respetaba porque unos y otros combatían por ideales, tenían siempre la moral en alto y observaban desde lejos, con los ojos cansados por la lectura, las encumbradas esferas del Estado, no para usurparlas y ponerlas a su servicio sino al servicio de la comunidad, de las gentes del pueblo.
Valencia, el maestro Guillermo Valencia, era la figura o el símbolo de la ciudad. Que hubiera sido derrotado como candidato presidencial, era lo de menos. La derrota, en su caso, era también la gloria. Y por su imponente casona desfilaban las máximas personalidades nacionales, a quienes los muchachos de entonces seguían con miradas de admiración y algo de envidia o celos.
“Iban a confrontar cómo era la grandeza”, dice en tácito homenaje al autor de Ritos, en torno al cual aparece un cálido ensayo en su primer libro: Estudios críticos, publicado a la temprana edad de 28 años.
Su liberalismo, sin embargo, lo obliga a bajar al maestro de su pedestal. Una sola anécdota le basta: cuando aquel ocupó la rectoría de la Universidad, hizo escribir sobre una pared, visible tan pronto se cruzaba el ancho y colonial pórtico: “Silencio”, palabra que su inmediato sucesor, César Uribe Piedrahita, hizo borrar para estampar con letras rojas: “Alegría”.
“Eran dos formas distintas de concebir la cultura”, explica en tono doctoral, el mismo al que recurre para declarar que esta moderna visión -la de la confrontación ideológica, de la intranquilidad, del despertar, del ser activos- le permitió integrarla a su ya mencionada cultura popular, con cuyas raíces tiene enormes coincidencias.
El pasado riosuceño, acaso por obra y gracia del Diablo del Carnaval, seguía latente.
Un paisa de pura cepa:
Luego vendría Medellín, donde cursó sus estudios superiores, de Derecho, en la Universidad Bolivariana. Otra gran experiencia intelectual lo esperaba: descubrir su auténtico origen paisa; ver el nacimiento, con enorme gozo como liberal de izquierda, de los grandes movimientos sindicales, y, sobre todo, entender que Antioquia es más, mucho más, que industria, afán de enriquecimiento, comercio y espíritu empresarial, “el mejor de Colombia”.
Es poesía, la de Porfirio Barba Jacob y León de Greiff; es novela, la de Carrasquilla; es cuentística, la de Efe Gómez; es ensayo, el de Uribe Uribe, Sanín Cano y López de Mesa; es filosofía, la de Fernando González; es pintura, la de Pedro Nel Gómez, y es escultura, la de su gran amigo Rodrigo Arenas Betancourt, cuyo último busto, apenas sin bañar en bronce, fue el suyo, el de Otto Morales Benítez.
Comprendió, por consiguiente, que Antioquia trascendía lo estrictamente económico y reflejaba todos los géneros de la inteligencia humana, lejos de la imagen que hasta ese momento se tenía en el país.
No obstante, la industrialización que allí tuvo su centro fue objeto igualmente de sus reflexiones y escritos. De una parte, la mayor inversión de capital para modernizar las incipientes empresas, y de otra, la formación académica, científica, de la Escuela de Minas, que, sumada a la condición de arrieros (quienes por cierto colonizaron su amada tierra caldense), hizo posible el verdadero desarrollo no solo de la región sino de la economía nacional.
“Medellín es una fuerza muy honda dentro de mi vida”, sentencia.
Como lo fue Manizales, adonde se desplazó al graduarse de abogado. Le fue bastante bien, en verdad. A escasos veinte días de abrir su oficina, ya era jefe liberal de debate en Caldas, en 1944, cuando su partido comenzaba a desplomarse.
Y llegó al Congreso, como representante a la Cámara, en una época en que las cámaras legislativas estaban dominadas por humanistas, no por la desprestigiada clase política de hoy que nos tocó en suerte.
Pero a partir de ese momento, de su vinculación a Bogotá por medio de la actividad parlamentaria, se dejó absorber por completo de la llamada Atenas suramericana. Lo sedujo la capital, su condición de centro político y administrativo, y hasta sus discusiones de café en torno a la justicia social en la economía, acaso con ese cosmopolitismo y universalidad que nunca se sienten en provincia.
De todos modos, continuaba siendo un aldeano o campesino metido en la gran urbe, sin desprenderse nunca de su tierra, del olor a cafetal y cebolla. El mismo que es hoy, por fortuna, después de tantas décadas.
Periodismo, literatura e historia:
De entonces para acá, Otto Morales Benítez se transformó en personalidad nacional. Por ello, los pasajes más importantes de su vida en las últimas décadas (en especial, el paso por el Ministerio de Trabajo, su recio llerismo, haber presidido la Comisión de Paz en el gobierno de Belisario Betancur, etc.) son de público conocimiento, por lo cual sobra siquiera tocar el tema. Hay que pasarlo de largo, para no llover sobre mojado.
No podemos hacer lo mismo cuando pensamos en él como escritor. Ni más faltaba que lo fuéramos a ignorar en tal sentido, ¡con medio centenar de volúmenes de los que es autor! Su número cincuenta recién fue impreso y comienza ya a distribuirse, según cuenta con orgullo.
Y, para entrar en materia, habla del periodismo. “Siempre he sido un periodista”, dice en frase antológica para agregar, a continuación, que lo es desde sus años mozos en Popayán, labor que prosiguió en Medellín (fue director del suplemento literario de El Colombiano) y de ahí en adelante, hasta hoy.
El periodismo -comenta- da los elementos claves para ser escritor profesional: ver los problemas desde diferentes ángulos, producir con rapidez y claridad, “y si se complementa con buenas lecturas -aclara-, se forma un gran escritor”.
No obstante, el periodismo al que alude, vivido en carne propia durante más de medio siglo, es el de antes, realizado sobre todo por intelectuales, por humanistas, por hombres de letras, como él mismo.
Ello explica que de inmediato aborde la literatura, la cual, junto con la historia, constituyen las fuentes por excelencia de su obra.
Y si en lo anterior se impuso lo autóctono, la valoración de la cultura local frente a la visión extranjerizante de las élites intelectuales, esto no podía ser la excepción.
Así, se negó a aceptar que nuestra literatura (la indoamericana, que no latinoamericana, tomando la expresión de Haya de la Torre) fuera un capítulo perdido de la literatura española, como si no hubiera profundas diferencias que él no tardó en descubrir y resaltar a través de sus escritos.
En historia fue igual: como cada pueblo tiene la suya a partir de sus condiciones específicas, de espacio y de tiempo, había que explorar en nuestros orígenes, si bien guiado -informa con esa erudición que no puede eludir- por autores como Toynbee, Hegel, Marx y Einstein.
“América es otra cosa”, sostiene mientras respalda las tesis que en idéntico sentido nos planteó Germán Arciniegas en pasada entrevista.
Como historiador, también se confiesa: su interés por el pueblo, verdadero actor de la historia, según dejó constancia en Testimonio de un pueblo; la profunda influencia de lo económico y lo social en la vida colectiva (hecho que provocó -recuerda- un escándalo nacional tras la publicación de Revolución y caudillos), y sus múltiples historias locales y regionales, como su amplio ensayo sobre la colonización antioqueña, área en la que siguió los pasos del legendario James Parsons.
Y el resultado de esto no es otra cosa que la teoría del mestizaje, en la que ha sido considerado pionero a escala mundial. “El mestizaje trasciende lo racial -aduce-. Es lo que nos da unidad, autenticidad, y lo que nos permite reclamar nuestra presencia en el universo”.
Ello explica, en su concepto, el éxito internacional del boom de escritores latinoamericanos, de García Márquez en particular, y de pintores como Fernando Botero y los muralistas mexicanos.
De él mismo, podríamos añadir.
Del neoliberalismo al escepticismo:
Para terminar, Otto Morales Benítez piensa en la economía. Defiende, a pie juntillas, la teoría cepalina, la de Raúl Prebisch y Carlos Lleras Restrepo, cuyos principios básicos repite con fidelidad.
Y claro, se va lanza en ristre contra la apertura, el libre comercio a ultranza y las múltiples versiones de ese modelo de desarrollo (desde el desarrollismo hasta hoy) que de ninguna manera, parece decirnos, nos conducirá al desarrollo prometido.
“Desarrollo, sí -proclama-, con justicia social, sin concentración ni monopolios”, subrayando que si de todos modos estos últimos existen (¡claro que existen!), debe evitarse que su vasto poder económico lo extiendan a la política, a los medios de comunicación, a la opinión pública en general.
“Es lo que está pasando en Colombia”, concluye.
Pero, empata una vez más con su fuerte arremetida al neoliberalismo, al que no duda en calificar como la nueva derecha. “Solo busca favorecer a los países del centro”, anota con evidente lenguaje cepalino.
¿Pruebas? Muchas, asegura. Ahí está la reciente crisis de México, o el caracazo, u otros múltiples casos a los que promete referirse en detalle, con cifras en mano, para que se vea cómo sus afirmaciones no son simple retórica o algo semejante.
¿Consecuencias? Las que ya estamos viviendo. Y la primera de todas, la peor, es “impedir la posibilidad de una cultura económica indoamericana”.
“Eso nos está haciendo mucho daño -comenta-. Donde se ha aplicado, se pierde la manera propia de desarrollarse. Estamos a punto de sacrificar lo poco que habíamos ganado”.
Y así, con un aire de escepticismo que es inconcebible al conocer su vitalidad y escuchar sus estruendosas carcajadas, habla también de la integración en el continente, otro gran sueño de sus maestros, desde Bolívar hasta Carlos Lleras Restrepo.
“El neoliberalismo es el mayor torpedo contra la integración económica de América Latina”, afirma.
Un escepticismo que con mayor razón se justifica ante la grave crisis política del país, originada ante todo en la corrupción galopante que reina en las más encumbradas esferas del Estado.
No hay moral, mejor dicho. Ni hay un “moralista” a carta cabal que rija los destinos de la Patria…
(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua