7 de mayo de 2021
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Ritmo de baile

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
14 de agosto de 2020
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
14 de agosto de 2020

(A propósito de la alusión que hice en mi artículo anterior sobre la peculiaridad del presidente Julio César Turbay como bailarín, varios corresponsales me piden que vuelva a publicar la columna del 18 de octubre de 1982, que ofrece dicha faceta de la vida nacional). 

El país sabía de un habilidoso político que se llama Julio César Turbay, pero no conocía sus destrezas de bailarín. Era una cualidad que solo ejecutaba en privado y le hacía ganar popularidad en los círculos femeninos. Las damas se dispu­taban el privilegio de danzar con el doctor Turbay, «magnífico pare­jo». Y es que esto de llevar el ritmo y  saber moverse con naturalidad y garbo, sin paso trotón ni desgarbada anatomía, es virtud que no a todos nos ha dado la naturaleza.

Entre las habilidades del buen danzarín está la de no pisar callos ni atropellar a los vecinos. A la pareja hay que manejarla con delicadeza. Hay que mante­nerla a raya: ni muy lejos ni demasiado unida. Lo primero, porque la soltura en el baile es un pretexto para disimular un mal paso, y de parte de la dama, un recurso para defen­derse de indebidas presiones; y lo segundo, porque la mucha cercanía puede ser embarazosa.

En estos trucos el doctor Turbay es maestro. Sabe que no hay que arrimarse demasiado ni distanciarse mucho. Eso mismo ocurre con la política. En ambos campos es diestro, y de ahí el atractivo que ejerce en damas y caciques. A los colombianos nos consta que en sus cuatro años de gobierno bailó al ritmo que le tocaran. Cuando anunciaba un viaje a cualquier sitio, de inmediato se pensaba en el baile.

Las damas salían en persecución de los atuendos y las fantasías que era preciso lucir ante el parejo grande de Colombia. Los salones de belleza no daban abasto, y como una mujer no acepta sino el peinado de última hora, la rebatiña se volvía terrible. No se trataba solo de estar bien presentadas, sino de lucir el último grito de la moda. En esto de gastar en vestuarios, joyas y perfumes, toda ocasión es propicia, y no faltaba que no lo fuera así tratándose de un baile presidencial.

El señor presidente rompió el baile con la esposa del señor gobernador del Quindío. Luego vendrían las es­posas de otros altos funcionarios, pero estas no fueron invitadas a tablas, lo cual no significa que el señor presi­dente, incansable danzarín, no bailara toda la noche. Esto  puede certificarlo la dama incógnita de aquella noche. En Cúcuta pasó lo mismo. Y en Ibagué, Cartagena, Tunja, Pasto…

Al doctor Turbay le gusta bailar. Es alegre, extrovertido, infatigable con su pareja. En su presidencia Colombia se convirtió en un gran baile, y fue tanto el ritmo de fiesta, que quedamos mareados. A sus críticos del baile de Cúcuta les increpa: «Lo que pasa es que son unos envidiosos porque yo sí sé bailar». Una de las damas furiosas de Armenia manifiesta que no todo ha de ser baile. Y agrega que el país se le salió de las manos por rumbear demasiado.

Con todo, el doctor Turbay Ayala dice que «al país le gustaría bailar otros cuatro años conmigo». No sabemos qué responderán las damas de Ar­menia, y las de  Cúcuta, y las de Ibagué, y las de Pasto… Habrá que preguntárselo a Colombia, la pareja mayor del jolgorio, y esta quedó ago­tada.

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