15 de mayo de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

GABA

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
21 de agosto de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
21 de agosto de 2020

Cuando apenas tenía 9 años, un muchacho de 14, cabezón, de pelo crespo, de grandes cejas, con algunas verrugas en el rostro, flaco y medio desgarbado, a quien no le cabía el espíritu costeño en el cuerpo, cuando la vio por primera vez, le propuso matrimonio. Ni ella estaba para contraer, ni mucho menos él podía tener la capacidad de sostener un hogar y asumir las responsabilidades de formar una familia. Ella se impresionó mucho. Le cambió de tema. Quiso que hablaran de otras cosas, aunque ella no era muy dada a entregar demasiadas palabras, pues su temperamento la hacía una persona más bien tímida, de expresiones apenas necesarias, no era exactamente alguien con quien se pudiera sostener una larga conversación provocada por ella misma. A él se le salían las palabras, hasta casi sin quererlo. Todo lo describí y quedó impresionado por siempre jamás de la belleza medio oriental de esa niña, la hija mayor del boticario de Sucre. Ella lo único que sabía de él era que se trataba del hijo mayor del telegrafista de Aracataca, que andaba por Sucre en una de sus muchas aventuras en busca de mejor suerte para seguir solventado la manutención de una familia que se iba creciendo poco a poco y que nunca fue la mejor cuidada por su parte, tratando de hacer clientela como farmacéutico empírico y médico homeópata, fruto de desordenadas lecturas. Ese telegrafista anduvo por todo el Caribe, yendo solo inicialmente y luego trayendo a su familia a muchos lugares. Y en esos viajes en solitario no dudó en incurrir en infidelidades que dejaron frutos conocidos al cabo de los años. La niña a quien le propusieron matrimonio, sin que fueran sus padres los que estaban organizando la boda de conveniencia, al momento se olvidó de esa expresión loca de ese muchacho flaco, de quien no dudó que la olvidaría en el acto.

Ese joven desgarbado y hablantinoso no hizo la propuesta como cosa vana y no pensada, sencillamente con esa extraordinaria capacidad de intuición y premonición que tienen quienes se dedican a contarle al mundo de hoy y de mañana lo que es, ha sido y será la sociedad, como son los grandes novelistas, era el escritor que ya estaba metido en su mente y en su cuerpo y cuando la vio supo que ese sería su primer, único y gran amor de toda su existencia, como efectivamente lo fue. Y algo que con el paso de los años pudo identificar, que a lo mejor cuando la conoció no fue posible, o al menos nunca lo contó así, es que ese amor de primera y última vista, sería el gran complemento, la gran compañía, la complementación perfecta de lo que un hombre genial requiere a su lado. Cada que la veía, que no era muy frecuente, por sus estudios de bachillerato fuera de Sucre, le volvía a hablar de matrimonio, hasta cuando ella tuvo catorce y él ya tenía 19, cuando se convenció que del matrimonio con ese hombre no escaparía y que lo haría con el mayor de los gustos, porque así como él se mantenía enamorado de ella, ella también se enamoró de él y fue su amor eterno por muchos años, en medio de una relación que funcionó de la mejor manera, como pareja, como complementos, como apoyos, como ayudas, como el uno para el otro en el mejor sentido de esta expresión, que tanto se dice en las canciones románticas, pero que tan pocas veces se hace realidad en la vida de las personas.

Como llegaron a conocerse, pasó a ser parte del relato general de la literatura universal, contada muchas veces de distintas maneras, pero con un contenido esencial que no se modifica y que se ajusta más a la certeza cuando se asume desde un texto histórico:

Fue en Magangué donde las hermanas de Gabito recuerdan haber conocido a la que sería su mujer, Mercedes Barcha. El propio garcia Márquez siempre ha asegurado que ella tenía nueve años cuando la conoció, lo que situaría si primer encuentro en algún punto entre noviembre de 1941 y noviembre de 1942 – aun antes de marcharse a Zipaquirá -, y que incluso entonces supo (a la edad de catorce años) que se casaría con ella. Mercedes, por su parte, que dice no recordar “casi nada del pasado”, ha confirmado que conoció a su futuro marido cuando no era más que  “una niña”. Entonces, a comienzos de 1945, García Márquez escribió un poema “Soneto matinal a una colegiala ingrávida”, y existen motivos de peso para suponer que la colegiala en cuestión no era otra que Mercedes Barcha. Estaba acabando su último curso en la escuela primaria. El poema circuló tanto por Zipaquirá como por Magangué, y es otro pastiche entusiasta de la poesía de Neruda. La versión que se conserva se titula simplemente “Niña” y va firmada por Javier Garcés:

NIÑA

Al pasar me saluda, y tras el viento

que da el aliento de su voz temprana,

en la cuadrada luz de mi ventana

no se empaña el cristal, sino el aliento.

 

Es tempranera como la mañana,

cabe en lo inverosímil como un cuento,

y mientras cruza el hilo del momento,

vierte su sangre blanca la mañana.

 

Si se viste de azul y va a la escuela,

nadie adivina si camina o vuela,

porque es como la brisa, tan liviana

 

que en la mañana azul nadie precisa

cuál de las tres que pasa es la brisa,

cuál es la niña y cuál es la mañana.

(“Gabriel Gwrcía Márquez, Una vida”, Gerald Martin, editorial Random Hause Mondadori, colección Debates, 2008).

Esa vida atada a otra vida y las vidas de millones de lectores en el mundo, se acabó en deficiencias respiratorias el pasado 15 de agosto, en ciudad de México, al lado de sus hijos y de sus nietos, por supuesto con la presencia constante de su esposo de siempre, desde que tuvo nueve años y tomó esa propuesta como una locura verbal de un costeño entusiasmado, lo que no dejaba de tener el tinte de lo pasajero, de esas bobadas que se le ocurren a los muchachos cuando se deslumbran ante la presencia de una niña bella. Fueron seis años en los que su presencia no fue más que la imagen de alguien con quien hizo la existencia y la universalidad alcanzada con su ayuda no dirigida en tal sentido, sino en la necesaria solidaridad constante de quienes ciertamente se aman. Gabriel García Márquez nunca hubiese podido ser lo que llegó a ser sin tener a su lado a una mujer como Mercedes Raquel Barcha Tovar, nacida en Magangué el 6 de marzo de 1932, quienes se casaron el 28 de marzo de 1958, sin que sus separaciones no correspondieran a los constantes viajes del escritor por el mundo, haciendo conocer su obra y respondiendo a todas las preguntas que los novelistas generan cuando son geniales.

En reconocimiento universal, aunque no fuera el mismo del autor y otros muchos que pensamos que su mejor novela fue “El Coronel no tiene quien le escribe”, por la exactitud del lenguaje, la precisión de los hechos y la medida perfecta de contar una historia sin que quede faltando nada, debe decirse que fue “Cien años de soledad”, la obra que hizo famoso a nivel mundial al cataquero y desde su publicación muchos fueron quienes comenzaron a hablar de la consagración definitiva. No se ha dudado en decir que esta obra es la más grande en idioma español, después de Don Quijote de la Mancha, publicada en 1605 y 1615 por Miguel de Cervantes Saavedra. Cien años de soledad no hyubiera sido posible sin la presencia de Mercedes.

En muchas ocasiones se ha contado la génesis de la novela. Lo primero que debe decirse es que desde “La hojarasca”, su primera obra, se venía venir esa zaga de los Buendía, que se vuelven interminables, repetidos y confundibles. Toda la obra anterior es una especie de cimiento de lo que seria Cien años. En 1965 iba la familia García- Barcha a pasar vacaciones en Acapulco, por la entonces muy larga carretera desde Ciudad de Mèxico, donde el autor se ganaba la vida como periodista y guionista de cine. Cuando iban por la mitad del recorrido, de casi doce horas, el novelista le dijo a su mujer y a sus dos pqueños hijos que ya tenía el esquema definitivo de su gran novela. Que no podian llegar hasta Acapulco, que se tenian que deolver de inmediato a México, pues debía comenzar a escribir inmediatamente. Regresaron. No hubo objeciones de esposa. Cuando llegaron García Márquez le dijo a su esposa que necesitaba que le ayudara a escribir la obra. Ella se sorprendió y le preguntó como le podía ayudar. El autor le dijo que se hiciera cargo de todo por unos meses, mientras él se encerraba aislado a escibrir y que solamente fuera a llevarle los alimentos. No fueron pocos meses. Fueron 18. Los recursos de los ahorros se agotaron. El dueño de la casa donde vivía comenzó a acosar por la renta. Las cosas de valor de la casa se iban agotando en el Monte de Piedad (que nombre más noble para las especulativas y abusivas Prenderías). Mercedes un día enfrentó al dueño de la casa y le dijo que les diera tiempo, que su marido estaba escribiendo lo más grande que se hubiera hecho en el siglo XX y que cuando el libro saliera a la venta, le iban a pagar todo de contado, reconociéndole intereses de mora. Pero que por favor no los acosara con cobros. No tenían con que pagar. El que producía dinero en la casa estaba ocupado. El rentista creyó, confió en ella y les dio la espera. Al escritor nunca le faltó papel, ni comida, ni cigarrillos. Todo lo tuvo a tiempo y escribió desesperadamente. En esos 18 meses no paró de teclear su vieja Olivetti, muchas veces no avanzando más allá de tres u cuatro páginas al día, por su inveterada costumbre de decir las cosas con las palabras y con las construcciones idiomáticas precisas.

El día que le puso punto final a ese mundo de Macondo, que parece infinito, saliò a verse con su mujer y sus hijos y le dijo a ella que estaba lista la novela y que la enviarían por correo a Editorial Suramericana en Buenos Aires, que tenia el compromiso de su publicación. Era un manuscrito de un poco más de 900 páginas. Metieron las hojas de papel en un paquete, se fueron al correo y lo aforaron para enviarlo. Cuando pesaron el bulto, les dijeron que valia 83 pesos. Marcedes rescató hasta el ùltimo peso de su cartera y al contarlos solamente eran 43. El autor le dijo al encargado del correo que dividiera el paquete en dos y pesara uno cuyo despacho valiera 43 pesos, que era todo lo que tenían. Así se hizo y se envió una parte de la obra, que en muchas ocasiones se ha dicho que era la segunda parte de la novela y que el resto era la primera. Hicieron el despacho. Regresaron a casa y Mercedes le dijo a su marido que tenian que hacer algo, pero que había que despachar el resto de la obra, porque de lo contrario iban a seguir jodidos, como estaban en ese momento.

Mercedes le puso imaginación a la cosa y a la casa. Buscó y miró por todos lados a ver que se podía vender o empeñar. De valor sólo quedaban el calentador de agua para el baño, pues García Márquez solamente se bañaba con agua caliente. Cuando su esposa le dijo que había que recurrir a ese elemento, aceptó con mucho desgano, pero si no tenía que seguir escribiendo, pues no se bañaría por unos días- Eso no era suficiente. Ella miró por todos lados y en su cuarto vió el secador del pelo, con el que se arreglaba todos los días su cabello lacio y negro. Le dijo al marido: es todo lo que tenemos, son los restos Vamónos al Monte de Piedad a ver que nos dan. Les dieron cincuenta pesos. Cogieron laparte del paquete no despachado de la novela y fueron al correo. Lo pesaron y les dijeron que el importe era de 48 pesos. Los pagaron, despacharon el resrtyo de la movela y se fueron a casa con los dos pesos que les quedaban. Era todo su capital en ese momento y la ilusión de que efectivamente esa era la gran novela que le abriría las puertas del prestigio y del dinero al autor colombiano. Ya era 1967.

Mercedes fue una gran lectora y tuvo el privilegio de ser la primera y más exigente lectora de las obras de su marido. Ya la había leído, pero en medio de la angustia de las necesidades materialkes de ese momento y el agotamiento con el enorme esfuerzo de sostener un hogar por 18 meses a punto de empeñar cosas, la llevaron a la duda en el momento en que ya habían salido del correo. Le dijo, mirándolo a los ojos: “ahora sólo falta que la novela sea mala”. Gabo no contestó, pero se quedó muy pensativo. También lo asaltó la duda.

“Cien años de soledad” sale en Buenos Aires, con la confianza plena del editor que se atrevió a hacer un primer tiraje de 5000 ejemplares que se vendieron en menos de una semana. De ahí en adelante se hicieron todos los tirajes que se quieran y a la fecha son más de cien millones de ejemplares que se han vendido en todo el mundo de la obra, en todos los idiomas. Fue la pavimentación del camino de lo que seria su Premio Nobel de Literatura, 15 años después. Con los primeros derechos de autor que le llegaron, tal como los recibió se los entregó a Mercedes, procedieron a pagar todas las deudas, a recuperar el calentador de agua y a darse un baño largo, gustoso, con el agua a la temparatura que siempre le gustó, con la satisfacción de haber escrito lo que siempre llevó en la cabeza, con esas historias de su abuelo, que se le metieron en el cuerpo, para nunca abandonarlo y de donde extrajo todos los relatos que componen ese mundo ficticio de Macondo, una tierra inexistente, pero que hace parte de la geografíua nacional de los colombianos y de la que corresponde a la literatira universal. Esa obra no hubiera sido nunca posible de no haber estado casado con la mujer complementaria, la coautora de la misma desde ese soporte indispensable para poder sacar adelante un proyecto creativo de esta naturaleza.

Mercedes Barcha fue el necesario complemento de Gabriel García Márquez sin que nunca se le hubiese ocurrido entrar a disputar honra, fama, prestigio, ni mucho menos protagonismo. Sabía que su papel en ese hogar era el más importante, pero jamás reclamó por ello. Su mayor cualidad fue la discreción y cumplir con el rol de la compañera ideal de un genio. Pocas, muy pocas fueron las veces que aceptó comparecer ante los mjedios, pues siempre sostuvo que ella no era más que la esposa del gran novelista, pero que no tenía nada que decir, porque quien tenía todo por decir, y de que manerea, era su esposo. Nunca posó de trascendente. Nunca quiso ser importante, le bastaba con ser la esposa de un grande mundial y eso le era suficiente. Aparece en las fotos con su marido y sus nhijos en las veces en que fue absolutamente indispensable. Cuando asistieron a la entrega en Estocolmo del Nobel en 1982, lucía como la más orgullosa, la más tranquila, la más controlada de todos los muchos locos colombianos que sr tomaron a ese frío pais en medio de unas fiestas completamente desconocidas para los pausados nórdicos, quienes se alegraron de verdad al conocer la espontaneidad de esa gran caravana de caribeños que la entonces directora de Colcutura, Aura Lucía Mera, llevó hasta allá en el avión presidencial, con el apoyo y respaldo de un mandatario poeta, como lo fue Belisario Betancur Cuartas.

Cuando a los 87 años, la misma edad en que ella dijo adiós, su fue su marido de este mundo en que se respira y se trasladó al universo de la inmortalidad, construída con una gran obra, ella no salió a los medios a dar declaraciones llorosas, ni a lucir como la viuda desaamparada. Conservó el miso lugar que siempre tuvo al lado del hombre más importantes que ha dado la liyeratura colombiana y se dedicó a la defensa orgnizada de su memoria, así como a la conservación de todos sus testimonios, que quedqaron finalmente en manos de una prestihgiosa Universidasd americana, que todo lo ha puesto a conocimiento público, para ser consultado cuando se quiera y desde donde se esté. No fueron seis años de ausencia de su eterno marido, él estaba allí, sigue estando y lo estará por siempre jamás con lo que dijo en sus libros. Como lo estará ella, con lo que hizo al lado de ese ser humano que nunca dudó quien sería, era y seguiría siendo su único amor.

Mercedes Barcha, a quienes muchos han llamado merecidamente La Gaba, como esposa de Gabo, se ha ido en el silencio obligado de una deficiencia respiratoria que la agobió por más de un año. Ella sabía que desde que tenia 9 años la iban a hacer inmortal a través del amor de alguien que nació inmortal. Los inmortales no se mueren, se mantienen en la memoria de los que han hecho la historia y la siguen construyendo con lo que hicieron. La gran obra literaria de García Márquez no hubiese sido posible al lado de mujer alguna diferente a La Gaba. Lo menos que le podemos decir todos es: gracias por haber vivido.