11 de mayo de 2021
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DISCOS

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
14 de agosto de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
14 de agosto de 2020

Sólo los soñadores cuando son atrevidos, consiguen realizar sus proyectos. Un sueño que no cuenta con la decisión de quien lo vive para hacerlo realidad de alguna manera, no es más que una de esas muchas frustraciones que se van acumulando en la existencia para el balance final de lo que pudo haber sido y nunca llegó a ser. Las grandes realizaciones no han sido más que atrevimientos de soñadores con mucha capacidad de crear. En tales casos se necesita de mucha imaginación, de aprender todos los días un poco y de ser recursivo en exceso, de tal manera que los tropiezos simplemente se conviertan en oportunidades. Y estar pensando con anticipación, no quedarse en el presente, por exitoso que pueda aparecer, pues de lo bueno de hoy, se debe proyectar lo mejor para mañana. Es una especie de trazado de nunca acabar, en el que la meta no existe, porque cada logro no es más que la posibilidad de reformular lo que sigue de ahí en adelante. Y nunca es fácil. Aunque para los soñadores no se trata de pensar en dificultades o facilidades, sino de saber que es lo que se proponen y si lo están logrando, en la medida en que el desarrollo de las ideas se van concretando.

En el mundo del entretenimiento si que es válido pensar que solamente los grandes soñadores son capaces de alcanzar metas que pueden aparecer un tanto alocadas. Y esas locuras se van transformando en realidades con capacidad de hacer historia y pasar a ser parte del patrimonio de una nacionalidad.

Un primero de julio de 1930 un soñador a quien la música le llenaba las emociones y lo acompañaba en todos los espacios, se propuso que en Colombia hubiese una prensadora de discos y en Medellín creó Discos Zeida, por supuesto que con herramientas rudimentarias y muy escasos recursos, pero lo que importaba eran sus ideas, poner en práctica muchas de las cosas que había aprendido en su paso por varios países en los que conoció esa industria y supo que con la mezcla de una gran iniciativa industrial con el aporte de talentos en la música popular, se podía crear un proyecto de grandes proporciones. Era don Alfredo Diez Montoya, el soñador que en su domicilio de la carrera 67 # 1-Sur-92, en la ciudad de Medellín, con sus primeros equipos, importados directamente por él mismo y con manejo indelegable, ante la ausencia de técnicos en sus manejo. Era el dueño, el productor, el operador, el técnico, el distribuidor, el vendedor, era todo. Casi podría decirse que la empresa era él mismo.

Durante muchos años en sus producciones se abasteció de grabaciones que le llegaban en una especie de matriz, sobre las que hacía reproducciones, inicialmente en los discos de rodillo, que giraban hacia la derecha, mientras la aguja de acero iba haciendo el recorrido cuyo final era en el extremo izquierdo del elemento. Su sonido no era gran cosa, estaba cargado de muchas interferencias y ruidos distractores, pero de alguna manera permitía que las personas pudieran repetir en muchas ocasiones ese contenido. Vendrían luego los avances y con la ayuda del aluminio y la pasta se fueron reduciendo el tamaño de los discos y la reducción del contenido -más comprimido-, para hacer unos elementos de más fácil manipulación. Cuando llegó el pesado acetato, de pasta muy rígida, que no admitía el menor golpe contra superficies duras porque se rompía, ya fue una etapa de avanzada en la que se facilitó enormemente el acceso de la gente al consumo de esa clase de productos. En la misma medida en que las grabaciones iban avanzando en tecnología y simplificación, los grandes fabricantes de equipos de sonido hacían sus mayores esfuerzos para producir cada vez con menores costos al consumidor final, para permitir la masificación de ese consumo. De nada valía tener discos, si no se contaba con un reproductor, a los que llamaron en un comienzo tocadiscos, por una simple asociación de ideas.

Discos Zeida, puede decirse que fue pionero en la descentralización de la industria colombiana, pues todo lo que hacía por entonces, era fabricado en Bogotá. Estar en Medellín y hacer de esa ciudad la urbe en la que se fue asentando la industria discográfica, fue un propósito que nunca estuvo en los planes de quienes partiendo de ser soñadores, se convirtieron en hombres de empresa, con toda la necesaria organización y orden que demandaba lo que llegó a convertirse en un negocio de grandes proporciones. No fue el propósito de sus creadores, pero Medellín se convirtió, desde entonces y hasta ahora, en la casa de la industria de la música en nuestro medio.

Más de un emprendedor pensó en ese mismo negocio e hizo esfuerzos en el mismo sentido, hasta cuando esos muchos sueños sobre lo mismo llegaron a convertir a la capital de Antioquia en el centro de producción de la música popular en Colombia. Y allí mismo comenzaron a aparecer expertos en los distintos aspectos que este arte reúne, como son los críticos, los comentaristas, los comercializadores, los almacenes distribuidores, un engranaje que llevó a tener un sector económicament6e poderoso, a través del cual se hicieron realidad muchos otros sueños, los de los artistas, cuya aspiración máxima se convertía en grabar un disco que se vendiera ampliamente en el mercado. Esto conducía hacia la consagración y el verdadero despegue de cualquier cantante. Pero no era fácil encontrar disqueras con la disposición de grabar, por el riesgo de inversiones en que se debía incurrir, probando un mercado que podía o no resultar positivo.

Discos Zeida, cuyo símbolo era básicamente una flor de Orquídea, que de alguna manera se ha considerado como una especie de símbolo de los antioqueños, se mantuvo durante veinte años, fue creciendo poco a poco, pero era necesario que se convirtiera en un proyecto mucho más ambicioso cuando se podía pensar entre sus directivos que ya se había alcanzado la mayoría de edad. Y por eso en 1950 fue la base para el nacimiento de lo que llegaría a ser la gran disquera colombiana: Codiscos, que por éstos días celebra sus primeros setenta años, que si se suman a los veinte de Zeida, su necesaria precursora, debe hablarse de noventa, por tanto a un paso del siglo de esfuerzos, de logros, de éxitos y por supuesto de más de un fracaso, pues ni las empresas, ni los proyectos perfectos existen. Siempre habrá algo más por hacer y habrá que hacerlo. Tanto su antecedente industrial, como su continuidad en el tiempo y en el desarrollo que se ha dado de este sueño, la institucionalización empresarial ha sido su característica de supervivencia, sin permitir personalismos, ni identificaciones confundidas, como pudo ocurrir con otras grandes disqueras, que tuvieron unos liderazgos individuales tan marcados, que al momento de la desaparición de ellos, afectaron de alguna manera a la empresa, como es el caso de Discos Fuentes, que si bien es cierto se mantiene, y con éxito, no siguió siendo lo mismo que era cuando estaba en vida su fundador, propietario, director, promotor y estrella máxima, con su guitarra que lloraba, mediante efectos eléctricos, Toño Fuentes, en quien se conjugaron esas dos no muy fáciles calidades de mezclar como son el arte y la iniciativa empresarial. Codiscos siguió en ese camino trazado por Zeida, en el que la institución lleva todo el peso del prestigio, del desarrollo, de su progreso, de su actualización constante para no quedarse en medio de las innovaciones que con el uso de la tecnología, casi se generan en minutos. Pesa más una institución, que una persona o unas personas. Es una de las características de esta empresa que arriba a su aniversario en medio de adecuaciones a lo que es el mercado actual de la música, que ya no consiste en salir a vender discos de cualquier formato, si no en saber ubicarse en esas plataformas de acceso inmediato, con uso apropiado de los medios audiovisuales.

Pasaron los tiempos de los coleccionistas de música, que cuidaban como un tesoro esos discos de larga duración, los de 78 revoluciones por minuto, pesados y delicados en su manipulación, los de 45, pequeños, con el formato de las victrolas, a las que era necesario introducirles monedas para hacer sonar la música, los cd´s y el gusto de ordenar todo eso en estantes solo distinguibles y manejables por sus dueños, que se enorgullecían ante los demás, cuando seleccionaban con seguridad y acierto lo que les pedían, a manera de arte adicional de los artistas que cantaban en esas grabaciones. Ya no es lo mismo. Ahora no existen las tiendas de discos, esos espacios atiborrados de colecciones inmensas, con cómodos asientos y con la disposición de poderosos audífonos con los que se seleccionaba lo que se iba a comprar. Era todo un programa de muchas horas ir a una tienda de esas y escoger con todo el tiempo del mundo lo que se andaba buscando o sencillamente atendiendo las muchas ofertas de unos vendedores especializados con la intuición de saber el gusto musical del visitante, con sólo hacerle saber lo que se estaba buscando. Con lo que se buscaba, los vendedores de inmediato le ofrecían cosas afines y con seguridad no terminaba comprando un solo ejemplar de determinado artista, sino varios, aprovechando las siempre existentes promociones.

Ahora todo está en un teléfono celular, en el que pueden ubicarse muchas plataformas, en las que se escoge la música que se quiere oír, sin moverse del lugar donde esté y se puede amplificar en el equipo que se quiera, con mucha potencia, con el sólo uso del wi fi. Es otra cosa. Ya no hay carátulas de discos de larga duración en las que se hacía un trabajo adicional de diseño y creatividad, pues era parte esencial del producto final. Una buena carátula -era la tesis- vende muchos discos. Y si era de música para bailar, esas carátulas las conformaban con bellas mujeres, con unas fotos para las que posaron durante muchas horas, para entre cientos de tomas escoger una sola. Los gustos cambian con los tiempos. El de la música sigue igual, pero el de su escogencia y acceso si es completamente distinto.

Codiscos como productor de música ha vivido todas las etapas. No se ha dejado afectar por esos enormes cambios que en ese mercado se han dado y que hacen que los artistas no estén pensando tanto en grabar un disco, a manera de meta mayor, sino en hacerse populares para con ello tener el suficiente prestigio que les permita múltiples presentaciones en conciertos en grandes o pequeños espacios, que constituyen la gran rentabilidad de ese sector empresarial actualmente. Comenzaron de esas artesanales obras para llevar a casa y siguen conectados a los medios modernos, pero siempre con un objetivo: grabar con los mejores y esa ha sido la definición de sus grandes resultados. Artísticamente siempre le han apostado a los mejores. A la par que han mantenido una línea constante y progresiva de tener lo mejor en equipos de grabación y recursos técnicos y tecnológicos de lo mejor que haya en el mercado, por lo que no han dudado en tener en su repertorio artistas insignias de varios géneros.

1950 marca el año de aparición de Codiscos, como una continuidad mejorada de Discos Zeida. Para ingresar al mercado con la nueva marca no dudaron un instante en apostarle a una voz universal, poco conocida en Colombia, al gran Frank Sinatra y con ello ya dieron una especie de certificado de calidad de lo que se proponían hacer. Para la década de los sesenta modernizaron completamente sus estudios de grabación y dotaron dos grandes salas propias, con todos los elementos que permitieran un sonido casi perfecto.

Iniciada la década de los setenta, el reto de reproducir música y voces estaba en una pequeña caja de plástico, con dos carretes que se movían como cinta sin fin y dejaban escuchar el sonido. Eran los casetes, que presentaban la comodidad de su manejo y se reproducían en pequeñas grabadoras de mano que llamaban. Fue el gran auge de la música para llevar a todos lados, pues los carros comenzaron a llegar con equipos de sonido que tenían incorporados reproductores de casetes. Eran una especie de compañía de viaje, especialmente en carreteras extensas, con cruces de valles y montañas que extraviaban las débiles señales de la radio. La música de esas cajitas no permitían el tedio de viajes largos.

Cuando la música salsa se hizo una realidad en nuestro medio, la disquera antioqueña no dudó en vincular a su elenco al más exitoso grupo de todos los tiempos -lo sigue siendo-, el Grupo Niche, con su director Jairo Varela, uno de los grandes compositores de este género a nivel universal. Fue el gran éxito de la empresa. Llovieron las ventas. Las impresiones de sus larga duración se repetían y repetían y el público no dejaba de demandarlos. Hicieron toda una época con un extraordinario sonido, pues Varela era exageradamente exigente en el producto final y no dejaba escapar el menor detalle de lo que se hacía en las salas de grabación, así muchas veces se tuvieran que repetir las interpretaciones cientos de veces, hasta el agotamiento. O salía un disco de primera calidad, o no salía nada.

El rock tampoco le fue ajeno a Codiscos y para los noventa le dio acogida al grupo Ekimosis, escuela de formación de una de las grandes estrellas de la música colombiana, como es Juanes. Y allí estaban muchos otros, como Helenita Vargas, como Julio Jaramillo, como Olimpo Cárdenas, como el Caballero Gaucho, como el Binomio de oro y los más grandes del Vallenato que dejó de ser música caribe para pasar a ser música nacional, como tantos otros. La empresa copaba el mercado de la música en todos los géneros populares. Ser artista Codiscos se volvió una especie de marca de triunfo. Y además, con su departamento de mercadeo eran poderosos en el posicionamiento de los artistas. No les grababan y los dejaban al azar. No. Era un producto integral. Desde la expectativa, hasta el lanzamiento y la consolidación. Se trataba de un negocio. Un gran negocio y por eso lo aprendieron a hacer todo. Y ha hecho apuestas delicadas, como cuando en el 2010 al rapero y champetero Nicky Jam lo daban por enterrado, fracasado, sin ganas de seguir en esa lucha por vivir del arte, que no es nada fácil, y lo llamaron, le hicieron una grabación, la mercadearon debidamente y lo volvieron la gran figura comercial que es hoy día.

Cuando se está en un negocio de esta naturaleza las apuestas se tienen que hacer con decisión. Y eso lo que ha hecho siempre Codiscos, que sabe y es consciente que el mundo de esa industria cambia todos los días, pero que a ellos nunca los ha sorprendido sin la debida preparación. Ya son setenta años con una marca en el mercado. Setenta que retomaron veinte de Zeida. Van a ser muchos más, con los ajustes a los diferentes retos que lanza la tecnología todos los días. La música siempre va a estar allí. Ya no es cuestión de vender discos, ahora es asunto de venta de sonidos, de voces, de instrumentos, de todas esas combinaciones que hacen un poco más amable la vida. Un mundo sin música es un mundo triste y los mundos tristes matan al ser humano antes de que se muera. Codiscos le ha dado mucha vida, en muchos años a millones de seres humanos.