15 de mayo de 2021
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¿Cómo habría sido Otto Morales como Presidente?

9 de agosto de 2020
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
9 de agosto de 2020

Al celebrarse el pasado viernes, siete de agosto, el centenario de Otto Morales Benítez, cabe preguntar: ¿Cómo sería Colombia si él hubiera sido Presidente de la República, llevando a feliz término la candidatura oficial de su partido, que tantas posibilidades tenía de haber ganado la contienda electoral? ¿Cómo sería?

Hagamos un esfuerzo al respecto, siguiendo los parámetros señalados en El Gran Otto: Años de formación, primera parte de mi libro Dos maestros de la cultura colombiana (sobre Morales Benítez, por su centenario, y el pintor Omar Rayo, en el décimo aniversario de su muerte), publicado en Amazon para conmemorar esta fecha histórica.

Para empezar, Otto hubiera frenado el clientelismo, uno de los mayores anhelos de su padrino político, el expresidente Carlos Lleras Restrepo; en consecuencia, los congresistas que pretendieron chantajearlo por puestos públicos y contratos, quienes al final provocaron la renuncia a su candidatura, habrían fracasado en sus aspiraciones, y eso hubiera sido un golpe demoledor y necesario a la corrupción en nuestro país, fenómeno que venimos padeciendo cada vez con mayor intensidad.

Su gobierno, pues, se caracterizaría, ante todo, por la guerra declarada a la corrupción en sus múltiples expresiones, con la debida autoridad moral desde la jefatura del Estado; por su carácter nacional, sin sectarismo, en la misma línea que Belisario Betancur le daría después a su mandato, buscando obviamente la paz con base en la justicia social, y por una política entendida realmente como el arte de gobernar, que fuera limpia, transparente, con partidos sólidos en el campo ideológico, cumpliendo su papel fundamental en la democracia moderna, no los grupúsculos personalistas y fugaces que nos dominan desde la Constitución de 1991.

En su cuatrienio, que ojalá se hubiera prolongado a través suyo o de alguno de sus fieles seguidores, habríamos presenciado una verdadera revolución cultural, rescatando las ricas tradiciones artísticas del pueblo colombiano en su conjunto, en la diversidad de sus regiones, para no perder la identidad nacional sino rescatarla y valorarla, con el máximo apoyo financiero por parte del Estado, lejos del neoliberalismo en boga que deja todo en manos de las fuerzas incontrolables del mercado, donde la cultura lleva las de perder.

La historia, a su turno, sería el motor de esa revolución. Y no sólo la historia tradicional, de héroes legendarios, que tampoco podemos ignorar, sino también la del pueblo, de las masas populares, desde las pequeñas poblaciones hasta las grandes ciudades, en el marco de la historia local, cuyos lineamientos él mismo trazó en sus obras, donde la Teoría del Mestizaje es piedra angular. No padeceríamos, en fin, el abandono de la historia en las aulas escolares, hecho que tanto le dolió en los últimos años de su vida.

Como hombre universal que era, con amplio reconocimiento en el exterior, no nos habría llevado a un localismo estrecho, aislado, solitario, sin proyección, más aún en la globalización actual que borra fronteras, puede dar al traste con la identidad nacional y sus valores ancestrales, dejándonos a merced de un pensamiento único, fuera del cual no hay salvación. Él, por el contrario, haría de lo local -como Tolstoi- algo universal, de lo cual es prueba rotunda su magna obra literaria. E Indoamérica volvería a ser un sueño por realizar en el centro y el sur del continente, siendo éste el eje de su política internacional.

El humanismo, en síntesis, sería el signo de su mandato. Un humanismo integral, como el que reclamaba Maritain. Por ello, las humanidades tendrían puesto de honor en su modelo educativo, con la importancia de rigor a las ciencias humanas y sociales: a la historia, que es común a todas ellas; a la política, la política en grande, con mayúscula; a la economía, puesta al servicio de las mayorías populares, y a la literatura, a nuestras letras, a la lengua castellana, unas y otras velando por el desarrollo de nuestras academias, lejos de la indiferencia estatal, e incluso del sector privado y la sociedad civil, que venimos soportando.

Y aunque un gobierno así no fue posible, mucho menos al mando del Gran Otto, es el que aún anhelamos los colombianos de bien, siguiendo su ejemplo. ¡No podemos, no debemos, traicionar tan nobles ideales!

(*) Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua