13 de mayo de 2021
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Ahí viene el coco

26 de agosto de 2020
Por Víctor Zuluaga Gómez
Por Víctor Zuluaga Gómez
26 de agosto de 2020

Con cierta frecuencia circula por las redes una imagen en donde se muestran unas chancletas, una regla de madera o un látigo y acompañado de la siguiente reflexión: “¿Con cuál de estos artefactos te castigaban tus papás?. Porque quienes fuimos reprendidos con alguno de ellos, aprendimos a ser ciudadanos de bien”.

Lo único que falta decir es que al mismo tiempo nos amenazaban con el “coco”, “el duende”, “La Llorona” y cualquier otra cantidad de seres extraterrestres que infundían pavor.

Entonces aprendimos, desafortunadamente, que debíamos hacer esto o aquello porque de lo contrario venía el castigo, corporal o divino, consistente en una acomodación eterna en el infierno.

No fue posible entonces que se educara por medio de una ética humanista en donde se respeta al otro por ser lo que es, un ser humano como nosotros y por la necesidad que tenemos de convivir bajo unas normas de respeto para el logro de nuestros sueños, de nuestra felicidad. No se hizo énfasis, desafortunadamente en ser solidarios y respetuosos con nuestros semejantes porque todo ello redunda en nuestro bienestar. Quizás se hizo  y aún se sigue haciendo énfasis en la necesidad de acumular, de tener, de poseer, más que sobre el ser. De ello se desprende que el valor se mide por el tener mas no por el ser.

En el campo de la educación, cuando hay ausencias notables de las humanidades, de espacios de reflexión sobre los fenómenos sociales y políticos, entonces el resultado es el de profesionales con enorme capacidad científica, pero con grandes carencias humanas. Y ese analfabetismo humanístico es favorable para que se actúe sin un  análisis racional, sino sobre la base de las frases emotivas que son disparadas desde la izquierda y la derecha, acuñando frases que se tornan algo así como citas de libros sagrados. “Matarife”, “Castrochivismo”, y cualquier otra cantidad de términos que se convierten en las pancartas que se esgrimen  dentro de unos enfrentamientos que encubren el drama inmenso de la corrupción, y el permanente aliento a una guerra sin cuartel porque se considera que sin guerra no podrá existir la paz, que si no hay derrotados, no habrá opciones de llegar a consolidar un país que pueda lograr de tranquilidad. Porque primero fueron la represiones coloniales, luego la supuesta lucha entre conservadores y liberales y ahora entre “Castro-chavismo” y “Matarifes”. Es hora, como dice Julián De Zubiría, que aprendamos a leer para actuar con razón y no por emoción.