16 de mayo de 2021
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Igor y Apolo

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
28 de agosto de 2020
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
28 de agosto de 2020

“Porque cualquier casa está incompleta sin él y el espíritu carece de su bendición.

Porque puede saltar en el regazo de una Eminencia…”

Christopher Smart

Dos amigos, que nunca tuvieron mascotas ni permitieron tenerlas en sus casas, me han contado que han aceptado la llegada de perros llevados por sus hijos, y que los han llamado Igor y Apolo, como para que no quede duda de que, si iban a permitir algo así, sería solo dejando en claro que los animales deberían tener carácter. Me han dicho, de paso, que las mascotas son de sus hijos, y que son eso, animales de compañía, nada de miembros de la familia o, mucho menos, otros hijos o nietos. Que quede bien claro, han afirmado de manera tajante: son perros. Yo no los he contradicho, ellos sabrán por qué son tan vehementes, al fin y al cabo los dos han gobernado sus espacios con energía y resolución, uno el Museo de Arte, el otro el Festival de Teatro. No cabe duda de que cuando dicen algo es porque sabrán quedarse en su punto, pienso yo, y digo para mí, no entre dientes porque ambos tienen oído fino, sino solo pensando, que los nombres de Igor y Apolo han sido bien puestos: deberían ser los nombres de mis amigos en cambio de los que llevan a cuestas; seguro por equivocación, o por una falta absoluta de previsión de sus padres, que no quisieron ver a quienes cargaban en sus brazos, terminaron llamándose como se llaman.

Ahora deben estar mis dos amigos, en sus casas, lidiando con sus perros, y con sus respectivos dueños que, aunque hayan prometido hacerse cargo de todo, no dejan de ser, al fin y al cabo, sus hijos, aquellos seres capaces de trasladar a sus padres su vida entera, responsabilidades y necesidades incluidas, para luego reclamar, al segundo siguiente, independencia y autonomía.

Así sucedió en nuestro caso, un día Susana llegó con una gata recién adoptada. Esmirriada y con las extremidades peladas por cuenta de que algún miserable le había echado agua caliente. Carolina, fiel a su fobia, declaró la guerra al animalito y a quienes lo acogimos: “o se va la gata o me voy yo”, nos dijo resuelta. Al final llegamos a un acuerdo, tan fácil de decir como difícil de cumplir: la gata aprendería a recibir órdenes, no se subiría a las camas ni a los sillones, y estaría siempre fuera de su vista. Les aseguro que intentamos cumplir el compromiso, pero fue precisamente Carolina la que primero lo subvirtió, aunque estaba claro que nos habíamos comprometido a lo imposible.

Eva, la gata, que ya cumplió diez años, prontamente conquistó a Carolina, con la paciencia y la sutileza de un felino. Poco a poco se le fue acercando hasta que rompió por completo el cerco al que estaba sometida, luego se subió a los sillones, y casi de inmediato a las camas, y un día se quedó a dormir en la nuestra y ya fue imposible bajarla.

Ahora son dos gatas y dos gatos, y Eva oficia como tía solterona, concediendo dispensas a los otros tres para el tránsito por la casa, o para la distribución de las sillas o los lugares altos desde los cuales puedan otear este bosque de muebles y humanos. Pero antes hubo un perro, Ramón, y con él una curí, Sonia, que Emiliana había escogido a cambio de un hámster que presentía debilucho y propenso a sufrir en sus manos hiperactivas. Una curí, como Buffetto, la cobaya de Claudio Magris y Marisa Madieri, que correteaba libremente por su casa, y que solo consideraba a Magris como su amigo, porque “quizá es el que lo trata con mayor respeto y el que secunda con discreción sus costumbres, como corresponde a un compañero de igual dignidad”, según escribió Marisa. Igual que Carolina con los gatos de la casa, creo yo. Los cuatro gatos no son de ella, pero es a quien sienten como su compañera, después de todo solo ella secunda, realmente, con discreción, sus costumbres, solo ella guarda la distancia que les permite independencia y que los respeta en su esencia absoluta.

Igor y Apolo, mis amigos, suponen que han hecho una concesión a sus hijos al permitir la llegada de sus perros; creen, todavía, que llevan el control de su decisión. Pero hace rato que la perdieron. Ya verán ellos, y seguro durante mucho tiempo querrán ocultarlo, cómo los dominan esas miradas astutamente lastimeras. El primero descubrirá que el perro es un genio musical y ladra, casi, como los dioses. El segundo entenderá que el animal es su Argos, cada vez que lo vea al regresar y levante su mirada y bata la cola, reconociendo al héroe que regresa de su cotidiana odisea, que puede ser, por supuesto, la simple compra de víveres en la esquina.

Entenderán mis amigos, pronto, que la presencia de las mascotas en sus casas asegura que, “en el fondo, todo está en orden”, como les hacía sentir Buffetto a los Magris; y sentirán que con ellos regresamos a un estadio primigenio y profundamente humano: cuando nos cautivó, y envidiamos, la inescrutable mirada de los lobos y los tigres.

Manizales, 28 de agosto de 2020