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Salvamos el recuerdo

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
3 de julio de 2020
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
3 de julio de 2020

En alguno de mis cajones guardo la foto de una mujer que debió haberse tomado en los años cincuenta. Se trata de una mujer joven, delgada, blanca, de pelo castaño claro. Iba vestida de blusa y falda ajustada que le llegaba a la mitad de la pierna, y llevaba un saco ligero de lana, la falda era de un paño pesado, ordinario.  En la foto está parada junto a un portal en el campo y mira de frente a la cámara, sin desafiar, pero decidida; no sonríe.

Todo esto lo describo de memoria. No he querido tomarme el trabajo de ir a buscar entre carpetas y papeles, aunque sé más o menos en qué sitio puedo encontrarla, pero es que no se trata de dejar constancia fidedigna del retrato.

No sé quién es, aunque conservo la foto desde 1986 que la encontré en un libro usado comprado en la legendaria Mi Libro, cuando la librería ya estaba moribunda, y sus restos sobrevivían en la carrera 24 con calle 23, y el librero me dejaba esculcar a mi antojo entre libros empolvados y revistas comunistas chinas o coreanas que ya a nadie asustaban, ni interesaban.  Casi que podría decir en qué libro la encontré, pero eso tampoco importa. Importa sí el hecho de haber encontrado la fotografía en un libro comprado en una librería de ocasión.

Pero volvamos a la fotografía que encontré oculta entre las páginas del libro, así como he encontrado cartas, billetes de lotería, actas de nombramiento o recortes de prensa. Obviamente no la tiré a la basura, al contrario, comencé a guardarla, trasteándola de un lado a otro, y por ahí anda; es corriente que me la encuentre, en medio de entradas a obras de teatro más o menos memorables, recortes de prensa absurdos y fotografías de gente que sí conozco. Nunca he querido tirarla, ni siquiera se me ha ocurrido, fue tan natural guardarla cuando la encontré, como ahora conservarla; incluso alguna vez imaginé un cuento alrededor de la fotografía, uno muy tonto, en el que terminaba por descubrir de quién se trataba solo por mera coincidencia; imaginé que, revisando fotos de familia había encontrado el mismo rostro, y alguien me había contado que se trataba de la novia semioculta que había tenido el hermano médico heroinómano de mi bisabuela, el mismo pediatra al que me llevaban de niño. Una tontería que menos mal no me animé a escribir.

La foto rueda entonces entre mis cosas, y es la foto de quien podría ser la amante del dueño del libro que compré, o un amor furtivo, o no alcanzado, o no correspondido. Y la pérdida es probable que haya provocado dolor, o tal vez no y fue abandonada a propósito. Todo es tan probable como la posibilidad de que aquella mujer haya muerto, o de que el propietario del libro y de la foto sea un anciano que arrastra los pies y no recuerda casi nada: ni el libro, ni la foto, ni la mujer.

¿A qué viene todo esto?, pues a que recordé la fotografía después de leer el siguiente poema de Joan Margarit, ganador del premio Cervantes 2019, y el arquitecto que con paciencia, ternura y humildad se ha dedicado a la tarea de culminar la Sagrada Familia que Antoni Gaudí dejó inconclusa, después de haber muerto atropellado por un tranvía y de haber sido confundido con un mendigo: “Quedaba el tren vacío en la Estación de Francia./ También era el final para nosotros./ En una papelera rosas rojas:/ alguien que no llegó/ y alguien que abandonó sus esperanzas. / Al pasar junto a ellas me dijiste:/ construyendo salvamos el recuerdo./ Las convertí en un símbolo./ Pensé que todo aquello que dejábamos/ -como aquel ramo en la dudosa luz/ de la Estación de Francia-/ quedaría en quien sabe qué memoria./ Construimos, me decías, para nunca perdernos./ Y puede que la pérdida sea lo que nos salve/ en el desconocido recuerdo de los otros.

Alguien que abandonó sus esperanzas, dice Margarit, de quien arrojó las rosas al cesto de basura, o del amante que no se decidió a llegar. Tal como en el caso de la fotografía que encontré en aquel libro, las esperanzas de él o de ella, vaya uno a saber. En todo caso, como las rosas rojas, es un recuerdo que ha quedado en otra memoria, en este caso la mía, salvándose, por lo pronto y quién sabe hasta cuándo, del extravío en el universo de la nada, que incluye, por supuesto, lo que existió y ya no.

Manizales, 3 de julio de 2020