22 de mayo de 2022
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Los retos del escritor

16 de julio de 2020
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
16 de julio de 2020

Quien escribe se confronta consigo mismo en un constante monólogo. Convierte sus pensamientos en cavilaciones que ondulan sin cesar, sus tristezas en extensas logomaquias que plasma con sílabas y sus alegrías en una feliz alegoría. Busca en el silencio la inspiración que en ocasiones resulta traviesa y esquiva. Sabe que en medio de la soledad los pensamientos fluyen, las ideas descienden del “topus uranus”, y las palabras corren como manantiales inagotables para teñir con tinta sus reflexiones.

El escritor no le teme a la crítica. Sabe que ello es connatural con su ejercicio. Entiende que sus axiomas no son universales y se someten en muchas oportunidades al juicio de terceros que examinan su contenido con ópticas diferentes. Su visión puede resultar errática, inverosímil o fantástica, no obstante es decidido y en un instante se aventura a cosechar los mas delicados frutos que los versos pueden darle. Allí empieza a derribar las barreras que le impiden avanzar en su aventura intelectual. Comprende que siempre existirán críticos ácidos que destruyen teorías o áulicos afectuosos que le elogian sin merecerlo. Ninguno tiene razón. Ambos extremos hacen parte de hondas emociones que se alejan de la realidad.

Es valiente. Su eterna confrontación con la hoja en blanco es el anuncio de un esfuerzo por venir, de una brega persistente, de una lucha eterna contra el espacio limpio. Ese lienzo, virgen que se presenta ante sus ojos, se convierte en un silencioso enemigo, en un adversario secreto contra el cual no se lucha, no se domina ni se vence, uno que se transfigura suave y lentamente en ese resultado final que todos anhelan. A medida que sus manos se desplazan a través del papiro casto, su corazón palpita mas rápido pues sabe que lo ha seducido, lo ha convertido en su aliado, en su amigo y confidente. Es un proceso de transformación tan sutil y profundo que exalta su alma en un cántico feliz.

Es adivino. Se fascina con cavilaciones quiméricas, con elucubraciones sobre el porvenir, con especulaciones novelescas sobre lo que sucederá. Vaticina el futuro con facilidad y anuncia eventos próximos que tal vez nunca ocurrirán.

Es crítico. Nada se le escapa a la mordacidad de su pluma. Censura los políticos que saquean el erario sin contemplación, exalta la ciencia y su capacidad para reformar el entorno, advierte sobre el manejo económico de su país y el impacto que tendrá, diserta sobre las últimas producciones literarias, documenta anécdotas locales que las convierte en historias universales, denuncia bandidos que hacen del hampa su vida. Su talento es global y abarca tanto como su propio pensamiento.

Es lector. No es posible escribir sin leer. Solo las horas de estudio y reflexión le permiten el bagaje suficiente para escribir con seriedad y profundidad. Entiende que lo suyo no es lo superficial  ni redactar horóscopos. Para lograrlo abre sus alforjas para acumular tiempo de lectura. No son suficientes unos pocos minutos con un libro antes de dormir. Por el contrario. Debe hacer de la disciplina su constante y del sacrificio su propia experiencia. Deberá dedicar sus mejores momentos para acumular conocimientos a través de páginas que han trascendido los siglos. Mi padre me enseñó sobre el valor del estudio y los réditos que este representa. Cada día consagraba al menos diez horas a la lectura de sus joyas. Su biblioteca contenía miles de volúmenes de obras selectas de los mejores autores en filosofía, política, literatura, historia, poesía, derecho y economía. Nada se le escapaba. Cada ejemplar tomado de sus archivos contenía anotaciones al margen. De su esfuerzo se cosecharon varios libros y una pluma con un estilo propio que le ganó el epíteto del último grecolatino.

La actualidad ha impuesto otra dinámica. Ya no se leen obras completas. En su lugar se apelan a resúmenes y portales de contenido ligero que hablan sobre todo y no profundizan en nada. Las lecturas en papel pierden adeptos mientras que priman las banalidades en medios digitales. Como escribió Jorge Robledo Ortiz “Siquiera se murieron los abuelos / Sin ver cómo se mellan los perfiles”.

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