22 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Lo que trajo el mar (Laguna Libros) de Frank Báez

18 de julio de 2020
18 de julio de 2020

Apuntes, d.j.a.

Casi diez años después de la publicación de la Antología de crónica latinoamericana actual me parece notable que ese género, que al momento de la antología estaba en su cenit, siga siendo ‘actual’ y haya mantenido –y aumentado– el aprecio de los lectores y el nivel de excelencia de sus mejores autores. En el momento de preparación de aquella antología, la abrumadora mayoría de los materiales estimables para ser seleccionados había hecho su primera aparición en papel; la búsqueda en la red fue exhaustiva y de ahí resultó el hallazgo de “Bob Dylan en el Auditorium Theater” del poeta dominicano Frank Báez (1978). No era extraño, reflexionaba en el prólogo, que una tan magnífica crónica en prosa viniera de un poeta que fue capaz, también, de hacer crónica con sus poemas, como en “Quita sueño”:

Perder una pierna trabajando

De operario en una zona franca
            Duele menos que cuando los gringos
            Te donan una prótesis de plástico
            Que te pondrás para emborracharte en los colmados
            Y que apoyarás con fuerza en la acera
            Al retornar a casa
            Temeroso de que los perros del barrio
            Puedan morderla y arrancártela.

Ahora ese texto vuelve a aparecer en esta recopilación de crónicas, algunas notables, como esa entrañable memoria de su padre, muerto hacía poco: “Papá me enseñó todo lo que sé. Podría durar horas mencionando las virtudes que me transmitió, pero quiero enfocarme en dos aspectos que para mí han sido fundamentales: papá me enseñó a leer y a escribir”. Recuerda a su padre leyéndole en voz alta La isla del tesoro y poemas: “en una de esas ocasiones, estaba leyendo un poema de Neruda y de pronto se detuvo y dijo que ese poema le recordaba otro texto. Fue a su biblioteca y retornó con un libro de Dylan Thomas. Antes de iniciar la lectura me explicó que el autor tras beberse dieciocho copas de whisky seguidas en Nueva York cayó en un coma profundo que lo llevaría a la muerte. Entonces leyó el poema. Al principio no me decía mucho, pero bastó que leyera «la mitad del mundo es del demonio y la otra mitad es mía» para cambiarme la vida. Fue como si me alcanzaran las ondas expansivas de una bomba atómica. Ese verso reorganizó mi código genético y me convirtió en poeta”.

Esta cita me conduce a otra de sus crónicas, “Un libro de Dylan Thomas y yo”, un fervoroso acercamiento al poeta galés a través de una poesía reunida editada en 1974 y que acompañó a Báez como un fetiche durante varios años y trasteos. Son notables sus crónicas autobiográficas, empezando por las dos primeras del libro: “Karate Kid” –un testimonio sobre el bullying al que humor no le quita la dureza– y “Derretido” –un homenaje a la Barra Payán, que es para Báez la mejor sanduchería del mundo. Hay, también, crónicas de viajes a Costa Rica, a Alemania, a la isla de San Andrés, al Perú. Siendo testimonios autobiográficos, un registro en que el ego puede ser ahuyentador, en estos textos es notable cómo ese ‘yo’ nunca estorba, lo contrario, Báez tiene el poder de concitar la complicidad de sus lectores.

Merecidamente elegido en el grupo de Bogotá39 como narrador, Frank Báez es, ante todo, un excelente poeta: en la crónica dedicada a su padre cuenta que él murió el 23 de septiembre de 2016. “A la semana de su muerte escribí este poema”:

Antes de ir al hospital acompañé a mi padre
a recortarse el pelo y el barbero de brazos tatuados limpió el sillón con un trapo como si se tratara de un trono y mi padre con su barba y sus lentes dudó en sentarse, porque él odiaba cualquier privilegio
y si iba a esa barbería donde los decibeles
del reggaetón y de las salsas
rompían los tímpanos de los clientes
era porque se sentía como en casa
y las tijeras del barbero eran un pájaro
que aleteaba sobre la cabeza de mi padre
y entonaban una canción
que era imperceptible para los mortales. 

Era una canción sobre la muerte
y ese era el último corte que se haría mi padre y eso no lo sabía el barbero,
no lo sabía yo,
no lo sabía nadie. 

Afuera brillaba el sol,
avanzaba el viernes
y los otros barberos trasquilaban con sus maquinitas las cabezas de sus clientes. 

A veces he pensado en ir a la barbería
y contarle al barbero de brazos tatuados
que mi padre ha muerto.
O quizá no decirle nada
y sentarme a que me recorte
con esas tijeras que aletearon como un pájaro sobre la cabeza de mi padre.
Entonces sabría el significado
de la lúgubre canción que las tijeras entonaron, comprendería y sería como siempre demasiado tarde.