16 de mayo de 2021
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Lecturas obligatorias en la región caldense

6 de julio de 2020
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
6 de julio de 2020

Hace 150 años los campesinos pobres que se internaban en las selvas del sur de Antioquia, en territorio del futuro departamento de Caldas, procuraban leer el Catecismo del Padre Astete, que había sido escrito para los niños y la gente sencilla; se leía en familia, todas las noches, a la luz de la vela. Pero cuando llegaban nuevas familias y se instalaban como colonos aparecían, de vez en cuando, los contadores de cuentos que sabían de memoria, adivinanzas, décimas, coplas, cuentos populares; de este modo los sacaban de la monotonía y los introducían en los misterios de los libros. Después fundaban la aldea, se desarrollaba la vida social y entraban los arrieros, los culebreros y los vendedores de específicos, que incluían en sus productos catecismos y libros de cuentos.

En 1876, en plena guerra civil, se editó un periódico titulado El Estado de Guerra, salía dos veces a la semana, con cuatro páginas y se editaba en Bogotá. Tenía orientación liberal pero los arrieros lo distribuían por todas partes: los entregaban para la venta en las fondas o tiendas de los pueblos y a estos lugares llegaban los campesinos deseosos de conocer la cotidianidad del conflicto en el territorio nacional. En los sitios donde la gente no sabía leer el maestro de la escuela leía en voz alta y los habitantes escuchaban en silencio. Para esta época las poblaciones importantes como Salamina, Aguadas, Manizales y Manzanares tenían imprentas para sacar sus propios periódicos.

Cuando agonizaba el siglo XIX la novela María, de Jorge Isaacs, se difundió por nuestros pueblos porque el ambiente era favorable. Los campesinos leían el libro a la luz de la vela, cada noche un capítulo; reunidos los hijos alrededor de la cama de los padres, hacían pausas para llorar o para comentar los textos y así se la pasaban a lo largo de los 65 capítulos.

Al mismo tiempo circulaban los libros de Tomás Carrasquilla, uno de los cuentistas y novelistas más leídos desde Aguadas hasta Manizales y desde Pensilvania hasta Victoria, pasando por Manzanares y Marquetalia. Carrasquilla nació en 1858 en Santo Domingo, Antioquia; su vida aldeana y el apego a la tierra se refleja en toda su obra. El cuento Simón el Mago era conocido en esta tierra, desde 1890; lo narraban los cuenteros en las fincas y en los parques de Aguadas, Pácora, Salamina, Aranzazu, Filadelfia, Neira y Manzanares, y los educadores y artesanos coleccionaban los cuentos que iban saliendo, para preparar veladas y obras de teatro y entretener a la gente del pueblo.

En 1897 empezó a circular el cuento En la Diestra de Dios Padre, que se refiere a la historia de Peralta, un hombre muy bueno a quien Jesús le concedió cinco deseos. La narración es tan agradable y fluida que los maestros y sus alumnos preparaban veladas especiales para deleite de los padres y de la comunidad; más tarde, a principios del nuevo siglo, se fueron divulgando las otras obras de Carrasquilla, como Frutos de Mi Tierra, El Padre Casafús, El Ánima Sola y La Marquesa de Yolombó, libros que no podían faltar en las bibliotecas escolares.

Pero también existían los libros que producían escándalo como las obras de José María Vargas Vila, una reconocida pluma virulenta que desafió a los tiranos, al imperio y a la Iglesia. Nació en Bogotá en 1860 y sufrió la guerra civil de 1876. En cualquier pueblo bien católico como Aguadas, Salamina, Neira o Manizales, los hombres adultos compraban, a escondidas, obras como Ibis y Flor de Fango, las leían y después tenían que confesar este pecado porque era literatura prohibida por la Iglesia.

Otros libros populares, de la pluma de Vargas Vila, fueron Los Divinos y los Humanos y Ante los Bárbaros, que lo hicieron conocer en muchos países como un polemista panfletario. Denunció los atropellos de Estados Unidos en el continente y tuvo que abandonar la ciudad de Nueva York y se refugió en Europa. En Colombia sus obras se vendían como pan caliente pero los padres de familia los escondían bajo llave o en sitios secretos. Aquí los encontraban los hijos adolescentes y los leían con sigilo y especial deleite.

Como en las aldeas no había librerías, llegaban los silleteros de los libros; aparecían los días de mercado y mostraban al público la mercancía: unos libros para la venta y otros para alquilar, durante ocho días. En estas bibliotecas ambulantes el lector encontraba textos de historia, novelas, cuentos y poesía. Se destacaban autores como Víctor Hugo, Carrasquilla, Severo Catalina, Lope de Vega, Sor Juana Inés de la Cruz y Vargas Vila.

A principios del siglo pasado cuando muchas personas emigraban de las fincas a las aldeas, a los pueblos y ciudades y necesitaban “pulirse” para no aparecer “como montañeros”, había un puñado de libros de obligada lectura que no faltaban en la mesa de noche o en la pequeña biblioteca familiar. Los educadores recomendaban los siguientes textos: el Manual de Urbanidad y Buenas Maneras, de Manuel Antonio Carreño, Lecciones de Higiene y Economía Doméstica, La Urbanidad en Verso y La Doncella Cristiana. El más popular era la Urbanidad de Carreño, libro editado en París en 1853; era agradable de leer porque tenía buenas ilustraciones de preciosos grabados. Los educadores lo utilizaban para formar a sus alumnos porque era un “manual práctico de urbanidad y buenas costumbres”.

Otro libro del mismo estilo era la Urbanidad en Verso, del reverendo José Codina, publicado en Barcelona en 1898. La obra fue llevada a Manizales, Salamina y Manzanares por las comunidades religiosas dedicadas a la docencia; era utilizada por personas de la capa alta porque en el texto el autor plantea que “Las normas de urbanidad se escriben sobre todo para los que se disponen a subir de categoría social, por ejemplo, a través de los estudios y las profesiones. Se trata de imitar con soltura a los que ya están arriba. Pero hay que cuidar no hacer el ridículo: al recién llegado se le nota”. Es muy interesante la metodología que usa el autor para atrapar a los lectores, especialmente a las niñas, señoritas y señoras:

Enjuágate cada día

la boca, y limpia los dientes,

con tal que no haya presentes

personas de autoridad.

Toma baños de limpieza,

mayormente en el verano,

y los pies también es sano

de vez en cuando lavar.

Cuando se iniciaba el siglo XX funcionaban en casi todos los pueblos de Caldas las famosas tertulias literarias y centros de estudios históricos, que eran una disculpa para entretenerse y salir de la monotonía; giraban alrededor de una revista. Veamos algunos ejemplos:

En 1904 se empezó a publicar en Manizales la Revista Nueva, que contaba con las plumas más exquisitas: Aquilino Villegas, Samuel Velásquez, Alfonso Robledo Jaramillo, Emilio Robledo Correa, Victoriano Vélez y José Ignacio Villegas. Se reunían en las casas de los contertulios y analizaban los artículos mientras bebían vino. Pero en los pueblos también había revistas que congregaban a los intelectuales locales. Por ejemplo, en Salamina editaban la hermosa revista Pensamiento y Vida, a cargo de la Tertulia Literaria y bajo la dirección de José Solano Patiño. En 1916 el Concejo Municipal de Manzanares creó la Revista Municipal, como medio de divulgación para informar sobre la vida cotidiana del municipio; un grupo de amigos se reunía cada semana, en horas de la noche, para discutir y seleccionar los temas, bebían algo de aguardiente para animar la charla y remataban con una merienda donde no faltaban las empanadas y alguna bebida caliente.

Sumergidos en lecturas superaban el aburrimiento y la monotonía, en una época cuando las revistas y los libros eran considerados verdaderos tesoros y no estorbaban ni en las casas, ni en los establecimientos de educación.