14 de mayo de 2021
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Fábula del pueblo burlado

12 de julio de 2020
Por Celmira Toro Martínez
Por Celmira Toro Martínez
12 de julio de 2020

Había una vez un pueblo de honor, orgulloso de su historia, de sus ancestros, de sus recursos naturales hermosos y espléndidos; un pueblo entusiasta, sin miedos, ni temores; el pueblo más entregado a su trabajo, más enamorado de su tierra con aroma de amores y de sueños, con el dulce sabor de la panela y el vistoso color de su paisaje enmarcado en montanas hermosas, imponentes.

Un pueblo de coraje capaz de sobrevivir a la violencia, a la desigualdad, a la miseria, a la discriminación, al exterminio de sus líderes, a la violación de sus mujeres, de sus indígenas, de sus infantes; al robo constante de sus recursos, a la explotación laboral de sus trabajadores y obreros.

Un pueblo grande, invencible; el más alegre y entusiasta, reconocido   entre muchos otros pueblos.

Se vestían de ruanas, de ponchos y sombreros; coreaban, como en una oración, los cantos de su tierra y se abrazaban como hermanos en los estadios, las plazas, las iglesias.

Era un pueblo sensible, solidario, servicial y bueno; un pueblo creyente en Dios y confiado de los otros, tan confiado que creyó en promesas alevosas, hechas en sus plazas hermosas, invadidas por unos pocos que entre aplausos ofrecieron un paraíso como nunca soñado, sin desigualdades, sin explotación, sin hambre, sin injusticias, sin abusos.

Todo era tan prometedor que de uno a uno pasaron la voz, de lo que sería su pueblo, después de elegir a aquellos que, en las plazas, los abrazaban y se hacían pasar por sus amigos.

No habrá más impuestos y tendremos un buen trabajo, se decían unos a otros; nuestros hijos tendrán educación y oportunidades comentaban entre sí; podremos sacar nuestras cosechas y defender nuestro suelo, afirmaban los labriegos; ya no habrá más violencia ni atropello comentaban las mujeres y los adultos mayores vieron un futuro mejor para sus años viejos, mientras que los jóvenes y niños veían realizados sus anhelos.

Qué bonito y feliz era este pueblo, hasta que un día se sintieron  amenazados y vencidos: Las promesas se volvieron decretos en su contra, impuestos impagables, abusos, impunidad, injusticia, desigualdad, sobornos, corrupción; los jueces se vendieron, el gobierno se fue en defensa de la clase dirigente, los industriales y banqueros y los campos fueron invadidos por explotadores extranjeros, piratas de la tierra que  se llevaron el oro y  sus riquezas; la selva sagrada fue talada hasta dejarla en desierto, los ríos fueron desviados de su cauce para hacer en ellos proyectos industriales que a los nuestros le dejaron miseria, mientras las arcas de unos pocos  se colmaban de bienes, de dinero.

Así, la vida de este pueblo se transformó en miseria: Sin trabajo y sin oportunidades ya no había alimentos, ni educación, ni salud, ni dignidad ni herencia.

Vinieron las protestas que fueron acalladas por la fuerza, se cerraron las puertas a este pueblo que indemne  luchaba contra un gobierno opresor que acantonado en su poder se olvidó de las gentes más humildes de este pueblo, las que generan riqueza, las que se juegan la vida en la calle por buscar un sustento, las que hacen empresa, las gentes que en las plazas un día  entregaron la soberanía de su patria entre aplausos y vivas, entre risas y anhelos.

Los amigos aquellos, que entre abrazos hicieron las promesas, ya no regresan y si regresan, ya no los conocen ni los llaman, ni atienden; ya lograron lo suyo y lo demás no importa.

En ocasión de nuevas elecciones vuelven a reunirlos y a abrazarlos; hacen nuevas  promesas, les  alivian un poco su miseria; les conceden uno que otro subsidio peregrino, una dádiva más que alivie  la pobreza.

Dicen que este pueblo sufre de un incurable mal que los aqueja: es un   pueblo insensato que olvida fácilmente sus miserias, sus quejas; no puede  recordar que le fueron incumplidas las promesas; no ven la realidad ni les importa su tierra, ni hacen nada por defenderla; entonces, alegres y confiados  vuelven a creer, a  vestirse de ponchos y sombreros, a reunirse en la plaza que aman de su pueblo y vuelven a aplaudir y a soñar con el imposible anhelo de ver su pueblo justo, digno; un pueblo de honor representado por hombres y mujeres de bien que no se venden.

Lo hermoso de  este pueblo es que nunca se vence, siempre mira al cielo, porque fue hecho con lazos de amor y de ternura, de historias de arrieros y de abuelos, de la casa primera, esa que todos llevan en su alma como impronta imborrable que los hace una raza de grandeza.