25 de mayo de 2022
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De reinventarnos, a empatízarnos

13 de julio de 2020
Por María Fernanda Restrepo Torres
Por María Fernanda Restrepo Torres
13 de julio de 2020

Es muy difícil ponerse de un lado o del otro en este país atribulado por una tragedia distinta cada día. Quedarse en el medio analizando todos los matices y sin tomar partido suena ideal, aunque es exponerse a ser etiquetado como tibio por quienes defienden con vehemencia su posición e instan a los demás a asumir una, como única salida a la degradación social que nos atosiga. Primero nos exigieron reinventarnos, ahora es imperativo empatizar.

Fácil es, por ejemplo, justificar que el abandono del Estado y la nula calidad de vida en Tasajera obliguen a sus habitantes a robar. Fácil es el mismo acto de robar, en un país donde reina el vencimiento de términos y los delincuentes quedan libres en pocas horas sin importar las pruebas en su contra. Fácil es también calificar como carente de empatía a quien no acepta ese comportamiento bajo ninguna circunstancia; eso sería igual a decir que la miseria es el pasaporte a la delincuencia, solo bajo esa condición está bien no indignarnos.

¡Jamás! Y es un argumento bastante flojo decir que para los demás es muy sencillo opinar desde la comodidad de su casa, con empleo estable, comida asegurada y techo digno. Que solo por un momento nos pongamos en los zapatos de esa pobre gente azotada por el hambre y la falta de oportunidades, que solo si viviéramos una situación similar comprenderíamos su impulso de saquear, o que incluso así procederíamos nosotros mismos viéndonos ante tal condición.

Aún con la difícil posición que indiqué al principio y la preocupación latente de entrar al bando de los carentes de empatía, lo sucedido en Tasajera no me despierta ninguna solidaridad con los afectados. Tampoco me alegra, si es por allí que lo van a encausar. Una comunidad acostumbrada a vivir del saqueo antes y después del Covid, ahogándose entre la basura y sorda ante las advertencias de las autoridades, sobrepasa una justificación. Horas depsués sucedió lo mismo en otro punto de la Costa Caribe.

La pobreza no es licencia para ser bandido: el delincuente es delincuente aún teniendo todas las comodidades (sólo miremos varios senadores, ex ministros, alcaldes y gobernadores). El que es correcto lo es bajo toda circunstancia, pero solemos resaltar el proceder del honesto como algo heroico, cuando sencillamente debería ser lo normal. ¿Así de mal estamos como sociedad que preferimos justificar un acto ruin como el sucedido en la costa, sin pensar que quienes conducen camión sí madrugan a trabajar honradamente?

¿Por qué pretendemos hacer ver que una persona que estudió, que quien tiene un trabajo o aquel madruga cada día a luchar por su emprendimiento, no puede opinar porque está “en una posición cómoda”; pero a el si pueden robarle el sustento otros que no tienen esos “privilegios”, solo porque el hambre y la necesidad apremian? Estas tragedias en lugar de unirnos para elegir mejores gobernantes que saquen adelante nuestro país, nos dividen y nos plantean absurdos como este de pensar que los saqueadores merecen alguna defensa.

Situaciones similares han sucedido en diferentes partes del país, asi que esto no es de regionalismos, como también se ha pretendido vender la noticia. El tema es cultural. Hace varios meses mencioné en otra columna como en el exterior el concepto generalizado del colombiano es narcotraficante, corrupto o prepago, y lejos estamos de quitarnos esas etiquetas, toda vez que se normaliza el vandalismo solapado en manifestaciones, en que “el colombiano no se vara” o que el bobo es uno si no aplica la “malicia indígena”.

Es muy lamentable la pérdida que viven las familias, como lo es también la crisis en la que se hunden las víctimas de vandalismo: les puede tomar una vida recuperarse, si acaso lo logran. Quizá eran personas que ante la falta de recursos para satisfacer sus necesidades básicas, lograron una oportunidad conduciendo un camión y un viaje les arrancó de tajo la posibilidad de continuar, todo por cruzar una zona sobre la cual no podemos opinar y solo debemos sentir empatía.