21 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Viernes cultural «Seducción»/Cuento/Catón

12 de junio de 2020
12 de junio de 2020
Imagen tomada de abc.es

Cuando llegó a Estados Unidos, proveniente de Inglaterra, Vladimir Nabokov produjo un enorme movimiento de opinión en favor y en contra de su novela Lolita que había recibido fuertes censuras en Europa. Por muchos años Nabokov fue profesor de literatura en Norteamérica y sus libros de crítica literaria son un modelo para los escritores y la academia. Pero, no obstante la alta calidad literaria de sus demás obras, aquella novela se impuso por su deliciosa sensualidad y le permitió a su autor vivir a sus anchas en un hotel de Suiza hasta sus últimos días. Dicha narración de un adulto enamorado de una adolescente opacó las demás novelas, como Pálido Fuego o Ada o El Ardor, que le hubiesen podido dar el Premio Nobel con exceso de méritos. El presente cuento de un periodista mexicano del diario provincial de Tijuana, El Imparcial, llegó inadvertidamente a nuestras manos y lo leímos como una muestra de un entretenido acercamiento a la obra del genial escritor ruso. –Quim López

«Seducción»

Por Catón  

12 de Junio

 ¿Te acuerdas, Armando, de Vladimir Nabokov? Es el autor de aquella novela, «Lolita», famosísima en su tiempo, que se llevó al cine en varias versiones, algunas de ellas demasiado cinematográficas. Mi favorita es la de James Mason y Sue Lyon, con guión del propio Nabokov. Ahí aparecen también un moderado Peter Sellers y una espléndida Shelley Winters, que ganó el Oscar por su actuación en ese film. El libro fue un best seller, sobre todo en los países donde fue censurado por contener pornografía. (Los censores leyeron seis o siete veces las partes objetadas para asegurarse de su contenido pornográfico).

«Lolita» trata de un hombre de edad que se enamora de una adolescente. Te digo esto, sobrino, porque en mi vida hubo también una Lolita. Por favor no taches a tu tío Felipe de pedófilo. En mi caso yo fui el seducido, no el seductor, y lejos de haber cometido el delito de estupro hice una obra de caridad. Te diré cómo fue eso. Yo estaba en relación de cama con una señora de bastante más edad que la mía. Digamos que ella andaba en los 40 años y yo en los 23. Tenía aquella dama una hija de 17. Te juro, Armando, que no los representaba. Parecía de 20, o aún más. Su madre era divorciada. Me recibía en su casa en horas en que Lolita -así la llamaremos- estaba en la escuela o en alguna reunión con sus amigas. Una noche de sábado -¡cuántas cosas suceden las noches de los sábados!- la señora me pidió que fuera a verla. No me sorprendió: con frecuencia nos encontrábamos en sábado, día en que su hija no se hallaba en casa.

Cuando llegué ahí estaba la muchacha. Era preciosa, Armando, una belleza. Tenía a la vez candor de niña e inconsciente sensualidad de mujer. Me hechizó. No podía quitar de ella los ojos. La señora, naturalmente, se dio cuenta, pero en vez de molestarse pareció complacida. Después sabría yo por qué. Supuse que Lolita se despediría y nos dejaría solos. No sucedió así. Para mi sorpresa fue su madre la que se despidió. Una amiga muy querida cumplía años, explicó, y no podía faltar a su fiesta. «Te dejo en buenas manos» -me dijo.

No necesito abreviar, Armando. Cosas como ésta son de por sí muy breves. Lolita me ofreció una copa, se sentó a mi lado y se me insinuó en tal forma que habría sido falta de caballerosidad, y hasta una ofensa, no responder a la provocación. Logré, no sé cómo, administrar mis ímpetus, y le hice el amor con lentitud, morosamente. Acerté al actuar así, porque la muchacha era virgen. Me azoré -terminados los hechos, claro- al ver la prueba en la sábana, pero ella no se inquietó.  Cuando salí de la casa le pregunté: «¿Volveremos a vernos?». Y Lolita, con una sonrisa traviesa: «No. Se enojaría mi mamá». No la busqué, y corté mi relación con la señora por no sé qué extraño escrúpulo. Tiempo después me la topé una tarde. Notó mi turbación y dijo: «Te apenas por lo de Lolita  ¿verdad?». No esperó mi respuesta. «Yo hice que sucediera eso -me contó-. Ella quería ya saber del sexo, y me preocupaba que lo fuera a conocer en brazos de algún muchacho torpe y desmañado que de seguro le daría una mala experiencia. Tú eras un excelente amante, tierno y a pesar de tu edad, sabio. Pensé que sería bueno que Lolita se iniciara contigo en el amor del cuerpo, pero no te lo podía pedir. Entonces hice que las cosas sucedieran como sucedieron. Ahora ya sabes que no debes apenarte. Tampoco sientas pena por haberme dejado. A mí tampoco me habría gustado volver  a estar contigo después de aquello. Todo tiene un límite ¿no crees? Hoy que te veo te doy las gracias en mi nombre y en el de Lolita».

Así me dijo. Hay cosas, Armando, que no entiendo. Ésta es una de ellas…””