8 de agosto de 2020
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Jorge Emilio Sierra “Por azar, nací en Pereira”

30 de junio de 2020
30 de junio de 2020

(De mi libro “Una vida en olor de imprenta” -Amazon, 2020-) 

El 19 de septiembre de 1955, mi madre, Mary Montoya, estaba en la finca. Era de noche, sólo que sin la incipiente luz del pueblo o de la planta eléctrica que en cambio comenzaban a tener algunas propiedades rurales. La escasa iluminación provenía de una lámpara de petróleo y varias velas que se iban derritiendo poco a poco, aumentando el suspenso. Y estaba como sola en la casa, en embarazo, apenas acompañada por sus dos hijos menores, Álvaro y Rubén Darío, quienes contaban con ocho y tres años respectivamente, pues las mujercitas, Alba Lucía e Isabel, estaban internas en el colegio de las monjas, en Marsella.

Papá había salido temprano hacia el pueblo y estaría dedicado a empinar el codo, o sea, a beber aguardiente como loco, como si se le fuera a acabar, acompañado por alguna de sus inseparables amigas de dudosa reputación.  Lo cierto es que él aún no aparecía y podría demorarse bastante, como era su costumbre desde poco después del matrimonio en 1943.

A medida que pasaban los segundos, los minutos y las horas, crecía su angustia. Daba vueltas y más vueltas en la cama, rezaba más y más rosarios, y hacía esfuerzos sobrehumanos por dormirse, por conciliar el sueño, pero el silencio de la noche, interrumpido por el ladrido de un perro o el molesto ruido de una rata metida en el zarzo, le impedía cerrar los ojos que nada podían ver por la oscuridad reinante.

Terror a medianoche

Mary Montoya López

De pronto, hacia las tres de la mañana, sintió los pasos de un caballo que se dirigía hacia la casa. No era el caballo de Emilio, pensó. Ni era él, por consiguiente. Entonces, ¿quién era? El corazón le latía muy fuerte, como si fuera a salirse del pecho. “Padre Nuestro, que estás en el cielo…”, rezaba mientras se daba una y otra vez la bendición con su mano derecha, la cual exhibía un ligero temblor, no propiamente de frío.

La bestia se acercaba cada vez más; sus pasos, con las patas que se hundían en el lodo formado por la lluvia de los últimos días, avanzaban hacia la puerta principal, y fue ahí donde se detuvieron, seguramente porque el jinete (vaya uno a saber si era real, de carne y hueso, o un alma en pena) se bajaría de su cabalgadura.

Podía ser -se dijo, asustada- un asesino, un asaltante de caminos, un ladrón nocturno o quién sabe qué. Y hasta podría disparar en cualquier momento, desde el corredor de la entrada, hiriendo de muerte a uno de sus hijos o a ella misma o a todos juntos, incluida la criatura que se venía formando en su vientre y a la que no le faltaban sino dos meses para llegar al mundo, según las cuentas del médico.

El hombre -¡tenía que ser un hombre!- golpeó la puerta: toc-toc-toc, no con violencia sino con algo de timidez y respeto, hecho que de veras sorprendía y daba buenos augurios.

“¿Quién es usted? ¿Qué se le ofrece?”, preguntó ella con su amabilidad habitual, no  desaparecida por su nerviosismo. Fue entonces cuando supo que se trataba de un pobre borracho perdido, quien equivocó el camino y fue a dar por la finca de Emilio Sierra en lugar de la suya, ubicada dos kilómetros arriba, cerca de La Tebaida.

Le volvió el alma al cuerpo, no sin antes indicarle al campesino la ruta correcta para no embolatarse de nuevo.

Los dolores del parto

Sin embargo, fue ahí cuando empezó lo peor. Porque a raíz de esto, del susto que pasó aunque fuera infundado, se le adelantaron los dolores del parto, sintió que su quinto hijo intentaba salirse del vientre a las carreras, sin previo aviso, y en definitiva estaba a punto de abortar, situación que ella no iba a permitir, con la ayuda de Dios, por nada del mundo.

Oraba, contraía su estómago para impedir el nacimiento prematuro que podía costarle la vida o la de su criatura, se aferraba al espaldar de la cama, a las cobijas y a la sábana para no gritar y despertar a los niños, hasta que por fin, dos horas después, apareció papá, amanecido y trastabillando, con las ojeras por el piso.

Ante las críticas circunstancias del momento, se le pasó la borrachera. En un abrir y cerrar de ojos, con la agilidad de que hacía gala para realizar las faenas del campo, reunió a varios campesinos, improvisó una camilla en la que subieron a mamá hasta la carretera, y la llevó de inmediato a Pereira, donde tuviera la debida atención médica.

Enhorabuena, el asunto no pasó a mayores; el suscrito, aunque sietemesino, nació sin problemas, por más que requiriera el apoyo técnico de una incubadora, y fue así como mi madre pudo regresar sana y salva a la finca, ya con la sabia decisión de mi papá, obligado por lo ocurrido,  de sentar cabeza e irse a vivir al Dovio, en el área urbana, por la Calle Real.

VERSIÓN POÉTICA

Por azar, nací en Pereira;

por un azar, nada más;

por un azar, que en la vida

hay tantos, aquí y allá.

 

-0-0-0-0-0-0-

Mi madre estaba en la finca,

de noche, sin mi papá

(borracho, como buen paisa,

demorado pa´ llegar).

 

Eran tiempos muy violentos,

con mucha sangre y sin pan,

donde los rojos y azules

se mataban por igual.

 

Alguien llegó hasta la puerta,

perdido, en la oscuridad,

pensando que era su tierra

para poder descansar.

 

Pero, no. Mi pobre madre,

hundida en su soledad,

pensó que iban a atracarla

y hasta matarla quizás.

 

Que a sus niños, tan pequeños,

podían sacrificar,

y que la casa, entre llamas,

terminaría muy mal.

 

-0-0-0-0-0-0-

En medio del susto enorme

y la confusión total,

yo comencé a abrirme paso

en el vientre de mamá.

 

Con urgencia me llevaron

a la entrañable ciudad

y en el hospital San Jorge

nací, por fin, con afán.

 

Fui apenas sietemesino,

(apenas feto, en verdad),

y a una fría incubadora,

entre gritos, fui a parar.

 

¿Me crié acaso? Ya lo veis.

Fue un milagro, por demás,

como fue un milagro luego

haber llegado hasta acá.

-0-0-0-0-0-0-

Por azar, nací en Pereira;

por un azar, nada más;

por un azar, que en la vida

hay tantos, aquí y allá.

 

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua