27 de mayo de 2022
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«Hijo… Quiero salir de aquí»

18 de junio de 2020
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
18 de junio de 2020

La voz le salió de la garganta débil, casi inaudible, como una súplica. Estaba sentado en una silla de madera, en el corredor de la casa, mirando con asombro el gato que corría de un lado a otro detrás de una pequeña bola de cristal, tratando de atraparla. Roberto, el hijo, acababa de llegar de la calle, exhibiendo en su rostro esa sonrisa que a él siempre le hacía pensar en la felicidad sin nombre que lo llenaba. Lo vio entrar por la puerta del garaje, en la mano izquierda el portátil y en la derecha el celular que miraba para saber quién lo llamaba. Hacia un momento había dejado sobre la mesa del comedor el pocillo donde le habían traído el tinto. “Hijo… quiero salir de aquí”, fue la única frase que le salió de la garganta cuando él se le acercó para darle un abrazo.

Llevaba quince días pensando en cómo decírselo. Pero saber que era un hijo que procuraba cuidarlo de un posible contagio le hacía aplazar el momento. Lo había pensado desde el día en que el presidente ordenó un nuevo confinamiento. Sin embargo, no encontraba la forma de decírselo. El domingo en que se puso a jugar ajedrez con él en la sala mientras escuchaba esos tangos que le traían nostalgias de un pasado vivido con intensidad le habló de la angustia que lo llenaba al saberse encerrado en la casa. “Es muy duro no poder salir a dialogar con los amigos. No poder tomarnos un tinto en ese café donde siempre nos encontramos es como sentir que nos están quitando el aire”, le dijo en el momento en que le amenazó con un caballo la torre.

A su esposa se lo había dicho varias veces. Pero ella le aconsejaba que debía cumplir al pie de la letra lo ordenado por el gobierno si no quería correr el riesgo de que el virus lo atacara. “Mire, mijo, es muy grave lo que está pasando. Lo malo es que si no se atienden las recomendaciones el número de contagios empieza a crecer, y eso a todos nos pone en peligro”, le contestó misiá Pastora la tarde en que, sentados en las sillas del corredor donde ahora se encontraba, él le dijo que a la mañana siguiente saldría a la calle porque no aguantaba el encierro. Quería decírselo también a su hijo Roberto. Pero se contenía cuando, al llegar en la noche, él le hablaba de cuántas personas se habían contagiado ese día. “Las noticias no son buenas, viejo. El Covid-19 está afectando a las personas mayores”, le decía.

Los primeros días del encierro fueron para don Francisco un oasis. Los aprovechó para volver a tocar la dulzaina que desde sus tiempos de estudiante de bachillerato guardaba en el cajón de la mesa de noche, y que solo de vez en cuando tomaba para interpretar esos boleros que le traían recuerdos de sus amores de juventud. También para bajar al sótano a organizar las herramientas que todavía conservaba de la época cuando se ganaba la vida haciendo ataúdes, camas, taburetes y mesas de madera en el taller que desde los quince años montó en los bajos de la casa. Pero además para, en las tardes, poner en el viejo equipo de sonido que tenía en la sala los tangos de Carlos Gardel y Agustín Magaldi que cantó en sus tiempos de bohemia, cuando se reunía con sus amigos a hablar de política.

Nunca se le pasó por la mente que algún día seria obligado a estar confinado en la casa, sin salir a la calle, apenas enterándose de lo que pasaba afuera por las noticias que escuchaba en la radio o veía en la televisión. Cuando comenzó el encierro pensó que sería cosa de ocho días para que la emergencia pasara. Así se lo decía a misiá Pastora cuando, protegiéndose la bata con un delantal, arrimaba hasta la silla donde ahora estaba sentado para traerle el tinto que acostumbraba tomarse cuando regresaba al mediodía en busca del almuerzo. Verse sometido a no poder salir lo llenaba de angustia. “No voy a resistir este encierro”, le contestó la mañana de un viernes, quince días después de iniciado el confinamiento, cuando ella le dijo en tono premonitorio. “Prepárese, mijo, porque esto va para largo”.

Habían pasado noventa días de confinamiento cuando se atrevió a decirle a su hijo esa frase que a él le despertó un sentimiento de pesar: “Hijo…quiero salir de aquí”. Roberto lo miró a los ojos. Entonces vio que una lágrima rodaba por su rostro, y que su mirada era triste, y que no llenaba su cara esa sonrisa que siempre exhibía cuando lo saludaba. Sintió tristeza. Cuando el viejo le dijo que extrañaba los pasos de su nieto por el corredor, que le hacía falta verlo correr detrás del gato, que su ausencia era un vacío en el alma, entendió que la vida estaba golpeando a su viejo con el látigo de la tristeza. Hacía tres meses no veía al nieto. Fue en ese momento cuando, mirando una paloma que se posó en el tejado, le dijo con ese tono lúgubre que él advirtió como un pronóstico grave: “Tiene que resignarse, papa. Esto pasará”.