20 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
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Hablemos de algo que nos nivela por lo bajo a los seres humanos.

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
14 de junio de 2020
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
14 de junio de 2020

Me refiero a los mocos, la caca, los escupitajos, el sudor, la orina, los barros, el vómito, los eructos y su graciosa majestad el pedo.

Para efectos prácticos, en adelante llamaré a los pedos flatulencias, uno de sus sinónimos menos olorosos.

Tanto que si uno dice que fulano se tiró una flatulencia es como si no lo hubiera hecho. Hasta lo pueden condecorar.

Pues bien, dos científicos mexicanos, Juan Tonda y Julieta Fierro, publicaron “El libro de las cochinadas”. En la obra se ocupan de lo que ellos consideran como  grandes salvadores de la humanidad.

Que son ni más ni menos los mencionados en el segundo párrafo.

Por ejemplo, hablan de los mocos.

¿Quién en su infancia, adolescencia o vejez, no se los sacó de la nariz? Tanto que a un niño su mamá le preguntó donde había aprendido eso: “Lo aprendí solo” reviró el enano  y siguió con la faena. O sea, sacándoselos y comiéndoselos.

Muchos recordamos la imagen del entrenador de Alemania en el penúltimo mundial, sacándose los mocos. ¡Y comiéndoselos como si fuera una salchicha de Frankfurt!

Después de estudiar, estudiar y estudiar, el dueto Tonda-Fierro  concluyó que a los calumniados mocos les debemos que no entren a nuestro cuerpo el polvo, toda clase de virus, bacterias, insectos … que de pronto no tienen donde dormir y tratan de hacerlo en ese hotel de cero estrellas que es la nariz de cada uno de nosotros.

Y gracias a la orina, nos cuentan que al hacer pipí nos liberamos de “los deshechos líquidos que no aprovechan nuestro organismo, principalmente úrea, ácido úrico, creatinina,  proteínas viejas, sudor y mucho agua”.

En la antigua Roma en las casas había un cuarto llamado del vomitorio y en el siglo XIX, eran comunes las escupideras.

Según la crónica publicada en La Jornada, de México, de donde tomé estos datos, el libro le dedica un buen espacio a sus majestades los pedos (perdón, quedamos de hablar de flatulencias).

Para los científicos mencionados “no hay placer más grandes que echarse un… perdón, una flatulencia”.

Y explican que solo cuando nos extrovertimos por esa vía, descansamos.

También dan algunas sugerencias para echarse unas buenas flatulencias pero como todavía me queda algo de pudor, me abstendré de hacerlo.

Y para que vean que de todo hay en la viña del señor, el libro revela que en Francia fue famoso un tal Joseph Pujol, llamado Le Petomane, en español, el pedorro, o el flatulento, para seguir con el lenguaje correcto.

Pues bien, en sus funciones en el famoso cabaré el Moulin Rouge, monsieur Pujol tocaba La Marsella, el himno francés, a base de…. sí, de flatulencias. Voilà.

En Colombia le habríamos dado la Cruz de Boyacá pero los franceses le negaron la Legión de honor. Ahí estamos pintados ambos países.

Hasta en Don Quijote hay una divertídisma escena en la que Sancho aligera el buche delante de su señor.

El olor que despide Sancho acabó con la población de gallinazos diez kilómetros a la redonda. Calculo yo, no Cervantes. Don Quijote, marrullero, solo le comenta a su obeso escudero: “Sancho, hueles y no a ámbar”.

Mejor me despido deseándole un buen y bien oloroso puente. (nota sometida a latonería y pintura)