19 de mayo de 2022
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Viernes cultural/Cuento de Germán Ocampo Correa El buen forense.

5 de junio de 2020
5 de junio de 2020
Germán Ocampo Correa, el autor

Germán Ocampo Correa nació en Risaralda, municipio del departamento de Caldas y es especialista en Informática, gestor cultural y miembro de número de la Academia Caldense de Historia. Ha publicado varios libros en los géneros literarios de la poesía y del cuento, entre los cuales figuran «Antología de las horas muertas», Poesía, «Conjuros para ahuyentar la soledad», Poemas, «Señales de humo en la luna», Cuentos, «Pacho Trukos…el rastro del mago», Novela y «Los espejos de la imaginación», poemas.

El buen  forense

Era un cadáver como no había conocido en su larga experiencia de forense. Yacía en posición fetal, sus ojos estaban muy abiertos, había en su última mirada una impotencia y odio reflejado incontenibles; sus manos como garfios arañaban la sucia y fría losa del piso. Todo su cuerpo representaba el más alto grado de sufrimiento, su boca entreabierta y retorcida mostraba la lengua que se había salido de la cavidad bucal y estaba destrozada en varias partes, a simple vista semejaba un trapo sucio que hubiese colocado el asesino en su boca.

Roberto, que así se había llamado en vida, era un joven de unos cuarenta años, comerciante exitoso. Padre de dos niños de siete y diez años respectivamente. Excelente esposo, había desaparecido misteriosamente nueve días antes. Diana, la esposa, había interpuesto la denuncia respectiva ante la extraña desaparición. Cuando los vecinos de una casa abandonada en las afueras de la ciudad informaron sobre un cadáver que había aparecido en sus inmediaciones, las autoridades constataron que se trataba de Roberto. Hallaron sus papeles de identificación dentro de uno de sus bolsillos, pero no encontraron las tarjetas de crédito, ni la argolla de compromiso, ni el reloj que siempre llevaba consigo. Al parecer, según las primeras indagaciones, se trataba de un robo que había derivado en asesinato, después de una larga tortura para el o los asesinos, obtener las claves de las tarjetas de crédito desaparecidas.

El forense se concentró en el cadáver, que ya llevaba cinco días de su deceso, y comenzó a hablarle en tono amistoso, como si estuviese aún con vida. Mesaba sus cabellos delicadamente con sus manos forradas en guantes de látex.

  • Roberto, ahora estas seguro. Ya te hemos localizado. Lamentamos mucho las cosas por las que has pasado. Reconocemos tus sufrimientos, tu impotencia al no poder defenderte frente a las amenazas de tus asesinos. Sabemos que sufriste mucho, que tus pulmones abrasados se negaban a regalarte aire, cuando te quemaron la espalda con un soplete para que revelaras tus secretos. Gritaste como un poseso hasta desgarrar tu garganta, cuando arrancaron las uñas de tus dedos, cuando aplastaron a patadas tus costillas y fracturaron varias. Cuando mordiste tu lengua, obligado por ellos, para desenterrar tus secretos. Ahora, amigo mío, ya tu cuerpo descansa seguro, podrán darte una buena sepultura, te llorarán tus seres amados, pero tendrán el consuelo que tu cuerpo recibió las atenciones requeridas. Que, si bien la muerte te ha liberado del estuche de tu forma física, ellos saben y sabrán que no desapareciste como tantos, que ellos afortunadamente, tuvieron la oportunidad final de rendirte el tributo de admiración y amor.

Hizo una pausa, recorrió el cadáver con su mirada gris, no había dejado de acariciar tiernamente sus cabellos que ahora lucían peinados y como si recién hubiese salido de la barbería. Llevo sus dedos a los ojos y estos se cerraron suavemente, como si obedecieran a una extraña magia. Tomó la lengua desproporcionada y con mucha calma la fue guiando hasta la cavidad bucal, después cerró cuidadosamente la mandíbula inferior, como quien clausura una caja fuerte donde guarda su tesoro más preciado.

  • Bien amigo, ahora quiero que levantes tu brazo derecho y lo lleves hasta tu cadera, así como cuando estabas niño y los profesores te decían que esa era la postura para rendirle tributo a tu bandera. Ahora la otra, así…así mi amigo. Endereza tu cuerpo, ya no hay dolor en ti, ahora respiras paz… ya sientes la eternidad, no necesitas más este cuerpo, debes volar, pero debes dejarlo en estado presentable, para que tu esposa y tus hijos te puedan contemplar por última vez. Estoy seguro, que no quieres demostrarles cuanto sufriste a la hora de marcharte, eso les causaría más pena y dolor… tú lo sabes.

El forense movió el cadáver, el cual perdió la rigidez de la muerte por un momento y con estudiados movimientos pudo colocarlo en posición horizontal. Ahora Roberto parecía descansar en una actitud inusualmente relajada, hasta una tenue sonrisa parecía flotar en la paz de su rostro.

  • Bien amigo mío, ahora estas presentable para el último acto de tu vida. E hizo una seña a sus asistentes para que se llevaran el cadáver.