20 de mayo de 2022
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¿Donald Trump en caída libre?

8 de junio de 2020
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
8 de junio de 2020

A pesar de su escandaloso encanto el presidente Trump no ha sabido lidiar con los dos mayores retos de su administración: la pandemia y las manifestaciones contra el racismo y la discriminación. Está demostrado que no tiene preparación para manejar semejante país.

Como candidato ofreció “el oro y el moro”. Encarnaba las frustraciones de la gente común y corriente y por eso prometió de todo. Rechazaba el Acuerdo de Asociación Transpacífico asegurando que es un golpe mortal para la industria manufacturera de Estados Unidos; del mismo modo se opuso a los Acuerdos de Libre Comercio. Decía que la causa de la crisis económica se debía a los extranjeros y propuso frenar la migración y construir el muro en la frontera con México; varias veces dijo que iba a deportar a 11 millones de indocumentados, de los cuales la mitad son mexicanos. Aquí encaja la xenofobia; “Estados Unidos se debe aislar para que el país no se llene de violadores, asesinos, narcotraficantes y de gente de otras culturas”. De este modo removió las fibras del racismo agazapado y se entiende el odio contra los afroamericanos y los constantes asesinatos cometidos por policías. Por todo esto, Trump, recibió el apoyo público del Ku Klus Klan, grupo que promueve la supremacía blanca. Para ellos un presidente negro, como Obama, era el símbolo más evidente de la decadencia de Estados Unidos.

En cuanto a la lucha contra el terrorismo propuso bombardear al grupo Estado Islámico hasta que no quedara ninguno vivo. Recordemos que los estadounidenses viven con miedo permanente al terrorismo y postrados por la inseguridad; por eso en el 40% de los hogares existe un arsenal de pistolas, escopetas y rifles, con suficiente munición. Cuando los gobiernos se sienten amenazados responden con mucha violencia y desarrollan las viejas estrategias de liquidar al enemigo, a cualquier precio, lo que produce odios y nuevos contrincantes. Como Trump es una persona impulsiva y temperamental, que reacciona sin medir las consecuencias, hay preocupación por el manejo del arsenal nuclear, pues es el presidente quien autoriza los lanzamientos de misiles. Como consecuencia los musulmanes que viven en Estados Unidos permanecen aterrados, esperando el futuro con espanto.

Por estas razones Trump concentró el 58% del voto blanco; pero a pesar de los insultos contra las mujeres y las minorías, conquistó el 29% del voto hispano, el 8% de los negros y el 42% de las mujeres. Además, hizo moñona porque dividió el país y los republicanos conservaron el control del Senado y la Cámara de Representantes.

Las redes sociales y los medios

Todos recordamos que los medios lo hicieron famoso y, aunque no tenía experiencia como candidato, contribuyeron a divulgar sus mensajes populistas contra la clase dirigente tradicional instalada en Washington, causante de la crisis económica y social; pero también le ayudaron a difundir el fundamentalismo religioso y el patrioterismo, así como la rabia, la indignación y el desespero de los blancos empobrecidos. Los medios se encargaron de exaltar su imagen, popularizaron el estilo para comunicar, el movimiento de las manos, la expresión corporal, las muecas, los gritos y el discurso agresivo. Desde que inició la campaña política salía permanentemente en los medios, y solo invirtió 10 millones de dólares; así llegó a las primarias republicanas.

Fue en este punto cuando los comunicadores se asustaron, porque entendieron que los discursos y mensajes dividían al país y que no estaba capacitado para ser presidente de la nación más poderosa del mundo. Habían creado un monstruo, pero ya era demasiado tarde; los grandes medios lo rechazaron y apoyaron a la candidata demócrata, Hillary Clinton, sin embargo Trump encontró en internet la vía directa para instalarse en el corazón de medio país. Y llegó a la presidencia de Estados Unidos gracias a las redes sociales, donde halló una audiencia ilimitada; entendió que si posteaba un trino desde su cuenta de Twitter o colgaba un video, miles de personas lo replicaban y convertían en tendencia.

Y llegaron los tornados

Empezó a gobernar y aparecieron los problemas. La lluvia de escándalos hizo que Trump perdiera legitimidad, por el “Rusiagate”, por los ataques al tratado de libre comercio con Canadá y México y por la pésima relación con los mandatarios del planeta. En su lucha por “hacer a Estados Unidos Grande de nuevo”, se enfrentó a los líderes de la OTAN y del G-7 y pateó el Acuerdo de París, un largo y difícil proceso de negociaciones multilaterales en la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático. En medio de la soberbia fue perdiendo el liderazgo; a mediados del año 2017 la canciller alemana Ángela Merkel, después de la reunión del G-7, afirmó que Europa “ya no podía contar plenamente con el apoyo de otros”, se mostró decepcionada de Estados Unidos y agregó que en lo que compete a relaciones comerciales prefería mirar primero a China y a Rusia.

Y Trump recordó una de las preguntas que hizo durante la campaña política: ¿Por qué Estados Unidos tiene armas nucleares y no puede hacer uso de ellas? Ya como presidente empezó a mover las fichas en el tablero de la geopolítica. Desarrolló una estrategia internacional que espantó a los líderes del mundo: primero atacó a Siria, después amenazó a Corea del Norte y luego lanzó la “madre de todas las bombas” en Afganistán, dizque para combatir al Estado Islámico, pero en realidad era un mensaje para Rusia y Corea del Norte. En este ambiente prohibió el ingreso de inmigrantes de países musulmanes y reconoció a Jerusalén como capital de Israel. A Trump le gustan los conflictos y desde la campaña política prometió “volver a ganar guerras”.

El conflicto de hoy

Pero la cadena se rompe por el eslabón más débil. El exsecretario de Defensa de Trump, el general James Mattis dijo que el presidente es una amenaza a la Constitución y anotó que “Estamos presenciando las consecuencias de tres años sin un liderazgo maduro. Podemos unirnos sin él aprovechando las fortalezas inherentes a nuestra sociedad civil”. La cuestión es que en este momento crucial el primer mandatario no ha sabido enfrentar la pandemia, ni las protestas desatadas contra la violencia policial, lo que se refleja en la caída de los índices de favorabilidad ante las elecciones de noviembre.

Al pueblo no le gustó que ordenara dispersar una protesta pacífica frente a la Casa Blanca, para una sesión de fotos en una iglesia y con la biblia en la mano, minutos después de sugerir que invocaría la Ley de Insurrección para usar el ejército contra los ciudadanos. En este punto varios exmilitares protestaron contra la posibilidad de semejante medida. Al respecto dijo el general de la marina John Allen que las amenazas de Trump pueden ser “el principio del fin del experimento estadounidense”. Y el exanalista de la CIA, Gail Helt, le dijo al Washington Post que “Esto es lo que hacen los autócratas. Esto es lo que sucede en los países antes de un colapso. Realmente me pone nervioso”. Estas afirmaciones muestran las grietas del sistema en un momento de crisis nacional. Mientras tanto los líderes republicanos miran para otro lado para no provocar la ira de Trump y para no disgustar a los votantes blancos de la clase media.

En conclusión: a la emergencia del coronavirus se suma el alto desempleo y el estallido social por el racismo; el Estado regresó a las protestas y disturbios de 1968 cuando asesinaron a Martin Luther King. La historia se repite, pero la coyuntura de hoy es más complicada porque la nación está dividida y el timonel se llama Donald Trump. La hegemonía se resquebraja.