6 de mayo de 2021
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Desmesura

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
12 de junio de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
12 de junio de 2020

Siempre se tuvo la sensación de que él le había quedado grande a la vida, pues no fueron pocas las veces que su vitalidad daba la impresión de que no cabía en el mundo de los normales. Estaba obligado a ser normal, pero era algo que le causaba demasiadas dificultades, porque todo indicaba que no había nacido para eso. Todo lo que hacía tenía que ser el fruto de esa enorme energía que llevaba metida en el cuerpo y que la hacía constar en todos sus actos. Por eso no fueron pocos los intentos de hacer algo en concreto, pero en todo parecía condenado al fracaso, pues siempre encontraba límites y era lo que más le molestaba. No quería que la libertad pudiera tener linderos. Para él la libertad había que entenderla como algo infinito en la que todos se pudieran mover con la soltura que les diera su existencia. El lo hacía. Siempre lo hizo. No se midió en nada de lo que realizó y fue consciente de que ello le generaba consecuencias, no siempre las mejores. Muchas veces le hicieron creer que no pasaría de ser un fracasado caprichoso más y él por dentro sabía que esas personas carecían de razón, porque no eran capaces de asimilar la razón de la sin razón, que es la más difícil de entender y comprender como que lo normal es que lo confundan con la locura. Y no era loco. Era así. Más de uno se atrevió a llamarlo loco. El lo miraba con esos ojos claros, profundos, expresivos y les hacía entender que el único cuerdo que estaba pisando ese pedazo de tierra en ese momento, era precisamente él.

Vivió como quiso. Exactamente a su manera, como en la tradicional canción americana que ha dado la vuelta al mundo en muchos idiomas, con la misma cadencia y el mismo mensaje de hacer de la vida una obra propia en cada caso. Lo que muchos no se atreven, porque consideran que salirse del molde es perder las oportunidades que los otros les pueden ofrecer. No son muchos los que se atreven a vivir a su manera. Muchos salen avantes, triunfadores, ganadores. Otros tantos no consiguen nada más que desengaños. Y otros apenas son testigos de fracasos estruendosos, cuando carecen de la fuerza suficiente, necesaria, para ser quien se quiere ser sin dependencias de ninguna naturaleza. De pronto en esto reside la fuerza de los que logran la existencia exactamente como ellos la quieren, como la imaginan, como la desean: tienen la fuerza de avanzar aunque les pongan muchos obstáculos.

Si hubiese hecho caso de esos numerosos tropiezos que tuvo en todos lados, con toda seguridad que no habría encontrado la vida que quería, la que necesitaba, la que le gustaba, la que disfrutaba hasta el cansancio, hasta el agotamiento. Quienes le pusieron las talanqueras en cada momento, sintieron el gusto de castigar a un desordenado, indisciplinado, impositivo y agresivo sujeto. Vivieron el éxito de hacer sentir la autoridad, sin detenerse jamás a pensar que podía haber en ese ser humano que vivía como una especie de huracán y pretendía que nadie lo detuviera. Nadie se atrevió a darle la oportunidad de ser lo que ciertamente era. Lo que finalmente consiguió, lo hizo por esa decisión inquebrantable de ser lo que quiso ser.

No nació donde debía haber nacido. Eso no le importó, porque fue él mismo quien determinó de donde era, a que pertenecía, donde quedaría su memoria. Para este genio inquieto, desordenado y desmesurado la vida era lo que se plantaba a cada instante. De pronto fue lo que hizo: plantar muchas vidas, tantas como las que quiso e irse del mundo de los que respiran y hacerse a un lugar especial en la historia, de tal manera que por éstos días le dio por cumplir cien años y los han celebrado sin que él se pueda tomar sus muchos rones blancos tres esquinas, que eran sus compañeros inseparables de todos los días. Celebrando semejante acontecimiento, seremos muchos los que podremos brindar en su honor, en medio de la admiración y el profundo respeto que terminó generando su capacidad creativa.

Nunca vivió para darle gusto a nadie. Vivió para darse gusto él mismo e hizo lo que quiso, para tener el gusto de saber que estaba vivo. Era como si mantuviese un gran afán de demostrarse así mismo que estaba vivo y que era capaz de muchas cosas.

Hijo de una familia con solvencia económica, dedicada a la industria textil, en la que tantos intentos hicieron por asimilarlo, para que fuera el heredero de esa fuerza de capital y la multiplicara. Nunca le interesó. Si aceptó vincularse por un muy breve lapso, fue apenas a manera de escampadero, mientras ponía sus ojos en cualquier parte, en cualquier destino, con tal de hacerlo con sus calidades, con sus condiciones, con sus sueños, que para muchos a veces parecían pesadillas. Para él, nunca lo fueron. Eran sus propias realidades de las que estaba hecho, bien diferentes a las realidades de los demás.

Dando tumbos de un lado a otro, entendió que lo suyo era el arte. La creación. La fuerza de las expresiones propias, diciendo lo que quisiera, sin compromiso con nadie, sin medirse en sus expresiones. Lo que quería decir lo decía y lo tenía sin cuidado lo que pensaran los demás. Trasegó vida, en derroche de juventud y dio muchos pasos que resultaron fracasados, hasta cuando logró hacer lo que se proponía, en lo que primaba su libertad y de pronto su ausencia de orden, aunque nunca de disciplina para el trabajo. Era un trabajador incansable en lo suyo.

Estudió mucho y en muchas partes. No fue capaz de asimilar las metodologías asumidas y pretendía ir mucho más rápido que las propuestas en las que se matriculaba. Un día tomó la decisión de que no se iba a someter más a reglamentos, órdenes, instrucciones, guías y aprendería lo que quería, con sus propios métodos, con sus propios tiempos, con sus propias asimilaciones. No necesitaba de patentes, ni certificaciones, ni de títulos contenidos en cartulinas que se enmarcan en vidrio para colgar de una pared, para que se pongan amarillas y se vuelvan viejas, hasta cuando llegue el olvido y terminen en un tarro de la basura, cuando esos galardones a nadie le interesen. La suerte de todos los títulos y de los galardones: la basura final.

Entendió que sería un artista, creando lo que quisiera y que aprendería de los que ya lo habían sido, pero con escogencias suyas, no de los cánones, de los maestros, de los que enseñan. Se enseñaría él mismo. Sería artista y sería autodidacta. El mundo en el que aprendería estaría en los grandes museos de arte de Europa, en donde se nutrió de quienes usaron el pincel, el óleo y la genialidad para darle a la humanidad un legado que permanece a través de los siglos. Genios que un día fueron y no han dejado de serlo, porque se volvieron inmortales. Pensaba que lo que quería ser era inmortal y que eso lo iba a conseguir con su creatividad, que iría construyendo, puliendo, definiendo con el paso del tiempo.

Un 4 de junio de 1920 llegó al mundo en la ciudad de Barcelona, donde vivió sus primeros 16 años de vida, como un muchacho de clase alta, aconductado, estudiante juicioso y con el futuro definido como industrial textil. Eso era lo que pensaban en su familia. Eso, de pronto era lo que pensaba él mismo, en medio de una vida que transcurría en cauces de normalidad, sin las exuberancias de soles que no cesan, de bullicios que no callan, de fiestas constantes, como si viviera siempre en carnaval. Un día su padre pensó que era “hora de hacer la América”, lió bártulos, empacó sus cosas, sus máquinas, su familia y se fueron a Barranquilla, cuando el muchacho apenas tenía 16 años. Fue llegar a un mundo bien diferente, abierto, certero, claro, de muchas voces en tono alto y entusiasmos desbordados en todos los espacios. Eso era otra cosa.

Uno de sus primeros descubrimientos fue el cigarrillo sin filtro, que estaba empacado en una pequeña cajetilla blanca, en la que en el centro se veía de costado la figura de un indio Pielroja, un cigarrillo negro, áspero, fuerte, que despedía humo blanco y que lo cautivó desde ese día y hasta su muerte. Fue un fumador empedernido del tradicional Pielroja colombiano y lo hizo hasta el último día de su existencia, el 11 de abril de 1992, cuando se fue de entre sus amigos, a los 72 años bien vividos, bien bebidos, bien gozados, bien bailados, bien pintados, bien soñados, bien amados, bien gastados, bien desmesurados. La vida no se le acabó, él acabó con la vida, porque nunca se midió en consecuencias de nada de lo que hizo. No conoció la cautela, porque desde ella se privaba de las emociones que lo mantenían vivo de verdad. Y con el cigarrillo negro sin filtro conoció a otro compañero inseparable de ahí en adelante hasta el final: el ron blanco. No le podía faltar. Con cigarrillo y con ron la vida podía ser lo que fuera, pero era la vida que él quería tener. Y la tuvo de la mejor manera. No le pidió permiso a nadie para ser lo que fue. No lo necesitaba, por demás.

Si se quiere definir la vida del maestro Alejandro Obregón (Alejandro Jesús Obregón Roses), hay que decir que fue una desmesura. No tuvo cálculos para vivir. No hizo cuentas. No vivió para saber que quería tener, sino para saber como quería vivir. Y se la gozó. Se hizo tan barranquillero como cualquier corroncho y se comportó siempre como tal, hasta cuando alguna vez se enamoró de otra linda ciudad morena como es Cartagena y fue la que finalmente escogió para decir de donde era: cartagenero y tomó la decisión de que allí se iba a morir y allí se murió.

Cuando tenía 18 años le transmitió a su padre la decisión de ser aviador. Quería ser piloto, para tener el gusto de volar alto y encontrarse con las nubes y las estrellas. Se fue a Massachusetts y cuando estaba a punto de culminar sus estudios y recibirse como piloto, tuvo un grave enfrentamiento con un profesor, lo que le costó la expulsión de la academia. Se fue a la calle con el gusto de haber confrontado a quien lo provocó y lo quiso someter.

Regresó a Barranquilla, donde su padre ante el fracaso profesional, le ordenó trabajar en la fábrica de textiles de la familia. A los pocos meses entendió que eso no era lo suyo, que todo le aburría y que quería hacer otra cosa donde no estuviera bajo la vigilancia de jefes y especialmente la mirada controladora de su padre. No dudó en irse como conductor de camión de carga pesada, al servicio de una petrolera que explotaba yacimientos en el Catatumbo Fumaba mucho y no le faltaba el ron blanco.

No fue más que un poco menos de un año y decidió regresar al estudio. Se fue a Boston, USA, donde aplicó para ingresar a varias academias de artes plásticas, pero en ninguna de ellas fue admitido, porque todos los examinadores coincidieron en que carecía de talento como pintor. Lo rechazaron. Buscó una escuela de artes que quedaba en un sótano y allí se puso a estudiar. No exigían examen de admisión. Era el Museum Fines Arts School. Apenas duró un semestre. No se acomodó y allí tampoco se acomodaron con él.

Mientras tanto su padre, en Barranquilla, con sus amigos políticos, consiguió que lo nombraran vicecónsul de Colombia en Barcelona, a donde se fue a gozar de ingresos oficiales, poco o ningún trabajo y la posibilidad de estudiar en la Academia Llopta, de donde fue expulsado por problemas con sus docentes. Se vinculó al círculo de artistas y decidió que definitivamente no insistiría en estudios regulares de arte, que aprendería de los grandes maestros del pasado. Se dedicó a recorrer Museos en Europa, parece ser que se le olvidó retirarse del cargo diplomático, por lo que debió terminar su carrera de burócrata con un simple decreto de insubsistencia.

En España lo sedujo el maestro Francisco de Goya y se pasó muchas horas, muchos días, muchas semanas, muchos meses estudiándole en detalle, para el manejo de la luz, de las expresiones, de la profundidad. Luego se detuvo en el maestro Diego Velázquez y de él hizo otro modelo del que asimiló demasiado. Vendría luego el conocimiento detallado de Pablo Picasso y de Rembrandt, el holandés, de quien tanto hablaba con sus amigos pintores. Comenzó a pintar, sin desconocer las influencias de los maestros analizados y logró realizar varias exposiciones, en las que fue bien calificado, deseándole buen futuro, pero sin prever la grandeza que alcanzaría.

En 1944 regresó a Bogotá y tuvo contacto con el mundo de las artes, con la bohemia de los grandes poetas y permaneció allí hasta 1949, habiendo sido testigo de lo sucedido el 9 de abril de 1948, con esa terrible violencia que se quedaría en su memoria y su genio para plasmarla en la más conocida de sus obras “La violencia”, un cuadro de no muy grandes dimensiones, en la que se patentiza el odio, la locura, la ausencia de control razonable del ser humano, con el que ganó el XIV Salón de Artistas Nacionales en 1963. Volvió entonces a Barranquilla, para quedarse por un breve tiempo, pues de allí iría a París, donde permaneció hasta 1954, aprendiendo mucho y viéndose con sus amigos barranquilleros, como Gabriel García Márquez, quien fue enviado como corresponsal a Europa y allí lo sorprendió el cierre de su periódico El Espectador, dejándolo sin pago, varado, metido en una buhardilla que le facilitaron por solidaridad humana, donde escribió su mejor novela “El coronel no tiene quien le escriba”, y en donde Obregón alguna vez le pidió alojamiento por una noche. García Márquez le dijo que llegara y que como el timbre estaba dañado, tomara una pequeña piedra y la lanzara a la ventana, para oírlo y abrirle. Llegó más arriba de la media noche, pasado de tragos y cerca de donde vivía el escritor había una construcción. Obregón no dudó en tomar un ladrillo y lanzarlo por la ventana. Cuando García Márquez le abrió estaba llena la cabeza de vidrios. Se los ayudó a sacudir, se acostó en un colchón en el suelo y se quedó dormido como si nada.

La amistad con el escritor de Aracataca fue sólida y el producto de su participación en el Grupo de Barranquilla, bajo la égida de Alfonso Fuenmayor y en el que en el bar La Cueva, se reunía una pléyade de genios como ellos dos, Álvaro Cepeda Zamudio, Figurita, Germán Vargas Cantillo, Rafael Escalona y otros que se gozaron la existencia, se la bebieron y supieron que era la vida en medio de la plena libertad.

Cuando en 1982 le otorgaron el Premio Nobel de Literatura a García Márquez, Alejandro Obregón estaba en ciudad de México y sin avisarle a la familia, se fue a donde vivían con el fin de que lo invitaran a almorzar. Cuando iba llegando con unas flores en la mano para Mercedes Barcha, se encontró con una gran cantidad de gente en la entrada del lugar y pensó para sí: ”Mierda, se murió Gabito y se me jodió el almuerzo…” Preguntó y le contaron y siguió adelante y en lugar de entregarle las flores a Mercedes se las dio a su amigo Gabriel, con el abrazo más fuerte que pudo recibir ese día.

En 1966 tomo al decisión de irse a vivir a Cartagena, donde se quedó por siempre y se nutrió de ese paisaje hermoso y atrevido que tiene el mar caribe, del que tomó sus barracudas, que junto con los toros y los cóndores hicieron de su pintura una manera distintiva de conocerlo. La fuerza del color, la profundidad de su expresión, la rabia que le imprimía a todo lo que pintaba quedaron en su obra, que nunca se preocupó de comercializar, pues no era ese su objetivo. Pintaba porque quería pintar y porque encontró el estilo y la forma de hacerlo de tal manera que llegó a convertirse en el más grande pintor colombiano de todos los tiempos.

Alguna vez en un Restaurante de El Rodadero, en Santa Marta, , llevaba tres días bebiendo con sus amigos, quienes se iban yendo a casa en la medida en que no aguantaban mas alcohol. El dueño del establecimiento se acercó al maestro y le dijo que arreglaran la cuenta. Obregón le dijo: “Eche, esos maricas no arreglaron contigo? Pues me dejaron a mi que estoy pelado. Pero yo te pago. Manda a traer pinturas y pinceles y te hago un cuadro en esta pared que te valorice esto por siempre”. Y así fue.

Cuando Cartagena se aprestaba a celebrar los 450 años de fundación, siendo Presidente Belisario Betancur y Gobernador de Bolívar, el gran amigo de Obregón, como que entre ellos siempre se llamaron cómplices, Rafael Rodríguez Puente, cuando quiso pensar en el diseño del afiche conmemorativo, le hizo el encargo al maestro. Le dijo que en poco tiempo se lo entregaría. Fueron muchas visitas de funcionarios públicos para indagar por el cuadro, yendo a cada momento, a pie, pues el pintor vivía a tres cuadras del Palacio de gobierno. Siempre les decía que ya casi estaba, pero no mostraba nada. Un día le mostró el cuadro a una funcionaria y a esta le gustó mucho, pero le impactó negativamente el mensaje escrito: “Lo mejor que puedes hacer por Cartagena, es no venir”. Un mensaje negativo, no atraía a nadie. El Gobernador llamó al Presidente. Faltaban pocos días para la celebración. Betancur llamó al pintor, de quien era gran amigo y le pidió que modificase un poco el mensaje. No fue fácil, porque “No joda, Presidente, es que los cacahacos cuando vienen se cagan la ciudad”. Finalmente lo modificó y fue: “Démosle más que amor a Cartagena”. A todos les gustó, menos a él.

La vida al lado de todos apenas le duró 72 años, pero eso no importa en lo más mínimo. Cuando llega a sus cien años de nacido todos tenemos memoria de él y lo llevamos metido entre los símbolos eternos de un país que lo ha vivido todo y que en Alejandro Obregón ha tenido a su mejor retratista. La pintura de Obregón duele profundamente porque retrata una sociedad indolente y violenta y él la dibujó con su desmesura, la que lo hizo grande.