23 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Cuento de Fabio Vélez Correa

7 de junio de 2020
7 de junio de 2020

(Risaralda, 1947). Ensayista, cuentista e historiador. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas. Miembro de Número de la Academia Caldense de Historia y director de su revista Impronta.

Obras. Se destacan: Mitos, Espantos y Leyendas de Caldas (1997; Segunda edición ampliada y corregida, 2007). El Fuego, Mitos, Leyendas y Tradiciones (2001). Diccionario de las Criaturas Míticas del Agua (2004). La Colina del Viento. De San Joaquín a Risaralda… (Edición de la Academia Caldense de Historia y la Secretaría de Cultura de Caldas, Manigraf, 2009). El legado de Caín (Ensayo, 2010). Exaltación de la Palabra. En torno a Roberto Vélez Correa (2013). Ecos del Ayer. La Colina del Viento en Anécdotas (Coautor con Germán Ocampo Correa, 2013). Y Diccionario de Autores Caldenses. Una apuesta por la identidad, edición de lujo con diseño integral y fotografías de Jorge Hernán Arango Vélez (Gobernación de Caldas – Academia Caldense de Historia, Panamericana, 2014).

Premio Granada de la Cultura 2012 ¡Excelencia de lo Nuestro!, Categoría Literatura, organizado por la Secretaria de Cultura de Caldas, Elizabeth López Ríos y fallado por el poeta Juan Manuel Roca. Entregado en Noche de Gala, el jueves 13 de diciembre en el Teatro Los Fundadores.

PESCA MALOGRADA

Los chiquillos chapoteaban alegremente en las aguas del mar, a un costado de la lancha “Alcatraz 1”.

Eran cuatro infantes de raza negra, vestidos con sendos pantalones recortados a la altura de la parte media de sus muslos, a manera de pantalonetas.

De vez en cuando, de sus labios gordezuelos y amoratados, se escapaba una expresión:

—A mi monedas, a mi monedas.

Los turistas tomaban monedas y las arrojaban al mar; inmediatamente los nadadores se sumergían en acrobáticas cabriolas, para aparecer luego con el dinero rescatado, el cual iba a depositarse dentro de la boca, al lado de una de las mejillas, que aparecían abultadas por  las monedas recogidas.

Y se volvía a repetir la misma escena, común y llamativa, de la playa arenosa de Bocachica.

***

Tomasito, el pequeño nadador de cabellos más lacios y achocolatados que los de sus amigos, seguía concentrado el caer de las monedas al agua, listo para sumergirse expertamente en pos de ellas tratando de ganarles la delantera.

Tenía que hacerlo así.

El precario sustento de su familia dependía de lo que él lograra conseguir y todo por el desgraciado accidente que sufriera su padre en las cercanías del fuerte de San José, cuando yendo con Mateo de pesca, una fuerte ola volteó su frágil canoa, con tan mala suerte que cayó contra una boya, golpeándose fuertemente el cráneo y librándose de perecer gracias a la oportuna intervención de su amigo. Y ahora, él permanecía convaleciente en casa.

Afortunadamente ya había recaudado varias monedas de peso y de dos, ¿ah?, y creyó haber visto una de medio dólar.

Las monedas seguían cayendo. Los chiquillos daban muestra de gran agilidad en el nado submarino. Y los turistas eran felices con este espectáculo inusitado.

***

La lancha gasolinera pasó rauda por las cercanías de la “Alcatraz 1”.

Su conductor se entretuvo un instante, mientras tomaba un trago de whisky, directamente de la botella.

Y entonces ocurrió.

Se escuchó un grito de dolor proveniente del lugar donde chapoteaban los chiquillos. Una espesa mancha de sangre que se fue diluyendo en el agua, apareció sobre la superficie del mar. Y Tomasito, manoteando débilmente, se sumergió.

De inmediato, sus compañeros acudieron al rescate, logrando sacarle a flote.

Una gran herida se abría en uno de sus muslos, sangrando sin detenerse.

El propietario de la lancha se percató del accidente y presto se dirigió hacia los niños. Cogió a Tomasito, le organizó un rudimentario torniquete y comprendiendo que el caso era de vida o muerte, emprendió el viaje a Cartagena, rompiendo las olas en minúsculos copos de espuma que producían matices iridiscentes ante los fuertes rayos del sol.

***

Aquella tarde Tomasito no pudo llevar a sus padres el producto de la “pesca” submarina de monedas. Un burdo accidente la había malogrado.