7 de mayo de 2021
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Bernardo Ramírez Granada escritor de un solo libro

22 de junio de 2020
Por Óscar Jiménez Leal
Por Óscar Jiménez Leal
22 de junio de 2020

Nacido en Armenia cuando era la tercera ciudad de Caldas. Maestro normalista, doctor en Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, escasa dualidad de saberes que le permitió apropiarse de una gran cultura humanística alimentada por su devota afición a la lectura,  la  cual fluía en sus discursos de  orador elocuente y se traducía en sus crónicas donde reflejaba, con la fidelidad de un espejo,  los usos y costumbres de  la época.

Cronista de selectos recursos literarios, de quien en alguna oportunidad el escritor y crítico greco-boyacense Gustavo Páez Escobar dijo: “Ramírez Granada, que maneja una prosa erudita y refinada, es profundo conocedor de la vida comarcana y ha logrado recuperar episodios y revivir personajes pintorescos que suelen esfumarse con el paso del tiempo. Como cronista atento a la vida de su pueblo, no solo relata los sucesos que han circulado a su alrededor sino que investiga los que se escapan a su conocimiento, y lo hace en castellano florido e ingenioso. Es fiel historiador de la ciudad, labor difícil y ponderable”.

Sus escritos fueron publicados en periódicos y emisoras de la ciudad para ser compiladas luego en su libro Crónicas de Dionisio, editado por la Biblioteca de Autores Quindianos.

Esa sola publicación bastó para ingresar a la selecta pléyade de quienes cosecharon la fama con una sola obra publicada, tales como Francois Rebelais con Gargantúa y Pantagruel; Margaret Michell con Lo que el viento se llevó; Arthur Golden el autor de Memorias de una geisha; Emily Brontë de Cumbres Borrascosas o Harper Lee con Matar un Ruiseñor, muchas de las cuales merecieron la consagración cinematográfica.

Maestro en Quimbaya, profesor y Rector del Colegio Rufino J. Cuervo de Armenia, miembro fundador de la Academia de Historia del Quindío, fundador y primer Rector de la Universidad del Quindío, como merecido homenaje, el Paraninfo de la Universidad lleva su ilustre nombre. Secretario de Educación Departamental por varios años. Dejó su impronta luminosa en cuantas instituciones conforman la idiosincrasia de Armenia y del Quindío.

Se destacaba con singular brillo en el arte de la improvisación y el repentismo, ya que poseía el don de la ironía y un intenso sentido del humor. Pariente por consanguinidad del dirigente conservador Luis Granada Mejía, Senador de la República, sin cuya voluntad no se movía una hoja burocrática en el árbol de la hegemonía conservadora de Caldas y  Ramírez Granada quien por entonces fungía como director del Diario del Quindío, situado en la orilla opuesta del bipartidismo, cuando los partidos competían en recíproco y desafortunado sectarismo, escribió un editorial explicando que no había aceptado ser magistrado del Tribunal Administrativo de Caldas elegido por el Honorable Consejo de Estado, porque temía las consecuencias de no haber obtenido previamente la anuencia y permiso del jefe conservador. Percatado del ofensivo comentario, el Senador se dirigió al periódico a reclamarle a su pariente en forma airada, a lo cual éste respondió: “Mi querido Luis, te aconsejo que no te metas conmigo, porque yo por lo Ramírez soy el primer caballero de Colombia pero por lo Granada soy el más malnacido del mundo”. No tuvo otra alternativa el jefe conservador que soltar una sonora carcajada y trenzarse en un fraternal abrazo con su primo.

Más tarde siendo Jefe de Educación del Quindío encontró en la antesala de su despacho a un ciudadano que solicitaba un nombramiento como maestro en cualquier escuela del departamento. Ramírez Granada le respondió que no podía nombrar maestro a una persona que no sabía leer. “Cómo así, yo sé leer doctor”, inquirió el aspirante. No ve entonces ese aviso grandotote que dice: NO HAY VACANTES, y aquél respondió: “No doctor, es para cuando haya una vacante”. Ah, eso es otra cosa. Días después volvió el mismo ciudadano con la noticia de haberse presentado una vacante pues la maestra de la vereda Puente Tabla se había ahogado en el río. “Llegaste tarde porque ya nombraron al que la empujó”, respondió al instante.

En otra ocasión, transitaba por una calle de gancho de su esposa Mercedes Arango, matrimonio el cual no hubo descendencia, y en esas un lotero conocido le ofreció un billete de la lotería del Quindío y como el profesor Ramírez le dijera que no le alcanzaban sus fondos para comprarlo, el lotero le sugirió que hiciera “una vaca” con su esposa para ello, a lo que inmediatamente respondió: “No hemos sido capaces de hacer un hijo, mucho menos lo somos para hacer una vaca”.

Yo mismo fui víctima de su elocuente ironía, cuando alguna vez llegó al despacho de la Alcaldía una distinguida comisión de directivas, profesoras y padres de familia del Instituto Calarcá, el Colegio Oficial  de señoritas,  para solicitar  mi intervención  ante el gobierno departamental  con el fin de impedir el traslado al municipio de Córdoba, Quindío,  de la profesora de matemáticas Licenciada Emiliana Taborda, a quien yo conocía por su excelencia académica  y su especial vocación pedagógica, razón  por la cual  no vacilé en llamar al Gobernador Ancízar López quien no estaba enterado del asunto pero me puso al teléfono al Secretario respectivo que se hallaba reunido con él. Al explicarle el motivo de mi preocupación me respondió que esa profesora era hermana de Domingo Taborda, un líder sindical enemigo del gobierno. Ante lo cual hube de manifestar que bien sabíamos que las responsabilidades eran individuales y que la profesora no tenía por qué responder por los actos de su hermano. A esa altura de la gestión me comunicaron entonces con el Jefe de la cartera de Educación el doctor Bernardo Ramírez Granada, quien me atendió con su amabilidad característica: “¿En qué te puedo servir mi estimado Alcalde? Fue su saludo.  A renglón seguido le solicité con el respeto debido la revocatoria del traslado para impedir que la ciudad perdiera una magnífica profesora de matemáticas. No es posible distinguido Alcalde, porque al municipio de Córdoba también le asiste el legítimo derecho de tener excelentes profesores, sentenció.

Bogotá 22 de junio, año de la cuarentena.