22 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Yo, Mané Garrincha

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
17 de mayo de 2020
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
17 de mayo de 2020

Por culpa del bicho aquel estamos sin fútbol de verdad-verdad. Hay fútbol pero de archivo, sacado del cuarto de san Alejo o del reblujo. Carece del encanto del resultado desconocido. Como del ahogado el sombrero hay grandes figuras para recordar. Como Garrincha, brasileño como mi nieta Sofía.od. 

Hola, pueblo, desde esta monótona eternidad sin fútbol reciban mi cordial saludo.

Algo de historia: Nací  hace 87 años y monedas en Pau Grande  un pueblo situado a 200 kilómetros del Botafogo de Río. Jugábamos para nadie, nos acompañaba la tribuna vacía. O de pronto habitada por   papá o mamá o los amigos de la cuadra. O nos seguían garotas que después nos brindarían sus mieles en algún rastrojo. Nadie soñaba con la gloria. La coqueta gloria nos la podían dar en goles.

Los “anticristos de la calle”, como nos decían a los muchachos, jugábamos con balones proletarios, de trapo, o hechos con periódicos de ayer, amarrados con pita, para que no se desperdigaran nuestro fútbol, arte con los pies. Los sofisticados balones de hoy son un tanto afeminados: tienen de todo, les falta sauna, manicurista, conexión a internet para porno.

Pensando en gente como yo, sospecho que Passolini escribió  que “el goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año”. Javier Marías, escritor y académico español,  dice que “el fútbol es la recuperación semanal de la infancia”.  Miente el tío Javi: es la recuperación diaria.

Aprendí a hacer goles y a amar, en ese desorden. Desde entonces supe que “el amor es eterno mientras dura”, como escribió mi paisano Vinicius de Moraes . Lo supe por las garotas a las que hice felices e infelices al mismo tiempo. Es el extraño tributo que hay que pagar por amar sin medida.

A veces lo siento por Iraci, mi primera dama, y por Elsa Soares, la última. “Aunque el último amor siempre es el primero”, decía un malandro enamorado de la calle donde siempre ha sucedido todo. Tengo claro que la calle es el mejor cuarto de la casa.

Vinicius también me  dedicó un soneto: El ángel de las piernas tortas. (traducción, al final). Sí, afortunadamente, nací con las piernas  desobedientes: que la una para acá, que la otra para allá; que la derecha seis centímetros más corta que la izquierda. Todo  gracias a una madrugadora poliomielitis.

Como venía con el chip para jugar exquisito fútbol, convertí la poliomielitis en fútbol. De ambas piernas me serví para mi oficio.

Muchos ven algo de Chaplin en mi forma de interpretar ese deporte. Lo mío era samba con balón.

Cuando sigo el fútbol desde mi hábitat entre las estrellas, evoco la fugaz inmortalidad que nos depara el gol. Yo los hice durante 19 años en equipos de mi país, y en el Júnior, de Barranquilla, adonde fui a dar cuando mi fútbol empezó a volverse noche.

Los futbolistas nos suicidamos, o nos suicidan  en primavera. Tenemos escasa vida útil.  El olvido está a la vuelta de la esquina. Lo entendemos al final de la travesía. Lástima.

Los de mi generación casi ni aprendimos a leer. Preferíamos vivir y practicar el “jogo bonito”. No supimos lidiar la fugaz fama convertida en dinero. Los tiempos cambian, claro está, para bien. Lo digo yo que me jacto de haber buscado primero la felicidad para mí. La caridad entra por casa. Luego divertí a mi pueblo. “Jugaba como quien cultiva orquídeas”, dijo un paisano (¿Nelson Rodrigues?) hablando de mí. ¡Qué cronista, pareceros!

Siempre creí que el dinero no hace la felicidad, pero ¡cuánto ayuda! Es mejor ser rico que ser pobre, como dicen que decía un boxeador caribe. Pero no lloremos sobre la leche derramada.

Los colegas que nos dieron el codazo generacional sí saben de negocios. Han convertido el fútbol en una máquina de hacer plata. Al lado de compañeros de rumba y mujeres de viento, sacadas de la pasarela, tienen asesores económicos políglotas, fugados de Harvard. Los que me han sucedido en el campo de juego se defienden  lo mismo en la mesa, el spa, el turco, la junta de negocios, que en el campo de juego.

Que lo disfruten. Se lo merecen. Ellos, como yo, somos payasos que tenemos el encargo de distraer a los hinchas.

Aprovechándose de mi nobleza  me obligaban a firmar contratos en blanco como mi primer gran empleador, el Botafogo. ¡Cristo Redentor de Corcovado si me explotaron! Por esa y otras razones que solo a mí conciernen llegué escaso de metal al final de la jornada.

Y ciego, convertido en Borges del gol. Lo que no deja de ser una ironía, porque el gaucho memorioso, pocón de fútbol. Detestaba los deportes porque suponían ganador y perdedor.

En la película “Garrincha, estrella solitaria”, de Milton Alencar Jr., privilegian este aspecto de mi vida, privado de la luz. La película que a veces es documental,  me pareció bella, a pesar de que  la crítica no ha sido benévola. Hay más leyenda que realidad, pero así fue mi vida. A veces ni yo mismo sabía si estaba viviendo mi propia irrealidad. Gajes del oficio de ser Garrincha.

Me parece que a la película le hizo falta público. Y mejores teatros. Mis agradecimientos a André Goncalves, quien me encarnó en la cinta. ¡Qué garotas te tocó llevar a la cama en la película, viejo!

Antes se hablaba de pan y circo. El circo de ahora lo ponemos los futbolistas. Menos mal la torta económica está mejor repartida. No en todas partes, por supuesto. Los de abajo siguen siendo los de abajo. Los Garrinchas.

Messi, Ronaldo, Neymar, la nueva joya de la corona brasileña,  ganan y gastan. Pero no se enloquecen con el billete. Y hacen bien. Me quedo con mi paisano Neymar,  quien juega con la alegría, las ganas  y la picardía que exhibía yo en  Pau Grande. Lo critican porque abandonó el Barcelona. Pero que querían si estamos en pleno capitalismo salvaje: estamos a merced del mejor postor, una palabra coquetamente próxima a impostor. Y no estoy sugiriendo un carajo.

La nueva generación, a pesar del dinero que se mueve,  también hizo su master en los potreros. Tienen mucho de garrincha, el pájaro pobre y veloz que me prestó su nombre y en el cual reencarnaba cada vez que hacía un gol, fuera en Pau Grande, en Suecia o en Santiago, donde fuimos campeones del mundo.

Al final de mis cincuenta años me goleó el alcoholismo. No pude resistir su dribling endiablado. Lo digo yo que enloquecía a mis marcadores con mi prestidigitación. Gallego, mi marcador cuando enfrentamos a Millonarios, en Bogotá, todavía me está buscando.

Como se lo dije a manera de epitafio a Cepeda Samudio, un periodista barranquillero, cuya lectura recomiendo: “Yo viví la vida, la vida no me vivió a mi”. Con el gorrión de París, Edith Piaf – Garrincha de la voz-  aprendí que “uno tiene que merecerse la muerte”.

Pensando en nosotros, creo, otro paisano, Geraldino Brasil, escribió: “Las personas no mueren, quedan encantadas”. En fin, hice mi tarea. Ahí les dejo la menina, como le decimos al balón en Brasil. Y gracias por las felicitaciones, escasas, que me llegan en mi cumpleaños, el 28 de octubre. Somos el olvido que no queremos y perdón pero me parece que estoy plagiandoa alguien… (Este perfil ha sido actualizado).

EL SONETO A GARRINCHA 

El ángel de las piernas torcidas 

Vinicius de Moraes

(Traducción de Ricardo Bada) 

A un pase de Didí Garrincha avanza

con el cuero a los pies, el ojo atento,

dribla uno, dribla dos, después descansa

como midiendo el riesgo del momento.

 

Tiene el presentimiento y va y se lanza

más rápido que el propio pensamiento,

dribla otra vez, un-dos, la bola mansa,

feliz entre sus pies, ¡un pie de viento!

 

En su trance la multitud contrita,

en un acto mortal se yergue, y grita

un unísono canto de esperanza.

 

Garrincha, el ángel, atiende y oye ¡Goooooool!

Es pura imagen: G que chuta una O

dentro de un arco en L: ¡es pura danza!