8 de mayo de 2021
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Un rastrillo para la guerra

29 de mayo de 2020
Por Jorge Meléndez Sánchez
Por Jorge Meléndez Sánchez
29 de mayo de 2020

El tema de la guerra de 1885, no tiene una bibliografía muy amplia. Se reconoce la importancia, pero la referencia a ella, adolece de síntesis ligera, de muy poco penetración en su contenido. Quizá lo más citado, sea el evento conocido como Batalla de la Humareda, batalla considerada por Núñez como definitiva, para el entierro de la Constitución de Rionegro.

Así es que, cuando encontramos una investigación al respecto, nos llama la atención. Ese fue el caso del trabajo publicado por el historiador Gonzalo España, titulado “La guerra civil de 1885, Núñez y la derrota del radicalismo”. Por su trayectoria intelectual y política, pensamos en un buen aporte al respecto.

El libro está dividido en tres partes básicas. La primera, analiza el régimen del radicalismo y lo somete a un exhaustivo juicio, reconociendo los aportes importantes frente al control conservador de la Iglesia y de la sociedad. La segunda, muestra los eventos en donde participó el Ejército Nacional y los ejércitos rebeldes. La tercera, muestra la etapa final de la movilización de dicha guerra. Se trata de un análisis que contempla el desarrollo de dicha guerra, en un mapa amplio del país de ese momento, y minimiza un poco la participación del Oriente Colombiano; al final, los eventos de la costa Atlántica son presentados en forma ágil y objetiva.

Se trata de un buen trabajo, estructurado por la visión adecuada del desarrollo socioeconómico y político, para resaltar lo que considera equivocación de los radicales y el oportunismo reaccionario de Rafael Núñez. Como buen economista, el autor presenta una ágil evaluación del proceso de la agro-exportación y de la minería, para señalar equivocaciones y para advertir que los traumas internos recibieron mucha influencia de los ciclos y crisis de las exportaciones. El romanticismo radical abrió brechas a la tradición colonial y desembocó en una situación crítica, por divisiones política internas del liberalismo; la división liberal alimentó las aspiraciones de Núñez para un relevo constitucional.

El autor reorganiza la información sobre el desarrollo de la política radical y logra precisar aspectos sustanciales de la evolución política, en donde se aprecia la aquiescencia de Núñez con el proyecto conservador. Los llamados liberales independientes, a los cuales pertenecía Núñez, y la cercanía con Miguel Antonio Caro, promueven un movimiento reformador que, podríamos decir, ata los extremos. Caro, con su Partido Católico y Núñez, con su desafío, son disidentes de sus partidos, pero, lo inesperado es la coincidencia de propuestas para la reforma del régimen radical.

Algo extraño empieza a producirse desde el Palacio Presidencial. Núñez citó en septiembre de 1884 al General Leonardo Canal, veterano del conservatismo, en forma secreta, “secreto de Estado”, dirán algunos, y le plantea proceder a organizar el ejército de reserva; esto debido a que, institucionalmente, la Guardia Nacional era el ejército autorizado. El rápido inventario, inscribe a los Generales Briceño, Casablanca y Calderón, Quintero Calderón y Marceliano Vélez y, para diciembre, tiene acuartelados unos “tres mil setecientos setenta y cinco hombres” y ahí sí, como dicen, faltando datos de otros municipios; para enero 6 del 85, son incorporados a la Guardia Nacional.

Este procedimiento novedoso, respondía a los amagos que, desde el oriente, venían haciendo los oposicionistas del General Wilches en Santander. Un argumento con suficiente paciencia, mientras se precipita la guerra y la presenta como una trampa con suficiente preparación; fuera de esto, Núñez envía misiva a todas las regiones, con miras al reclutamiento de ocho mil soldados. Un erario público con muchos problemas y una sociedad afectada por la caída de los precios del café, se prepara para un gasto acelerado donde, como se dice aun hoy, los gananciosos son pocos.

La guerra, realmente no se inicia por los lados del oriente del país, sino desde el centro, donde la osadía del General Ricardo Gaitán Obeso, crea “hechos” en Guaduas, sin recibir reprensión, y luego desciende por el antiguo camino del Rionegro, para llegar a Honda, y, desde allí, secuestrar fondos y embarcaciones, con las cuales recorre el río hasta llegar a Barranquilla. La bandera de Gaitán era contra el Gobernador de Cundinamarca, General Aldana, supuestamente enfrentado a Núñez, al igual que Wilches en Santander. En estos comienzos, la guerra es imprecisa en sus bandos, porque los gobiernos regionales y los mismos partidarios, no se muestran con claridad, pero, está andando.

El Historiador España, realiza una adecuada síntesis de las operaciones que, desde Popayán, inicia el General Payán, sus operaciones frente a un desertor de la Guardia Nacional llegado de Panamá, a quien bate en el Norte del Valle del Cauca, y empalma con las fuerzas que Briceño y Ulloa tienen en la vecindades de Manizales, para luego entregarles el mando y hacer una sola fuerza con Antioquia. Organizados los ejércitos, aparece en escena un empresario y comerciante, Rafael Reyes, ascendido a General rápidamente, a quien ordenan tomar la ruta de Panamá, para dirigirse, después, a la defensa de Cartagena. Empieza, como dice el argot militar, una operación rastrillo desde el Estado del Cauca.

La cita del gobierno en Cartagena, coincide con el improvisado proyecto de Gaitán Obeso. Ambos van con la misma intención de guerrear. Factores extraordinarios debilitan a los liberales con la aparición de unidades de la armada norteamericana, quienes se justifican con la pretensión de tomar preso a un tal Prestán, a quien sindican del incendio de Colón. Al no aceptar Gaitán la solicitud de entregarle al señalado personaje, aumentan la intervención en la Bahía, para entorpecer cualquier maniobra de las pocas embarcaciones liberales, y hasta llegan a desembarcar, con el argumento de defender a los nacionales norteamericanos.

El intento liberal de tomar Cartagena, resultó un estruendoso fracaso y, en la retirada, llegan otras tropas liberales, pero, la amenaza de la llegada de los conservadores Briceño y Ulloa, desconcierta a los Generales liberales, que terminan recriminándose valor y estrategia. Los choques de las tropas son ligeros y nada dicen, hasta que el General Sergio Camargo plantea propuesta de paz, la cual, implica rendición. En medio de la discusión, resuelven tomar inusitado rumbo al interior y caen en la celada que se conoce como La Humareda, donde el General Quintero Calderón, logra desmantelar los reductos del ejército liberal, a quien la pérdida de lo más granado de la juventud radical, deja el amargo sabor de la derrota, y el vencedor considera que debe dejar el terreno, sin rematar los sobrevivientes; el testimonio de Foción Soto en sus Memorias, resalta las condiciones de estas operaciones militares y será objeto de otra crónica.

Esta guerra “programada” desde el gobierno, tiene en este libro detalles que, si bien no los resalta en forma definitiva, llaman poderosamente la atención. Uno es que se trató de una guerra, donde el mapa del país estaba bien claro, para darles a los protagonistas unos puntos estratégicos, que facilitarán la derrota de los radicales, al paso de una operación rastrillo; misterios del tiempo, diríamos. Otra cosa es la mención a la intervención norteamericana, la cual no se limitó a mostrar sus navíos, sino que, algunos oficiales, estaban al servicio de la Guardia Nacional, como un tal Morgan, responsable, en la primera etapa, de transportar armamento desde Tunja a Bogotá. De este asunto poco se habla en otros trabajos históricos.

La estrategia del rastrillo, contiene una acumulación de fuerzas, con destino preciso, la costa Atlántica; tiene un desertor de la Guardia, encargado de ilusionar reclutas liberales y llevarlos a una estúpida derrota, mediante la cual se amplía la mirada sobre la costa, por la vía de Panamá. Para la limpieza del territorio, se tienen pequeñas escaramuzas en el Alto Magdalena, sin mayor proyección; el gobierno no exagera la vigilancia del río Magdalena, y permite la “movilidad” de Gaitán Obeso, cuando lo crea oportuno; los veteranos Briceño y Ulloa llevan rumbo preciso, saben que allá están citados. Por su parte, Núñez ha expresado en otro momento, que el león disponible, no lo dice este libro de Malcom, es el General Quintero Calderón; muchos llegaron a decir que exageraba pero, vista la operación, es Quintero quien se encargó de remachar a los rebeldes, sin grandes problemas.

Una guerra salida del mismo Palacio Presidencial, con fondos extraordinarios, no solo los que no sabemos de dónde salieron, y los demás, los de multas a opositores, lo frecuente, facilitaron el reclutamiento general. Los rebeldes liberales, algo prudentes unos, y los más, desconocedores de las tácticas guerreras, mostró el desequilibrio que desató la locura, el suicidio. Una guerra ganada con todas las lógicas de la victoria y suficiente toreo a los “contendientes”.

Quedaría por indagar más, sobre la presencia norteamericana, la cual, para nada, ha sido motivo de investigación por historiadores institucionalizados. Bien cabe preguntar si lo que se conoce como Destino Manifiesto, o sea, la injerencia definitiva al sur de Rio Grande, o si es la Doctrina Monroe la que se desarrollaba, normalmente, en toda América Latina. Si bien, el antinorteamericanismo como tal resulta anacrónico, valdría la pena que los historiadores del futuro, ampliaran algo más sobre esta situación, aunque de antemano, es difícil penetrar en esos secretos de Estado, que la voz profética de Hegel advirtió como el fin de la historia, al resaltar el triunfo napoleónico en su misma tierra.