18 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Un hermoso árbol…

27 de mayo de 2020
Por carlos alberto valencia
Por carlos alberto valencia
27 de mayo de 2020

Tengo un viejo automóvil con más de 16 años de servicio.  Claro que requiere de muchos cuidados automovilísticos, sus visitas al taller de mecánica son frecuentes, pero se mantiene (o lo mantengo) en buenas condiciones de funcionamiento.  No me puedo dar el lujo, no tengo dinero, para cambiarlo por otro último modelo, más debo agradecerle los buenos ratos, viajes y sensaciones agradables que he vivido cuando lo conduzco, dentro y fuera de la ciudad, solo o acompañado de mi familia.

Inmediatamente que lo compré le hice instalar un buen equipo de sonido marca Pioneer, algo muy necesario en mi vida cotidiana, porque no puedo vivir sin escuchar la música que me gusta.  He pasado momentos inolvidables dentro de mi automóvil escuchando música, soñando, observando personas, animales y paisajes que me han reconfortado en la vida.  Son esos placeres sencillos, para mí,  que no cambiaría por gustos más refinados, pero demasiado exigentes.   Estos significan calma, meditación, suave encuentro con mis vivencias y con lo que me rodea.

Luego de hacer uno de esos frecuentes mandados caseros al supermercado, solo y con los paquetes de galletas, lechugas, leche, panes y servilletas, decidí darme unas pequeñísimas vacaciones hacia el oriente de mi ciudad, en un sitio agreste en donde desaparecen las edificaciones de concreto y empieza el campo ingenuo, verde, invitante con pocos valles y altas montañas.  Todo un escenario para el alma, sin que nadie interrumpa ni mi pequeña soledad ni el gusto por las melodías que alimentan mi alma: piano, saxofón, contrabajo y una muy discreta batería.  Eso se llama vivir contemplando la eglógica belleza del paisaje y por ello no hay que pagar ni un solo centavo.

Estacioné mi vehículo frente a un hermoso árbol, a la vera del camino, árbol que no tapa el paisaje, sino que lo adorna con su añoso tronco, sus largas ramas y su exuberante follaje.  ¡¡ Qué espectáculo tan hermoso¡!  ¿Cuántos años llevará ese árbol en el mismo sitio, desde que estaba chiquito hasta ahora que su presencia infunde respeto y admiración?  Los árboles no cambian de sitio, por lo tanto son guardianes y adorno del paisaje.

Me pregunto cuántos romances ha presenciado en su larga vida; cuántas historias habrá oído contar bajo sus ramas; cuántas maldades se habrán tramado en su presencia.  Porque los árboles son genuina discreción, no denuncian a nadie, nada reclaman, nada piden y todo lo dan, hasta su propia vida, cuando el hacha homicida los hiere.  Y ni aun así protestan.

Llevaba como un cuarto de hora de buena música, abundante meditación y hermoso paisaje, cuando apareció elegante camioneta “Ford”, último modelo, placas de Cali, Valle, dos veces más voluminosa que mi pequeño vehículo.  Se baja el conductor, hombre de unos sesenta años quien cojea de la pierna izquierda y su voluminoso vientre le impide moverse más rápido.  Abre la puerta trasera de su vehículo y salen disparados tres perros, de manchas cafés con cuero blanco.  Atraviesan prestos la cerca de alambre de púas sin rayarse el pellejo y comienzan a corretear sobre el pasto, bajo la vigilante mirada del cojo de su amo.

Nada digo, nadie dice nada, ni siquiera los perros ladran, la música sigue deleitándome mientras elucubro sobre la vida, los árboles, los perros, el paisaje y, más que todo, sobre mi vida.  Es un regalo que nos hacemos de vez en cuando.  El escenario y los actores están listos y yo, espectador listo a aplaudir a ese dulce misterio de la vida cuando me lo exijan.

Para mi gusto esta obra está bien montada: el escenario natural y espectacular.   Los actores, los automóviles, el cojo y los perros haciendo sus discretos papeles sin sobreactuar.  El telón de fondo magnífico, grandioso como ningún tramoyista podría montarlo.  Nada de parlamentos, nadie habla pero todo se entiende.  El libreto fue concebido para almas exigentes, para espectadores inteligentes.  Todo está allí para ponerle el drama o la jocosidad que requiera el momento.  Sólo se necesita mirar con los ojos del alma y dejar que la imaginación haga el resto.

Es tanta la carga de información que existe en este momento, en este sitio, que sabiendo colocar a los actores en otras situaciones, podría lograrse una historia jamás contada.  Los invito a pensar: un hermoso árbol añoso, dos automóviles, uno último modelo y el otro un cacharro con muchos años encima.  Un hombre ya maduro con su pierna izquierda lastimada, tres perros que son sus compañeros devorando su libertad provisional a las carreras.  Y un paisaje de telón de fondo para develar historias, inventar situaciones, para visualizar imágenes, para hacer realidad lo imposible, mezclando deseos, esperanzas y decepciones.  ¿No habrá allí suficiente material como para escribir un libro? 

Porque todos los libros, todas las historias, reales o ficticias, han empezado con una frase… “En un lugar de la Mancha…”  Y don Miguel de Cervantes se cubrió de gloria imperecedera con su Quijote.  ¿De repente resultará alguien haciéndonos soñar con los ingredientes de un árbol añoso, tres perros, un cojo y un soñador escuchando música en su automóvil?  Hay mucha tela de donde cortar.

Pero el actor principal de esta obra siempre será, en mi concepto, ese hermoso árbol.  Él se merece ese papel protagónica por su seriedad, por su belleza, por su discreción.  Seguramente que este actor no necesita que lo dirijan: tiene suficientes años de experiencia actuando únicamente como un árbol, para que nadie tenga que decirle qué es lo que tiene que hacer.  Además, él no necesita aprenderse ningún libreto porque su vida ha sido una obra maestra, con méritos suficientes como para recibir un premio de la Academia, sin necesidad de hacer lobby ni pedir favores.

Es tiempo de regresar a casa.  El mandado de lechugas, leche, panes y servilletas hace como una hora descansa en el portamaletas de mi automóvil.  Me coloco el cinturón de seguridad, pongo el cambio en primera y salgo lentamente a lo largo de una avenida bordeada por árboles, rumbo a mi casa.  Me da la impresión que siempre seré bienvenido a este sitio.