9 de mayo de 2021
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SETENTA

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
8 de mayo de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
8 de mayo de 2020

Ese domingo 23 de abril de 1950 fue diferente en Cali y en el Valle. Fue el día en que apareció en circulación un periódico más que se unió a los ya existentes Diario del Pacífico, Relator y El Crisol. Como en todo nacimiento de un medio de comunicación, el escepticismo fue grande, pues muchos fueron los que en la historia del periodismo colombiano han aparecido y desaparecido con la misma facilidad.  La gente dudó en forma especial porque se trataba de hacerle competencia a uno de los más fuertes a nivel regional como era El Diario del Pacífíco, a la independencia informativa de Relator y a la discreción calificada de El Crisol, todos ellos con audiencias consolidadas y unos mercados ciertos,  con una larga tradición y una especie de monopolio de la opinión pública, pues el contrapeso que le hacía falta, especialmente dentro de las filas de los conservadores, no existía.

Diario del Pacífico se sabía dueño del pensamiento conservador, una especie de apoderado oficioso  sempiterno del pensamiento de los Ospina, los fundadores del partido. De los otros dos diarios se proclamaba su vocería liberal, pero con gran independencia de criterio de Relator y poca presencia masiva de El Crisol, apenas unas voces un tanto aisladas de un liberalismo que hacía bastante ruído en los medios políticos, pero que informativamente no poseía voceros con fuerza de penetración, a nivel regional.  La duda mayor surgió, además, porque el nuevo diario se anunciaba también como conservador, lo que de alguna manera vendría a tener que partir una opinión que de pronto se sentía intocable, en manos del diario de los Borrero Olano.

Esa fuerza y ese poder  del diario de mayor circulación en ese entonces en el suroccidente de Colombia, fue precisamente lo que llevó a alguien a pensar que debían existir fuerzas de contrapeso que fuesen capaces de pensar de otra manera, asi se mantuviera la ideología central de lo que era ser conservador. Es que a un conservador, la prensa conservadora procuró hacerle la vida imposible y desde un comienzo le cuestionó su designación en la alcaldía de la capital del Valle del Cauca, habiéndole hecho oposición cerrada durante todo su mandato, al punto de presionarlo hasta el tope de la renuncia. Cuando dejó el cargo Alvaro Lloreda Caicedo decidió que si quería seguir siendo un dirigente importante de su partido, debía tener un medio propio de información, desde el que pudiese hacer la orientación que se hacía desde  el diario que se había convertido en una especie de cizaña constante de su administración, dejando a un lado el fanatismo de agredir a los otros por el prurito de agredir. Podría criticarse y se haría, pero con razones diferentes a las del fanatismo partidista interesado.

Miembro de una  familia con buena capacidad patrimonial y teniendo un amplio criterio de iniciativa empresarial  y de negocios rentables, Lloreda Caicedo no dudó dos veces de lo que haría al dejar el cargo público, que para entonces era de designación por parte del Gobernador del Valle del Cauca: fundaría un periódico con orientación conservadora, pero con la convicción de ser defensor de la pura doctrina y no de simples nombres de dirigentes y de funcionarios, lo que se hacía con el ánimo de beneficiar cacicazgos y  dominios electorales.  Lloreda era político y por eso fue llamado a ocupar la alcaldía de Cali. Pero entendía que ser conservador era una manera de defender a todos los conservadores.

El conservatismo había recuperado el poder nacional, después de una sequía de 16 años, cuando los liberales asumieron la Presidencia de la República y la ejercieron con Enrique Olaya Herrera, Alfonso Lòpez Pumarejo, Eduardo Santos y otra vez Alfonso López Pumarejo, quien no terminó el mandato por presiones por asuntos de corrupción de su familia, habiendo concluido ese período el designado presidencial que era Alberto Lleras Camargo. Los liberales para el año 1946 no se pudieron poner de acuerdo sobre un candidato único y fueron a las urnas con Gabriel Turbay y Jorge Eliecer Gaitán, mientras que el conservatismo lanzó al ingeniero Mariano Ospina Pérez, quien  con la mitad de la votación total de los liberales, logró regresar al poder para los azules, aprovechando esa rapiña de rojos, no era menos cierto que afloraba una división profunda en las filas de la tradición,  que iban desde las visiones moderadas de un Estado, hasta las radicalizaciones que tanto daño hicieron y siguen haciendo. El alcalde de Cali en 1950 fue objeto de esa división y de esas constantes agresiones desde las mismas toldas conservadoras. Por eso se dijo así mismo que si quería sobrevivir en la política, tenía que poseer un medio informativo puesto al servicio de la causa.

De esa manera nació el diario El Pais de Cali, que acaba de arribar sus primeros setenta años, teniendo una motivación completamente política, como lo han tenido a través de los años casi todos los medios escritos que existen en Colombia, desde el mismo siglo XIX cuando se fundaban periódicos en defensa de causas precisas y que triunfantes estas o derrotadas, desaparecían por falta de apoyo. El desarrollo del periodismo en este país ha sido casi siempre como un elemento adicional de determinadas fuerzas políticas. Sólo en las dos últimas décadas se ha logrado asimilar el periodismo como una industria más, la industria de la información, que debe tener un compromiso mucho más allá  de propósitos políticos, y antes que políticos, electorales.

El periodismo político, entendido como proselitismo abierto  en favor de personas o incluso de unos mínimos programas de poder, ha dejado de existir y hoy día  los medios se establecen como una manera de hacer empresa mediante la recolección, administración y distribución de la información. Si se revisa, mínimamente, la historia de los medios masivos de información colombianos se va a encontrar  esta certeza, que no debe avergonzar a nadie, sencillamente se tenía el concepto de que la información dirigida, orientada, precisada hacia ciertos objetivos  eran parte del periodismo y se tomaba como una manera más de hacer política. El mundo moderno y las gentes de hoy no lo entienden así, pero así fue. Siempre fue un periodismo ideologizado y dio sus frutos. En ello ayudaban las fuerzas económicas que de alguna manera contraían compromisos  de poder, con el ánimo de mantener unas excelentes relaciones  con quienes accedían al gobierno.

La novedad de un nuevo periódico en las calles de Cali fue grande. La simple curiosidad llevó a que se agotara la edición en muy breve tiempo. Antes del medio día. La respuesta fue por curiosidad, pero también que la gente quería leer una opinión conservadora pero desde otro punto de vista diferente al que dominaba de mucho tiempo atrás  en la región. Casi que los lectores sintieron la alegría de encontrar una nueva expresión conservadora sin el fanatismo radical de ese momento.

Al fundar El País, Alvaro Lloreda Caicedo también entendió  que si bien iba a ser el vocero de su grupo conservador, no podía perder de  vista el objeto de un medio períodístico, que en esencia es informar. Era un hombre formado en el trabajo, que nunca accedió a la Universidad, ya que siendo miembro de una familia poderosa en lo económico, lo que su padre Ulpiano les enseñó fue a trabajar, a producir dinero, a crear empresas, a generar trabajo. Si iba a tener un periódico tenía que ser sostenible, no se había propuesto fundar un diario sólo con el fin de hacer saber lo que pensaba, contrario a lo que pensaron los que le hicieron la vida confusa cuando fue alcalde de Cali. No era un gran intelectual, pero si un hombre culto, amante de la lectura, especialmente de los grandes clásicos, de quienes aprendió del buen decir y del buen hablar, por lo que una de sus mayores exigencias cuando se hicieron las ediciones de prueba de El País, las famosas ediciones cero que se llamaron, procuró que el lenguaje de sus redactores fuese claro, culto, respetuoso y preciso y que  las informaciones se ciñieran a la realidad de los hechos de los que se ocupaban. No se iba a hacer proselitismo con la información, eso se denomina y se ha denominado siempre, manipulación. Para hacer proselitismo conservador estarían las páginas editoriales, las columnas de opinión y en ellas se rodeó de dirigentes de mucho peso y con gran formación humanística. Necesitaba que en su diario escribieran los mejores y que lo hiciera de la mejor forma.  Esa ha sido una de las principales características de este diario: las conserva. Es un periódico bien escrit5o y con mucho respeto por el lector.

Quienes le auguraron no muy larga vida a El País se fueron primero del mercado. Hacia 1959 la asfixia económica fue ahogando a Diario del Pacífico, que durante  el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla se hizo vocero oficioso de su régimen, por lo que publicitariamente fue tratado de la mejor manera, viviendo sus años dorados, en lo económico. Con el Frente nacional y el regreso de los partidos al gobierno, comenzando con Alberto Lleras Camargo que se posesiona como Presidente en propiedad en 1958, las cuentas de cobro ideológico al vocero  de la dictadura no se hicieron esperar. Poco a poco se fue quedando  sin pauta publicitaria y la anemia financiera se lo fue llevando, hasta que anunció su cierre y desaparición definitiva.

Por su parte Relator, fundado en 1915 por el brillante escritor Daniel Gil Lemos, había terminado en manos de los hermanos Sawadsky, habiendo sido su nombre original El Relator y luego habiéndose suprimido el artículo indefinido inicial. Las grandes deudas y las disputas internas entre los hermanos dueños del diario, lo llevaron a un colapso económico en el que en su proceso de liquidación el industrial Alvaro H. Caicedo se quedó con la maquinaria y talleres con los que luego diera origen al diario Occidente, de ideología conservador. Relator murió en 1961, año que el diò nacimiento el otro diario que aún subsiste.

Vender los activos sustanciales de un medio de comunicación fracasado no podía llegar a ser un buen negocio. Alvaro H. Caicedo, poderoso azucarero, quien también ejercía la política dentro del partido conservador, entendió que lo mejor que podía hacer era crear un nuevo medio, con esa misma ideología, pero con una forma fresca, un tanto ligera de hacer conocer las noticias, con mucha calidad de diseño y escritura. Fue de esa manera como se diò vida a   Occidente, para llegar a hacerle competencia leal a El País y compitieron de igual a igual, en lo que se benefició el lector y la información regional.

Se hicieron dos diarios conservadores, ya en manos de periodistas con una gran visión de la información y con un sentido de orientación informativa  de mucho respeto. El País era muy fuerte cuando apareció Occidente, pero este no se amilanó y en la década del setenta se hizo más sólido, por el manejo calificado de la información, con la incursión en el periodismo de grandes crónicas y un poco el abandono de la lucha partidista. El País siguió en la lucha. Nunca decayó. Lloreda Caicedso jamás dejó de tener presente que si bien lo había creado como su vocero, por encima de todo había pasado a constituirse en una gran empresa, en la que se generaban cientos de empleos. Y terminó por darle mayor énfasis a lo empresarial que a lo política, en la perfecta comprensión de que  debía salvar una fuente de empleo y un motor de desarrollo del Valle del Cauca, sin que dejara de ser vocero político, pero sin que esto fuese lo más importante. No le tuvo temor a la competencia. Eso le ayudó a hacer un mejor periódico cada día. Cada innovación, se replicaba con otra. Era una lucha a cual de los dos era mejor, como medio de comunicación, no como vocero político. Esto se hizo a un lado y ambos entendieron que eran empresas con mucho futuro, si se planeaban y desarrollaban como entes con absoluta autonomía frente a lo partidista.

En los años ochenta esa  competencia se hizo mucho más fuerte  cuando otro grupo empresarial poderoso de la región, puso en circulación un diario liberal  con la mayor calidad periodística. El Pueblo se convirtió en el gran diario liberal de  la zona suroccidental, en manos  de la familia Londoño Capurro, teniendo como director a un viejo dirigente  rojo, Marino Renjifo Salcedo, quien  gozó del respaldo y apoyo de grandes figuras del periodismo nacional a su lado, como Daniel Samper Pizano, Héctor Moreno Reyes, Héctor Rincón,  Hernán Nicholls, y reconocidos intelectuales, al mando del poeta Fernando Garavito,  que se hicieron cargo del mejor suplemento domincal cultural que ha tenido el periodismo colombiano en toda su historia: Extravagario, cuyos textos merecieron el honor de Colcultura (actual Ministerio de Cultura),  de editar una antología de sus mejores textos.  Ya eran tres grandes  diarios disputando cabeza a cabeza la preferencia de los elctores. El Crisol se mantenía en la lucha  de bajo perfil, con la insistencia y la persistencia de Rafael Isidro Rodriguez, quien firmó siempre sus columnas de opinión como Plácido Soler, con columnas muy inteligentes y brillantes, pero con una muy pobre diagramación y no muy buena calidad editorial.  Fue la época de oro del periodismo en el Valle del Cauca. Tres grandes diarios apostando a cual era mejor. Contaba con periodistas de la más alta calidad y unos grandes cronistas que  en muchas ocasioens concedían permisos para ser traducidos en sus trabajos en grandes diarios internacionales.

Occidente  fue perdiendo fuerza  por la carencia de una mejor orientación empresarial  y mucho más cuando pasó de mano en mano, con capitales interesados en cuestiones tributarias, pero no en hacer casas periodísticas. El Pueblo que había adquirido el compromiso de no hacer periodismo prosélito en favor de nadie, cayó en la tentación y se empeñó en volver figuras políticas a los herederos de los dueños, de tal manera que accedieran a cargos de dirección.  Muchos decían  que lo habían puesto a madurar aguacates.  Se fue muriendo de asfixia económica e informativa, porque debió salir de los grandes periodistas que había contratado con buenos salarios, para abaratar costos, pero con el enorme sacrificio de su calidad informativa e idiomática.

El País se mantuvo en la lucha diaria. Fue viendo disminuir la fuerza de penetración de su competencia, se  fortaleció  empresarialmente, modernizó sus equipos,  construyó instalaciones propias, hechas pensando en un medio informativo y de la sede de la vieja casa de bahareque de la calle 10 con carrera quinta, en el centro de Cali, se fue el barrio San Nicolás, donde aún se encuentra y fue abriendo el mercado editorial a otra clase de productos.  Se fortaleció de tal manera en lo económico, que vió como en un momento dado, empezando la década de los noventa, se quedó sólo en el mercado,  con unos competidores muy débiles y en nada atemorizantes para el mercado. Soportó, incluso, la agresiva arremetida del denominado periodismo popular que en la década de los ochenta y comienzos de la del noventa, tuvo un gran auge en el país, como periódicos  como el Espacio, el Bogotano y el Caleño. No era su competencia, porque se dirigían a la franja de mercado de El País. Todos ellos se fueron acabando por la inercia de la saturación y la repetición constante de un estilo que buscaba el escándalo, antes que informar imparcialmente.

Alvaro Lloreda Caicedo estuvo al frente del diario hasta entrados los años setenta, cuando le cedió el manejo de la empresa, en lo periodístico a su hijo Rodrigo, quien llegó a ser Designado a la Presidencia de la República, un importante jefe conservador que supo siempre mantener la distancia entre lo que era la casa informativa y lo político como tal y en lo administrativo en su otro hijo Alvaro José, quien fue el arquitecto de la modernidad completa del periódico.

A su retiro de la actividad, Lloreda Caicedo pidió que le dejaran una oficina a donde pudiera ir a leer la prensa y a conversar  con la gente. Era alto, de porte elegante, siempre vestido de saco y corbata, no era extraño que apareciera cualquier tarde por la planta de redacción e invitara a uno cualquiera de los redactores a que lo acompañara a dar una “vuelta por los talleres”. Bajaba con el escogido, no siempre el mismo, recorría los talleres, visitaba todas las oficinas administrativas, saludando a todo el mundo por su nombre, preguntando por sus familias y le dedicaba mucho tiempo a la sección de los clasificados, que llegó a ser la gran fuente de financiación del diario. Pequeños y breves avisos de anuncios concretos sobre diversos productos y servicios. Los clasificados  de El País, llegaron a ser casi una instiutución de la ciudad. La gente tomaba el solo cuadernillo de esos avisos, que el domingo podía tener hasta 20 páginas, y se sentaban en las bancas de los parqures a buscar desde empleo, hasta una habitación para arrendar, el anuncio de extravío de una mascota. La gente les tenía una confianza completa a esos avisos. Decían que lo que saliera en los clasificados de El País, era efectivo y de confianza.  Luego regresaba a la sala de redcacción y se despedía del periodista acompañante, invitándole a que fuese a tomar café con él en la oficina, cuando quisiera. Hacerlo, era tanto como sentarse a oir una cátedra de historia regional, aprovechando su extraordinaria memoria.

Han sido directores de El Pais: Alvaro Lloreda Caicedo, Rodrigo Lloreda Caicedo, Eduardo Fernández de Soto, Francisco José Lloreda Mera, María Elvira Dominguez, actual. Pero esos directores siempre contaron con grandes periodistas en la subdirección que eran los que ciertamente elaboraban el periódico, con pleno respeto a las pautas y políticas marcadas por el diario. Por allí pasaron José Hugo Ochoa, Raul Echavarría Barrientos, quien seria el gran conductor e inspirador de Occidente en sus mejores momentos, Jorge Arturo Sanclemente, un abogado espigado, nacido en Buga, con extraordinario sentido del humor y el don de mando más sutil que pueda hallarse, como que  daba una orden sin hacerlo, pedía un favor, nunca llamaba la atención, hacía observaciones y “no lo vuelva a hacer socio”, y grandes editores como Eduardo Figueroa Coral, Luis Cañón. Hoy  quienes responden todos los días por la edición son Diego Martínez Lloreda, en la información, y Luis Guillermo Restrepo, en la opjnión, con criterios muy profesionales de lo que es la información y su manejo en los días actuales.

No ha sido ajeno a las modernizaciones tecnológicas , ni a la apertura de otras líneas de información, como la de los sectores populares, para lo que se creó el diario Q´Hubo, que se vende por inercia y tiene cero devoluaciones de circulación, con base en sus crucigramas, que los aficionados a esta clase de ejercicios no se pierden, que ha tenido la estabilidad de estar siempre bajo la dirección de Ruben Darío Valencia. Del mismo modo se ha metido de lleno en la tecnológicas y tiene una muy buena edición  digital, que posee la ventaja de ser actualizada en tiempo real, en la medida en que la información se va dando, a la vez que se vale de otros medios alternos como el video y la comunicación inmediata, cn resencia en las denominadas redes sociales.

Antes de la pandemia en que le ha correspondido celebrar sus primeros setenta años, debió solicitar la apertura de un proceso de reorganización empresarial, para no verse abocado a la quiebra. Ya fue admitida la demanda y se encuentra en la estructuración del plan de pagos, de lo que seguramente saldrá fortalecido, por las numerosas manifestaciones del sector productivo que lo tiene como un vocero insignia de los intereses regionales, por lo que el futuro lo miran con optimismo.

No es fácil que un diario escrito cumpla setenta años en América latina. El País de Cali lo ha hecho. Y existe la seguridad de que apenas son los primeros setenta años. Que van a ser muchos más.  Toda puerta informativa que la comunidad mantenga abierta, siempre será un fortalecimiento para la democracia y la libertad. Un diario que se ha convertido en parte de la identidad de los vallecaucanos.Y ahora se ha propuesto seguir P´lante.