7 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La ciudad es nuestra representación

*Escenógrafa colombiana residente en Buenos Aires, Argentina, graduada en la Universidad de Palermo como Diseñadora de Espectáculos
11 de mayo de 2020
Por Vanessa Lya Giraldo Orozco*
Por Vanessa Lya Giraldo Orozco*
*Escenógrafa colombiana residente en Buenos Aires, Argentina, graduada en la Universidad de Palermo como Diseñadora de Espectáculos
11 de mayo de 2020

Así, al plantearse la ciudad como un correr de líneas, como una vibrante declaración ocurrida entre actos, queda al descubierto lo que Michel De Certeau llama “la extrañeza de lo cotidiano”, una mirada minuciosa y detallada de la ciudad misma. Un trabajo de conciencia de nuestros movimientos y de nuestro exterior; la cuidad. Un espacio exterior que funciona como un espejo y nos relata la historia que nosotros mismos construimos, porque somos nosotros, en el caminar y en el andar, quienes damos vida a la maquinaria citadina.

Es, justamente, en la extrañeza de lo cotidiano que volvemos a nuestros actos y damos un giro para no sólo hacer sino percatarnos de la manera de hacerlo y del mismo ser. Se trata de problematizar lo habitual, repensarlo, ver en ello un acto de confesión en lugar de una acción libre de intención. La ciudad da cuenta de esta otra espacialidad que funciona a la par con la espacialidad material. Hablamos de una espacialidad etérea que, sin duda, nos arrastra por las calles de la ciudad como quien se hace dueño de algo, nos da ínfulas de dominio. Las callejuelas y avenidas se vuelven propias de nosotros, pero al transitarlas delatamos nuestras pretensiones políticas, esto es un acto de confesión evidente.

Un acto de confesión que se instala en la intención comunicativa de la ciudad y de nosotros mismos, porque, en últimas, es esto lo que estamos señalando. La ciudad, aunque parezca un arrume de ladrillos y basura, es un texto que comunica, nos habla y que al mirar detenidamente nos puede llevar a suspendernos en lo cotidiano y ver en lo habitual algo diferente, una extrañeza que nos hace reconocernos y al mismo tiempo abstraernos de nosotros mismos.

La ciudad funciona como una manifestación política, sus espacios y disposiciones acaban siendo una forma de transmisión ideológica, que por otro lado nosotros ratificamos con nuestros actos. La ciudad no sería cuidad si no estuviera habitada, una ciudad está concebida en términos multitudinarios y se construye con el caminar y el practicar de todos. Preciso, ahí, volvemos a la intención comunicativa. Aunque pareciera no pretender decir nada, tanto la ciudad como nuestro caminar en ella, tienen un sentido. Este sentido es el tejido social, una enramada de redes que se articulan en nosotros y en ella para conseguir un foco de orden social.

Nos interesa centrarnos aquí en lo material y en lo visible. La cuidad, que es nuestra representación, nos habla incluso cuando pensamos que no pretende decir nada. Cada forma, color, espacio están ahí de manera pensada. La cuidad no es “naturalmente” nuestro ambiente, lo hemos hecho nuestro. Pareciera que su manera de ser es aleatoria y arbitraria pero esta realidad es dada. Su arquitectura, la escogencia en las formas de sus calles, sus parques, todo está ahí de alguna manera respondiendo a ciertas necesidades o a ciertos actos que día a día construyen laberintos inacabables en un espacio urbano.

Entonces, en la ciudad las redes de poder se urbanizan para dejarnos transitar en las posibilidades de ser y actuar. Dispositivos se alinean y la ciudad se convierte en un gran aparato administrador y regulador de nuestras vidas. Pero somos nosotros los que desde la imperceptibilidad nutrimos tales dispositivos, nos convertimos en ellos y, la cuidad en un circuito de flujos.

La cuidad se convierte en un centro económico, social y político. Todo se ve desde ella, es nuestra posibilidad de ser, desde ella aparecen dualismos indispensables en la construcción de nosotros y de nociones en ella. Dualismos como: arriba-abajo, lo central y lo periférico, lo público y lo privado, el adentro y el afuera, lo rural y lo urbano, entre otros, nos construyen como sujetos, pero, más que eso, tiene una carga semántica exorbitante.

La disposición de la cuidad se mantiene en nuestro ser, se convierte en órdenes y clasificaciones que nosotros reglamentamos y seguimos. Podríamos, incluso, decir que todo se concentra en la relación entre la masa y el individuo, la ciudad se convierte en el hogar de las multitudes y nos permite leer diferentes perspectivas. Ángulos que se funden a lo largo y ancho de la cuidad construyendo diferentes textos y mostrándonos los recovecos y los atajos posibles. Lo urbano recrea espacios en los que se valida o anula, se impregna la ciudad de significados y de diferentes sentidos que con una lupa son parámetros de encasillamiento y jerarquización. Así desde una estructura material, construida en nuestro andar, se moldean prácticas y se reiteran nociones del cómo hacer y ser, qué aceptar y qué rechazar.

 

[email protected]

Buenos Aires, mayo 12 de 2020