7 de mayo de 2021
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Antonio Hernández Gamarra, un economista del Caribe

23 de mayo de 2020
Por Óscar Alarcón
Por Óscar Alarcón
23 de mayo de 2020

Me ha confiado Antonio Hernández Gamarra una responsabilidad muy grande, cual es la de hacerle la presentación a su libro de recuerdos porque en éste, además de ser ilustrativo de su vida y de años de historia de nuestro país, el autor describe con un lenguaje y un deleite al que le sobraría una introducción deshilvanada, como presumo que puede ser la mía.

Esto de los prólogos me recuerda al presidente López Michelsen quien era especialista en hacerlos (hasta me escribió uno). Le complacía escribirlos e incluso llegaba a echarle puyas al mismo autor que se lo había solicitado.

En una ocasión me pidió que lo acompañara a Medellín, en donde tenía un compromiso con amigos de la vieja guardia del MRL. Cuando llegamos al hotel me solicitó que le llenara la tarjeta de ingreso. Donde tocaba escribir “Profesión”, le pregunté: “¿Qué le anoto aquí, presidente?”

–Escriba, prologuista.

Pues bien, trataré, en lo posible, de cumplir el compromiso con mi amigo y admirado Antonio Hernández Gamarra.

Para quien no lo conozca y jamás lo haya leído, podía ser sorprendente que un economista maneje un lenguaje sin acartonamiento, limpio, con palabras muy castizas que no son propias de quienes están acostumbrados a manejar cifras y cuadros estadísticos. No solo por sus lecturas de León de Greiff, Neruda y García Márquez, como su consulta permanente y disciplinada de los diccionarios de la RAE, de María Moliner y del Lexicón de Colombianismos de Mario Alario di Filippo, sino también el hecho de haber nacido en un pueblo caribe como Sincé (Sucre), ha convertido a Hernández Gamarra en un excelente cultor de la lengua española. De su pueblo natal también fue Gabriel Eligio García, padre del Nobel García Márquez, a quien tuve el privilegio de conocer y con quien hablé en varias ocasiones. Además de telegrafista, como pasó a la historia y es conocido, también fue poeta, novelista, violinista, médico homeópata, soñador y prolífico (tuvo cerca de catorce hijos, conocidos). Precisamente el autor de este libro, en las páginas finales, reivindica su figura para contrarrestarla con la que muestra el inglés Gerald Martin en la biografía de Gabo.

Antonio Hernández Gamarra es el más claro ejemplo de cómo una persona, nacida en un humilde pueblo de la Costa Caribe, puede llegar en Colombia a ocupar las más altas dignidades del Estado. Solo le ha faltado ser ministro de Hacienda porque en nuestro país esa cartera está reservada para cachacos y paisas. El único costeño que se desempeñó allí fue Tomás Surí Salcedo, nacido en Santa Marta, pero con residencia en Barranquilla. Ocupó esa cartera en 1918, durante el gobierno de José Vicente Concha.[1]

Hernández Gamarra es de una familia típica de la Costa Caribe, criado con las dificultades propias de esos pueblos que a mediados del siglo XX carecían de todo, pero con unos padres luchadores, deseosos de que sus hijos lograran una educación sin las carencias de las que ellos sufrieron. Su padre, inconforme con su actividad habitual, y su madre ayudando a la economía familiar frente a una máquina de coser, ambos tratando de cuadrar el sustento diario. Mucho debió sacrificarse esa pareja para sacar adelante nueve hijos. Todos iniciaron la educación en la escuela del pueblo y luego en prestigiosos colegios de secundaria que daba la tierra.

Se acostumbraba en esas regiones que debido a la falta de recursos, a medida que avanzaban en sus estudios y lograban cualquier trabajo ocasional, los hermanos mayores ayudaban a los menores. Fue una sabia fórmula que permitió crear un sentido de solidaridad familiar y permitir que todos siguieran por el mismo camino, con generosidad. Esas etapas están narradas en este libro con una maestría lingüística que envidiaría cualquiera de nuestros escritores noveles.

Aparte de ese compañerismo y apoyo que cuenta Hernández Gamarra, prevalecía en su familia también una devoción por la jardinería, heredada de sus mayores, y que el ex contralor practica hoy con entusiasmo en su casa de Santa Marta, así como antes lo había hecho en su residencia del norte de Bogotá. Como se puede ver, es un economista sui-generis que a los setenta y tantos años mantiene su poblada barba revolucionaria, que comenzó a dejarse desde cuando cursaba sus estudios en la Universidad Nacional, donde escuchaba las misas y los sermones del padre Camilo Torres y hacía parte de los consejos estudiantiles de su Alma Mater.

Buen estudiante, excelente discípulo y amigo del profesor Lauchlin Currie, condiciones que le permitieron iniciar su carrera profesional en la cátedra y en los organismos que por los años sesenta comenzaban a practicar algo entonces desconocido: la planeación, a lo cual dio gran impulso el gobierno de Carlos Lleras Restrepo. Comenzó a hacer amistades y a mostrarse no solo como buen economista sino como hombre correcto y honorable. Uno de los primeros cargos importantes que ocupó, fue el de director de una entidad que nacía, la Financiera Eléctrica Nacional, FEN, gracias al apoyo de otro profesional de Sincé que lo conocía de sobra y sabía de su honradez y sapiencia. Se trataba de Carlos Martínez Simahan, quien se desempeñaba como ministro de Minas en el gobierno de Belisario Betancur. Le tocó comenzar de cero, desde buscar sede hasta contratar al más humilde funcionario. Muchos fueron los mensajes de felicitación que recibió por tan importante designación pero el que más le llamó la atención fue uno, enviado desde Sincé, vía Telecom: “Ahora muchos te felicitan y aplauden pero nosotros solo lo haremos cumplido tu período… si lo has hecho bien y honradamente”. Lo firmaban sus padres, quienes con pocas palabras, le reiteraban y recordaban los principios que le habían inculcado desde niño.

También le llovieron hojas de vida, pero él, con la prudencia, la honestidad y el deseo de acertar, las estudiaba detenidamente y entrevistaba a cada uno de los aspirantes. Fue así como le llegó un recomendado del alto gobierno que lo visitó con la seguridad de que iba a ser nombrado secretario general, el segundo cargo más importante de la entidad. El aspirante le dijo que ya tenía todo armado, hasta tenía visto y casi negociado el edificio para la sede. Hernández Gamarra, sorprendido, le respondió que iba a estudiar su trayectoria, así como sus anticipadas propuestas. El “designado” salió con el rabo entre las piernas pero la actitud de quien aspiraba fuera su jefe demostró la independencia con que iba a manejar la entidad que le habían puesto a dirigir.

Fue fructífera su tarea. Contribuyó a poner en ejecución los programas energéticos del país y al mismo tiempo la entidad se posicionó como una respetada organización ambiental gracias a los aportes para la bibliografía nacional sobre ecología y medio ambiente, como también la creación del Premio Nacional de Ecología y el programa para la financiación de investigaciones científicas.

Orgullosos, sus padres, cumpliendo lo que les había prometido y sabedores de que el hijo había respondido fielmente a los principios enseñados, le enviaron el siguiente mensaje, también vía Telecom: “Verte salir de la FEN como miembro útil de la sociedad con las manos limpias y la frente alta para ejemplo de tus hijos y orgullo de quienes te queremos, permítenos enviarte felicitación adeudamoste. Atentamente, Euclides, Pepa”.

Por razones del destino y en búsqueda de subsistencia, a la salida de tan importante cargo, terminó conociendo de cerca el nacimiento de una empresa que ha dado mucho de qué hablar en los últimos años, INVERCOLSA. Años después cuando se conoció la operación que diseñó Fernando Londoño Hoyos, quien años más tarde sería  ministro de Álvaro Uribe, Hernández Gamarra manifestó su desacuerdo, porque “para mí es claro que las normas constitucionales del artículo 60 de la Constitución y sus desarrollos legales, que tenían como finalidad procurar la democratización de la propiedad accionaria de las empresas estatales a la hora de privatizarlas, no podían haberse utilizado para que sólo dos agentes privados se hicieran al control de una empresa estatal en condiciones de privilegio. No fue esa la razón de la ley ni tampoco decía eso la ley de la razón”.

Su posición de entonces fue plenamente avalada por la Corte Suprema de Justicia, organismo que en fallo de octubre de 2019 le ordenó a Londoño devolver las acciones de INVERCOLSA.

Trabajó en la campaña que llevó a la Presidencia a Ernesto Samper, en cuyo gobierno se desempeñó como ministro de Agricultura y consejero y en donde hubo mutua antipatía con Fernando Botero, así como con el secretario general de Palacio, quien reiteradamente le solicitaba información impertinente sobre temas de su cargo. La situación con éste llegó a tal extremo que lo obligó a enviarle una comunicación en donde le dijo que “la manifestación suprema de la libertad individual consiste en escoger a quien quiere uno como jefe. Un derecho que he ejercido toda la vida al cual no habré de renunciar nunca. Espero que de esta manera quede claramente establecido –de una vez para siempre—mi actual dependencia jerárquica”.

Fue designado, también por Samper, miembro de la junta directiva del Banco de la República un cargo que desea cualquier economista que se respete, sobre todo después de la independencia que le imprimió a esa entidad la Constitución de 1991. Pasar de ser ministro de Agricultura a la junta del banco, dice, es tanto como ir de una chalupa en altamar, víctima de desastres grandes o pequeños, a ser pasajero en clase ejecutiva en un vuelo internacional, con condiciones tranquilas, viendo películas, leyendo un libro y hasta tomando una copa de vino.

Mucho ha cambiado el país. Basta ver cómo nombraba sus colaboradores el presidente Rafael Reyes. Lo cuenta Julio Holguín Arboleda:

“Al regresar al país para encargarse de la Presidencia, se detuvo (Reyes) dos días en Manizales en donde se le presentó la oportunidad de conocer a don Félix Salazar J., quien en ese entonces estaba al frente de la casa de comercio que había fundado su padre. Don Félix no había podido salir del marco de la plaza de su villa natal. En larga conversación que tiene con el General Reyes, éste admira el portentoso sentido común de Salazar y se da cuenta de sus conocimientos financieros, adquiridos no al contacto de los libros sino de su experiencia práctica y de su extraordinario don de asimilación. Dos meses después lo invita a venir a Bogotá y le confía la ardua labor de reorganizar las rentas nacionales, que se encontraban en estado caótico consecuencia de tres años de guerra civil. Salazar hace milagros; equilibra el presupuesto; reorganiza las rentas; y cumplida esta difícil tarea se encarga de la gerencia del Banco Central; pasa luego al Ministerio de Hacienda, a donde volverá más tarde, durante la administración del General Ospina; funda el Banco Emisor, después de la visita de la Misión Kemerer y al morir deja una estela luminosa, ya que fue considerado, y con razón, como uno de los más hábiles financistas de su época”. [2]

Antonio Hernández Gamarra estuvo vinculado, como académico y decano de la Facultad de Economía, de la Universidad Externado de Colombia bajo la rectoría del inolvidable maestro Fernando Hinestrosa, quien además de su sabiduría gozaba de un excelente humor, teniendo como contertulios habituales en su rectoría al secretario general de la Universidad, Manuel Cubides Romero, y a Gonzalo Vargas Rubiano, magistrado de la Corte Suprema, a quienes les brotaban los apuntes humorísticos a cada momento. Más de una vez me alimentaron mis columnas periodísticas.

Cuando al maestro Hinestrosa lo ternó el presidente Betancur para la Procuraduría General de la Nación –postulación a la que renunció–, le envié un mensaje de felicitación que me respondió diciendo: “Me quedo en nuestra Universidad. Soy ex ternado”.

A pesar de haber sido egresado Hernández Gamarra de la Universidad Nacional, por su vinculación con el Externado, se siente también externadista, pero en su caso fue ternado y salió electo para Contralor General de la República en franca lid. Lo escogió la Corte Constitucional, como candidato, y lo eligió el Congreso. Como tal adelantó una tarea que elogian al unísono sectores políticos, financieros y académicos. Durante su gestión, y gracias a la facultad de advertencia que tenía el organismo, logró frustrar la negociación entre Telecom y Telmex. La operación se hizo finalmente con Telefónica de España y eso le dio un beneficio al país de 622 millones de dólares.

Otro tanto ocurrió con la explotación de gas en la Guajira en donde se pretendía que a Chevron y Texaco se le rebajaran las regalías del 20 al 8 por ciento. El contralor Hernández Gamarra se opuso y Ecopetrol recibió 1.600 millones de dólares de más.

Antonio Hernández Gamarra vive en Santa Marta, con Betzy, su mujer de toda la vida, en una hermosa casa, construida por él, y rodeado del cariño de sus hijos y nietos. Le ha dedicado tiempo al Observatorio del Caribe y sus amigos lo visitamos de cuando en cuando para ilustrarnos de sus conocimientos y escuchar sus relatos sobre el acontecer nacional con el ruido de las olas del mar y el movimiento de las palmeras de la brisa loca de enero. Está en el Rodadero reservado, que es lo único reservado que hay allí porque las amenas conversaciones y las risotadas de las gratas charlas con sus contertulios a veces se escuchan hasta en San Pedro Alejandrino.

Hay que sacar tiempo para leer este libro, tan agradable y tan bien escrito, a pesar de que recientemente le oí decir al muy querido rector de la Universidad de los Andes, Alejandro Gaviria, que en Colombia nadie lee porque todos están ocupados escribiendo el libro que nadie leerá.

Bogotá, febrero de 2020

[1] Me aseguran que otro samario, Rafael Delgado Barreneche, también fue ministro de Hacienda de Laureano Gómez. Lo único que tenía de Delgado era el apellido porque pesaba más de cien kilos.

[2] Holguín Arboleda, Julio. Mucho en serio y algo en broma. Editorial Pio X Ltda. Bogotá. 1959. p. 58