5 de julio de 2020
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

A tantos días

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
29 de mayo de 2020
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
29 de mayo de 2020

“Aquí paz y después gloria” pensé con posterioridad a interpretar la narración de una mujer desconocida, cuyo sufrimiento brotó de forma inesperada. Hace más de un año en la sala de espera de un consultorio médico, ella, abrió con una daga candente la consternación que tiranizaba su corazón. Pasmado, a raíz de ese descubrimiento, en aquel entonces dispuse mi atención.

Cualquier día de los desamparados a mi celular comenzaron a entrar mensajes tartamudos. Las notificaciones sucesivas y desesperantes de origen desconocido parecían la rogativa de un alucinado, sin gracia ni significado apreciable. Después de leer “hola, cómo, estás, qué, hay, de, tu, vida…; ¡por fin!, observé la interjección impropia, “auxilio, necesito sacar todo esto”.

El símbolo del territorio interior abatido y suplicante despertó, otra vez, mi interés. Algunas veces, esa persona enviaba memes irrelevantes a semejanza de andar por ahí. Dejé de parar bolas a las caricaturas a causa de las amenazas de su hijo sicario. En treinta y tres años de ejercicio profesional uno aprende a roer el anzuelo.

“Quiero que escriba un libro sobre mi vida”, no lo expuso en tono afable ni a manera de pedir un favor. Fuera del trato social, aquella mujer, intentaba cazarme con perdigones de plata. Por esto, austero y reflexivo, descuidé el agua de su sollozo. Al tiempo recordé los alambres de púas envolviendo su cuerpo incólume y el tatuaje hecho por el guerrillero con la punta caliente de un bolígrafo para que quedara marcada con el nombre de ese violador de adolescentes. Este relato descarnado, también, cambió mi existencia. Llevé el malestar al nivel de la representación y en ningún momento conseguí evadir las ambiguas sensaciones.

“¡Maté al bastardo! que al igual que su padre, me violó”. Ahora es cuando una frase suelta cae en el abismo de la impertinencia. La señora confesó la autoría intelectual del crimen y la forma cómo acercó a los matones. A decir verdad, prefiero la imperfección de la prosa a destilar morbosidad a través de la secuencia de atropellos y de pesadumbre ajena.

Ella actúo con plena consciencia de lo que hacía, y creyó vengar las distintas agresiones, por interpuesta persona, con conocimiento exacto de las consecuencias que trae consigo la conducta punible en estado de ira o de intenso dolor. (Artículo 57, Código Penal).

“Cuando acabe la pandemia, ¿usted puede pedir permiso para venir a hablar conmigo? Es que estoy pagando 50 mil pesos por 5 minutos de celular”. Si bien es cierto que la ocurrencia de la convicta pone sobre la mesa la orfandad de algunas víctimas de la violencia y la reproducción sistemática del odio, escucharla no liberará ni purificará las huellas del maltrato. Siento que ella busca un espacio para quitarse la máscara antes de bajar al sepulcro.

Guardo con fidelidad el secreto profesional durante todo lo que resta de esta enfermedad epidémica. El plazo se cumple sin remedio.