28 de febrero de 2021
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Vicepresidencia ¿Qué hacer?

4 de mayo de 2020
Por Humberto de la Calle
Por Humberto de la Calle
4 de mayo de 2020

El argumento central  en 1991 para crear la Vicepresidencia no era de poca monta: todo aquel que desempeñe la Presidencia debe hacerlo con el respaldo del voto popular. A ese principio abstracto, se sumaron consideraciones de tipo político. En el caso de la ADM-19, su líder Antonio Navarro me dijo un día: Nuestro movimiento no llegará pronto a la Presidencia. No creo que yo pueda lograrlo. Mi tarea es dejar abierto un escenario democrático que nos permita actuar en la política con alguna incidencia dentro de las reglas de la democracia. Digo de paso que para mí, Antonio Navarro ha sido un líder constructivo que ha cumplido con el compromiso que adquirieron él y su movimiento a la firma del acuerdo de paz. Algunos de los seguidores de Ernesto Samper vieron la oportunidad de conjugar fórmulas de contenido nacional, en particular aunando fuerzas de la Costa Caribe con otras en el interior. Esto no ocurrió en su candidatura y en cambio vino a jugar en el caso de Andrés Pastrana. Aunque la experiencia ha sido corta, parece que la dimensión territorial ha sido menos determinante que el liderazgo personal.

Las dudas sobre esta nueva institución se centraron en estos puntos:

Un mal recuerdo de las relaciones entre Bolívar y Santander y acontecimientos posteriores que, al menos en nuestro medio, provocaron disturbios importantes en la cúpula del Ejecutivo, algo que en cambio, no sucedió con la figura del Designado, cuyo perfil no exigía ni oficina, ni boato, ni carro blindado, ni parafernalia. Y sobre todo, que no fue factor de perturbación para quien ocupara la Presidencia. El segundo motivo de preocupación fue la disyuntiva entre asignarle competencias propias en el campo de la administración o privarla de ellas. El primer camino tenía la ventaja de impedir que el Vicepresidente se convirtiera en una especie de alma en pena, divagando por los alrededores de Palacio. Pero el nudo difícil de desenredar era que, precisamente, si tenía funciones propias se agigantaba eventualmente la posibilidad de roces y choque de trenes con el Presidente. Se optó por señalar expresamente que ninguna materia era campo propio del Vicepresidente cuya agenda la fijaba el Presidente. Pero esa fórmula tampoco ha sido totalmente eficiente. La emasculación de la Vicepresidencia en ocasiones ha inducido a quien ocupa el cargo a emitir juicios y opiniones, a veces a contrapelo de la administración, lo cual en vez de aliviar el asunto, lo ha empeorado. Y, además, el Vicepresidente aparece siempre como disputando algo que no es suyo. Una especie de mosco en leche. Un perro que le ladra a la luna de modo que el efecto que dice es a la vez perturbador y pasajero. Muchas veces irrelevante. El que tuvo poder de verdad fue Vargas Lleras. Pero esa fue una situación personal que tampoco fue perfecta porque Vargas mandaba pero la responsabilidad jurídica estaba en cabeza de otros. Una anomalía.

Lleras de la Fuente y Hernando Herrera propusieron que el Designado solo asumiera la Presidencia para organizar la elección del Presidente. No más. ¿No vale la pena volver a pensar esa institución, buscando fórmulas alternativas para facilitar la sucesión? Una reflexión debe incluir la posibilidad de dar por terminado ese cargo.

Coda: Si hombre, ya lo sé. Yo ocupé ese destino en una situación excepcional. No hablo por mi experiencia personal.