24 de febrero de 2021
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¿Vendrá de verdad un mundo solidario?

13 de abril de 2020
Por Humberto de la Calle
Por Humberto de la Calle
13 de abril de 2020

Ahora, como el borracho arrepentido, toda la humanidad anda en modo propósito de la enmienda. ¿Cómo podemos convertir en realidad ese pregonado mundo solidario?

Lo primero es mirar por dentro de la solidaridad. En verdad, somos ángeles y demonios al mismo tiempo. Hay momentos de generosidad y altruismo de alta intensidad combinados con una perfidia sin cuento. El altruismo tiene su faceta oscura. Durkheim llamó solidaridad orgánica a aquella que un ingenuo atribuiría a una nobleza infinita, pero que en verdad esconde un interés, que si es compartido por la comunidad, entonces toma la forma de la cooperación. Y también creo que puedo acuñar el concepto de solidaridad fragmentada. Barricadas en algunos municipios como diciendo: ¡fuera, déjenos a solas con nuestra salud¡ Solidaridad solo hacia adentro. Y la furia contra el personal de salubridad no es propiamente edificante.

El relativo aislamiento, aunque nos hace creer que estamos en un mundo mejor, en verdad se ve impulsado por una necesidad de protección que, al ser compartida, se viste con la piel de oveja de la solidaridad. No para aguar la fiesta: vemos que el verdadero engrudo de esas manifestaciones cooperativas es el miedo. No salgan, o sea no salgamos, para que no me contagies, o sea para que no nos contagiemos. Como pertenezco a esa masa a la que el gobierno se refiere como abuelitos (ni en mi casa me llaman así) estoy en condiciones de hacer la disección. Asesores de imagen les han indicado a los funcionarios que nos mimen como ositos delicados de peluche. Se agradece el gesto noble. Pero un sutil deseo es que los abuelitos se refugien para que no contagien y no congestionen los hospitales. También hay abuelitos que dicen: no salgo para proteger a los demás. La verdad es que están aterrados, como un armadillo enconchado. No es crítica. Está bien. Y toca obedecer.

Lo humano se compone de rasgos de nobleza y otros, muy comunes, del deseo simplemente de sobrevivir a toda costa.

Para ser positivos: No digo que la especie humana estará siempre atenazada por el pantano del egoísmo. Pero sí digo que la utopía no vendrá por sí sola. El riesgo es que el borracho, cuando pasa la rasca y el guayabo, vuelva a las andadas. Hay un rasgo egoísta en la especie humana. El que lucha por sobrevivir. El que si no se modera con impulsos exógenos, nos regresará a las andadas. En la selección natural, sale adelante el más fuerte. Y Richard Dawkins en El Gen Egoísta precisó que el ámbito de la evolución es genético.

Entonces hay que actuar. El impulso primordial, además de la educación, es la política. La retórica meliflua no sirve. Si no se conforma una comunidad reflexiva, que comprenda que no podemos volver a la inequidad rampante y que contribuya a domar el gen egoísta con fuertes dosis de solidaridad, volveremos al pasado. Es la política que consiste en una amalgama de principios y convicciones. Pero sobre todo de organización. De movilización. De activismo. Ese es el camino.

Pero no me refiero al uso oportunista de la pequeña política. En medio del naufragio, se requiere unidad. Me refiero a la gran política para un mundo mejor.

Coda: precisamente sobre la naturaleza humana, eso de prohibir el trago en los hogares es impracticable. ¿No sería más fácil, querida Marta Lucía, prohibir el matrimonio? Es cuestión de curas y notarios.