7 de agosto de 2022
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Respirar

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
17 de abril de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
17 de abril de 2020

Siempre fue sumamente cuidadoso en que no se le fuera a olvidar respirar. Lo aprendió una vez que estaba viendo televisión y observó la entrevista que le hacían a un hombre adulto con motivo de celebrar los 103 años de vida.  Al entrevistado le preguntaron:

  • A que atribuye usted que haya llegado a esta edad, lúcido, en muy buen estado de salud  y con una excelente memoria. ¿Que es lo que ha hecho para que esto fuera posible?.
  • Respirar, respira y respirar. Es muy importante respirar, porque en el momento en que se nos olvida respirar nos morimos. Por eso no me he muerto, porque no me he olvidado nunca de respirar. Es lo que hay que hacer todos los días.

Ese dia, lo dijo alguna vez en una de sus últimas entrevistas que dió, entendió la vida. Lo que trascendía era respirar a cada día, a cada momento. No dejar de respirar nunca. Por supuesto que lo sorprendió la respuesta, de alguna manera se estaba preparando para que esa persona  diera una fórmula de supervivencia por muchos años, en especial porque a él le gustaba la vida y quería vivir muchos años, haciendo grandes cosas, sin reclamar gloria de ninguna naturaleza, solamente satisfacciones del deber cumplido, con aquello que convirtió en metas, propósitos y valores de su existencia. La simpleza de lo dicho lo dejó perplejo. Pero como estaba esperando una respuesta con un gran aprendizaje, no tuvo duda en que lo que tenía que aprender era eso: respirar todos los días.

Desde entonces supo que mientras tuviese el cuidado de seguir respirando iba a estar vivo. Lo tomó a conciencia y se dedicó a respirar con mucha atención, lo que por demás es un ejercicio constante de lo que hacen quienes se dedican al arte escénico: manejar con sumo cuidado la respiración, pues de lo contrario no se logran los tonos y las emociones de los personajes representados. Es de gran influencia en el teatro, saber respirar adecuadamente. Quien actuando no controla su respiración y la ejecuta en la medida en que las emociones con expresiones verbales y corporales se van dando, puede perder la concentración, la atención, las pautas de escena y echar a perder una obra. Respirar es de la esencia de actuar y para ello se enseñan muchas prácticas que han sido elaboradas por los teóricos de la dramaturgia. Actuar es una representación vital. Se representan vidas, sentimientos, circunstancias, hechos, alegrías, tristezas, nostalgias, recuerdos etc. Es decir es tanto como llevar la vida de otro en el cuerpo de quien lo representa. De todos modos todos son actores de si mismos. Se deben representar en los papeles que les asigna el núcleo social en que se mueven o que han escogido por decisiones propias de cumplimiento de objetivos. De tal manera que si se representa la vida y en ella es necesario  respirar, todos deben ser protagonistas de ese acto: respirar. El lo supo muy bien. No llegó a esos mismos más de cien años del entrevistado de la anécdota, pero  si anduvo cerca, aunque de ello no fue consciente. La respiración le funcionó hasta el ultimo momento, pero de ello ya no estaba atento, porque la atención, la conciencia y la memoria se le fueron agotando sin que se diera cuenta. Cuando las hubo perdido era un ser tan dependiente como aquellos a quienes les agobia un mal de esta naturaleza.

Había hecho tantas cosas en la vida y le había entregado tanto a un arte, a la creación, a un país, a la cultura universal, que no es importante que haya pasado el siglo de vida, sino que de aquí en adelante será su obra de dramaturgo, de autor, de director, de escenógrafo, de arquitecto, de critico, de precursor en el medio nacional de tantos autores europeos que llegaron para permanecer  y para permitir que en este momento Colombia pueda presentar al mundo uno de los teatros más ricos, con poder de audiencia y reconocimiento internacional, no solamente por lo que se hace en escena, sino por los muchos y multitudinarios eventos que como oportunidades claras para la escena se realizan aquí cada año, en diferentes ciudades.

No hay duda de que fue uno de los  pioneros del teatro en Colombia.  Y eso no fue el producto de una improvisación, ni de una educación empírica en ello, sino  el resultado de una formación sistemática en la que el arte, la estética, la creatividad siempre estuvieron presentes.

Desde muy pequeño en su casa jugó a las representaciones. Con sus hermanos y sus amigos de colegio montaban pequeñas representaciones, en  las que hacían papeles de la cotidianidad, que finalmente es la que termina haciendo la existencia. Le gustaba dibujar, pintar, poner colores. Le gustaba hablar en voz alta y tratando de imitar voces de adultos. Le gustaba ese mundo de fantasía en el que la imaginación se convertía en el límite.  Era tan fácil soñar cuando se abandonaba esa realidad que lo rodeaba y se iba por esos mundos  irreales en los que todo era posible. Crear ambientes, crear palabras, crear circunstancias, crear expresiones. Eso era lo que le gustaba.

No fue casual que su primera formación académica fuese como arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia, donde se graduó en forma destacada, si se tiene en cuenta que los profesionales de esta área, tienen que poseer mucho de artistas, pues en ellos está la posibilidad de creatividad sin apartarse de la rígida  solidez de resultados de las matemáticas. Un arquitecto puede ser tan artista como para ser capaz de forzar los espacios con las formas, sin perder de vista la estabilidad que las medidas exactas con cálculos y ecuaciones,  le demandan. No es cuestión de diseñar construcciones como cajones de cemento. No. Es cuestión de que si se agrede a la naturaleza con materiales duros, se haga con enriquecimiento del paisaje. Es ahí en donde surge el arquitecto artista.

En su caso, era mucho más artista que arquitecto, lo que viene a explicar a lo que finalmente se dedicó. Se fue a un espacio en que la creación carecía de los linderos inmodificables de los cálculos estructurales y se podía representar desde la vida real hasta los sueños más locos. Su formación de arquitecto le facilitó, eso sí, que fuese un excelente escenógrafo y que en la dirección de esta área fuese el más acertado, con la capacidad de entenderse perfectamente  con las genialidades de creadores como Alejandro Obregón y Enrique Grau, dos de las figuras cumbres de la pintura colombiana, quienes tuvieron la oportunidad de participar activamente en el montaje y creación de escenografías de importantes obras de teatro.

No se quedó en la arquitectura y por eso se fue a Europa donde estaban las grandes escuelas de la creatividad, luego de haberse matriculado en Bellas Artes en Bogotá, donde exactamente descubrió su vocación personal y el espacio en que se quería realizar.  Cursó estudios de arte dramático  y dirección en el Instituto de Bellas Artes de Paris. De allí pasó al Instituto Universitario de Venecia, donde continuó su amplia formación  en todo lo relacionado con el teatro. Más adelante cursó estudios  en la Universidad Católica de Praga, siempre en artes escénicas.  En Europa tuvo la oportunidad ser alumno del gran director japonés de teatro Jeki Sano, en 1957, uno de los más grandes  por entonces, y por siempre.  Haría más adelante estudios en el Actors Studios de Nueva York y también  en el Teatro de las Naciones en Vincennes, Francia. A manera de sumario resumido de lo que su amplio recorrido por el mundo del aprendizaje en el teatro, lo que le dio las amplias credenciales que siempre tuvo como uno de los grandes maestros del teatro nacional.

Su vida siempre estuvo en las tablas. No la hubiera concebido de otra manera. En el año de 1958 fundó el grupo teatro El Búho, que comenzó a forjar una historia que va para largo en el teatro colombiano. Cuando  la Universidad Nacional tuvo el proyecto de crear una Escuela de Teatro a nivel superior, pensó en su exalumno de arquitectura y su grupo El Búho. Con ese grupo y con ese director nacieron las artes escénicas en el primer centro de educación superior del país.  Todo iba muy bien hasta cuando  se violó el pacto hecho a su ingreso al claustro: se ocuparía con plena libertad de montajes teatrales, sin ceñirse a consideraciones de ausencia de críticas al Gobierno, por ser esa Universidad de carácter público.

Siempre se consideró un “brectiano”, en el sentido de ser seguidor fiel del dramaturgo alemán Bertol Brecht, de quien tanto aprendió.  Se embarcó en el montaje de una de sus obras de mayor formulación de crítica social como es “Galileo Galilei”, en la que se introdujo un corto video en que se cuestionaban actuaciones de los americanos en el sur del continente. De inmediato  el Embjador de USA, en el país, se quejó de manera oficial ante el gobierno nacional y exigió recortar ese pedazo  de la representación teatral.  El grupo funcionaba con financiación completamente estatal. Las directivas de la Universidad llamaron  al responsable de la obra y le exigieron atender la sugerencia del gobierno central. Fue contundente: a esa obra no se le quita una línea, no es posible desvirtuar al autor, el teatro es libre en sus expresiones o deja de ser teatro, para convertirse en representaciones circenses que hagan divertir al público; así no entiendo el teatro, sino como arte que provoca el pensamiento, la crítica. Y renunció de manera irrevocable.

Se fue de la comodidad de un salario permanente y seguro y de unos fondos con los que se costeaban los montajes, que siempre demandan muchos esfuerzos de orden económico. Era que en el teatro había aprendido que crear sin libertad no es crear, apenas alcanza la miseria de servir. No estaba para servir a nadie, ni en general, ni en particular Prefería dar un paso al costado y considerar la manera de seguir haciendo lo suyo, sin las censuras y las restricciones de los presupuestos oficiales. Reflexionó, y lo hizo  por siempre: ”El teatro independiente sólo es posible si no se tienen compromisos con nadie. Vamos a intentarlo”.  Y lo intentó con muchas dificultades, acompañado  de amigos solidarios y con plena identidad ideológica con él. Crearon en Junio de 1966 la Casa de la Cultura, en el viejo barrio de La candelaria, en Bogotá, en la carrera 13 con calle 20, tomaron en arrendamiento  una vieja casona, cuya construcción databa, según sus Escrituras Públicas,  de 1630, pagando una renta mensual de $5.000.oo, que era mucho dinero y deberían  ganarlo con sus presentaciones y recitales.  No fue fácil.  Pero en ello estaba empeñada la voluntad del maestro Santiago Garcia Pinzón, en asocio con otros luchadores  de la cultura como Gustavo Angarita, Carlos José Reyes, Patricia Ariza, su eterna compañera, a quien tanto amó, desde el más profundo y constante erspeto de lo que cada uno era y pensaba. Una unión de siempre, que jamás necesitaron legalizar, porque el amor y el respeto no lo venden envuelto en papel sellado, ni se consigue en ceremonias protocolares que se aferran a contenidos  formales que nada hablan de la esencia del ser humano, como ser social.

Con paciencia, tenacidad, constancia, creatividad, independencia y mucha calidad, el grupo teatral se fue haciendo a un espacio propio en las incipientes artes escénicas colombianas y con el paso de los años, algunos pocos patrocinios, tanto del sector público, como el privado, lograron adquirir el inmueble y pasó a llamarse Teatro Nacional La Candelaria que a la muerte de Santiago sigue  como la gran  insignia de lo que fue su vida, su sueño, su ser, su razón de existir y lo va a hacer por muchos años, porque en la medida de la formación de nuevas figuras, que estuvieron bajo su dirección,  el teatro colombiano se ha consolidado y goza de un espectro propio que no puede ser usurpado por quienes consideran a los creadores como subversivos, porque son capaces de decir lo cierto, sin tapujos y sin darle trascendencia al acartonamiento del lenguaje oficial.

Santiago García fue un enamorado, como su maestro Brecht, de la creación colectiva en el teatro y en ello participó en repetidas oportunidades, siendo el autor de la teoría que se tiene en la materia a nivel internacional, en asocio con el gran maestro Enrique Buenaventura, con quien tenía en común su formación en la escuela francesa y su constante intercambio de ideas por hacer del Teatro  en nuestro medio una verdadera industria del espectáculo, con plena independencia y autonomía económica, sin dejar de lado que es  propio del ser colectivo  y por ende es de la sustancia de lo que es la sociedad. Esta se tiene que ver en las representaciones artísticas, que nunca podrán ser ajenas a lo que se vive en la realidad. La imaginación siempre tendrá como materia prima la realidad. Sin esta, no es posible aquella. Incluso, tanto se ha dicho, a veces la realidad es capaz de desbordar a la imaginación. Al fin y al cabo el creador de lo que existe en el mundo social es el ser humano.

Uno de los mayores ejemplos de lo que es la creación colectiva teatral, es la obra “Diálogos del rebusque”, proyecto en el que se empeñó García con el fin de representar en el teatro a ese ser común, anónimo, que va por las calles del mundo tratando de obtener un medio de sustento, con el ejercicio de los más extraños oficios.  La idea fue suya y así se estrenó la obra. Cuando hicieron funciones de estreno en barrios populares de Bogotá, en uno de ellos les hicieron múltiples observaciones de los muchos personajes de calle que se les habían quedado por fuera. Eso llevó a que la obra fuera reescrita en forma colectiva, pues todo el personal que intervenía en ella, se fue a las calles a hablar con la gente, a conocer nuevos seres de esos de a pie que cuando salen a la vía, al amanecer de cualquier nuevo sol, saben que ni siquiera tienen con que tomarse un café y no se angustian. Esa es la vida de siempre. Deberán rebuscarse lo que sea, pero no se van a dejar morir de hambre y son capaces de comer de todo, incluso de aquello que los demás no se comen. La obra se fue perfeccionando poco a poco con el aporte de mucha gente. Cada vez era más completa, pero nunca estuvo terminada, con cada representación surgían nuevas inquietudes. A García nunca le preocupó que no estuviera culminada.  De eso se trataba, de un eterno devenir de creación, con el ser de cada día, que todas las horas se renueva en el pavimento y las aceras.

Otro de los grandes montajes dirigido por García fue “Los diez días que estremecieron al mundo”, basado en el libro del mismo nombre del periodista norteamericano John Reed, en que narra los hechos esenciales de la denominada Revolución Bolchevique de octubre de 1917, cuando el socialismo  se impuso como ideología de un gran país, Rusia, que se ha mantenido en ello aunque con todas las variantes que  determina el manejo del capital como fuerza de  impulso de la sociedad.  Marcó una época fundamental en el teatro colombiano.

Muchas fueron las obras en  las que actuó, que dirigió, que escribió, que investigó, que hizo montajes escenográficos, como que en el teatro nada le era desconocido. Sin duda una de las que lo marcó y marcó la escena nacional fue “Guadalupe años sincuenta”, en la que se llevó a las tablas la vida del guerrillero liberal Guadalupe Salcedo, quien se replegó a los llanos orientales, con el fin de salvar su vida y la de muchos liberales, cuando la violencia exterminadora de partidarios de la bandera roja eran victimas de los seguidores  de las toldas azules, cuyos dirigentes llegaron al convencimiento que la mejor manera para que los contrarios nunca más les volvieran a ganar elecciones, era eliminando a la totalidad de los votantes colorados.  Y la obra da cuenta de lo sucedido en los combates, en el sometimiento ante una engañosa amnistía de Rojas Pinilla y de su muerte en un duro enfrentamiento con la fuerza pública en una casa de un barrio de clase media en Bogotá, cuando Salcedo esperaba las oportunidades prometidas y sobre él cayó una tempestad de plomo. Esa puesta en escena marco de alguna manera el camino del èxito definitivo del Teatro Nacional La Candelaria.

El cine y la televisión no le fueron extraños a García. Actuó en la película “Milagro en Roma”, de Lizandro Duque Naranjo, el director nacido en Sevilla, Valle y con guión del maestro Gabriel García Márquez.  Fue una sobria representación que dejó saber lo mucho que conocía del arte de actuar. De la misma manera lo hizo en varias series de televisión, aunque no era muy amigo de simples presentaciones comerciales por entretener, demandaba compromiso social en todo momento, y además  en unas pocas  ocasiones, desafortunadamente, fue director y guionista de obras para la pantalla chica.

En el 2012, de alguna manera, consideró cumplido su ciclo en el teatro y la necesidad de darle paso a nuevas figuras, por lo que renunció al grupo de La Candelaria y se fue a casa a pintar. Era otra de sus pasiones.  Hizo algunas exposiciones, pero en esencia pintaba para dejar salir  en colores sobre óleos lo que quería hacer conocer, así fuera de si mismo. Quería exteriorizar esos pensamientos en colores que le rondaban la cabeza.

En ese mismo 2012 el Instituto Internacional de Teatro (ITI) lo designó Embajador  Universal del Teatro. Su nombre le daba lustre al cargo honorífico, aunque siempre se sintió profundamente orgulloso de ser reconocido a nivel mundial como una de las figuras  determinantes del teatro del siglo XX en el mundo. Había trascendido todas las fronteras de la cultura. No fue su propósito buscar fama o dinero, como que siempre  se burló de las solemnidades y los títulos, con su extraordinario sentido del humor, que usaba en momentos difíciles para burlarse de lo peor que le pudiera estar ocurriendo, pero nada diferente podía arrojar una existencia tan consagrada  a lo que siempre fue su pasión, por lo que lo rodeó la fama y la gloria y tuvo recursos para vivir muy dignamente del teatro.

En el 2019, en asocio con Patricia Ariza y Carlos José Reyes, le fue impuesta por el gobierno nacional la Medalla al Mérito Cultural, por  la totalidad de su obra y de su vida.

En los últimos meses de su vida no se le olvidó respirar, pero ya no lo hacía en forma consciente, como siempre lo hizo, en la convicción de que respirar era el equivalente a soñar, trabajar, sentir, tener las ganas todos los días, a todas horas de hacer algo, era apenas una respuesta mecánica de un cuerpo con más de 90 años, a cuyo alrededor podía pasar cualquier cosa sin que a él nada le importara. Respirar estaba en su cuerpo, pero faltaba en su memoria, en su conciencia.

Había nacido  en Bogotá  el 20 de diciembre de 1928 y se fue de la vida  sin ser consciente de ello, el 23 de marzo de 2020, cuando todo le era ajeno. El alzheimer se había  apegado a su vida, a una vida  en la que se hicieron tantas cosas, todas ellas sobrevientes por siempre, como las de todos los inmortales que viven para permanecer. El teatro colombiano nunca podrá ser pensado sin la figura cumbre de Santiago García Pinzón.