1 de marzo de 2021
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Méjico lindo y sufrido (IV)

27 de abril de 2020
Augusto León Restrepo
Alguna vez invité a un amigo manizaleño al desaparecido Club Caldas de la ciudad de Bogotá, para degustar platos típicos de nuestra región y me rechazó la invitación con cajas destempladas: «gracias, pero yo ya superé la comida típica, las artesanías y los bailes folclóricos». Pues yo no. Y me fui solo a ese lugar de grata recordación. Aquí, en mi tierra, aún voy con mis amigos a buscar sabores regionales. Y desde luego, a donde vaya, busco lo que ofrecen como lo mas representativo de la culinaria local. Y sus expresiones musicales . Y le doy una pasada a los almacenes de artesanías. En la ciudad de Méjico, es imparajitable ir a la Plaza de La Ciudadela. Allí encuentra una amplia edificación con trescientos artesanos mas o menos, que ofrecen una muestra de su trabajo, de reconocimiento universal. La artesanía mejicana, por sus colores y terminados, es peculiar y decorativa. No vamos a hacer de pregoneros, refiriéndonos a cada uno de sus géneros. Vamos a entrar detrás de lo que para mí es lo mas atractivo: las catrinas y los alebrijes.

Con las catrinas , desde que las conocí, fue amor a primera vista. Son una mezcla indescifrable de humor trágico, mensaje filosófico subliminal, pero también sonreída esquelética invitación a la vida adornada, no ordenada. Porfirio Barba Jacob, que le debe tanto a Méjico de su renombre como poeta, dijo que hay que vivir dentro de un mágico desorden. Digresión se llama esta figura.

Mi Catrina

Según cuentan, la catrina fue una figura ideada hacia 1910 por un dibujante de nombre José Guadalupe Posada y bautizada por Diego Rivera, el muralista. Catrina es el femenino de catrín. Y catrín, en mejicano, es una especie de filipichín, que siempre anda con una dama tan bien vestida como él, pero a quienes se les nota su etnia indiada y mestiza. La calavera, de sexo femenino se supone, aun cuando creo que las calaveras no tienen sexo, solo va tocada con un sombrero, lo mas elegante que se pueda. Los demás adornos y versiones, están a cargo de los imagineros. Pero su significado, es muy aplicable a todos los latinoamericanos: estamos en los huesos, pero queremos ser franceses o españoles. Así sea únicamente por los atuendos.

Desde un estante de libros, me mira una catrina pequeña, con un hijo calaverita y unas flores en los brazos, que me está recordando la frase de su creador José Guadalupe Posada: «La muerte es democrática, ya que a fin de cuentas, güera (rubia), morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera». En el cementerio de mi pueblo, en su frontis, hay una calavera cruzada por dos húmeros, como la de la bandera de los piratas, y debajo una frase que reza «Lo que eres fui; lo que soy serás». Vean pues. Un trasvase cultural, como dicen ahora.

Mi Alebrije

Lo que ni siquiera los chinos pueden adocenar son los alebrijes mejicanos, esas figuras maravillosas, de fábula, fantásticas, que se consiguen por todas partes, elaboradas en papel maché, cartón o madera y que identifican la expresión mas auténtica de la artesanía mejicana. Yo no sé si cada pieza es única, pero si se hacen en serie, por centenares, no pierden su gracia ni su atractivo. Es un esplendor surrealista, un sumum de la creatividad. Por algo surgieron de las alucinaciones producidas por la fiebre al artesano Pedro Linares en 1936, en las que aparecían figuras zoomorfas, combinadas unas con otras, quienes aterraban a Linares con sus gritos monocordes de ¡alebrijes…alebrijes…alebrijes..!. De ahí su nombre. En las repisas, bibliotecas, cualquier lugar de la casa de quien ha ido a Méjico, luce un alebrije. Algunos le dan contenido esotérico. Tal vez porque recuerdan que hay un alebrije inmortal. Pepita, una combinación entre águila, jaguar, carnero e iguana es la guía espiritual de Mamá Imelda, la tatarabuela de Miguel, el protagonista de Coco, la película inolvidable de Disney. Yo tengo un alebrije de madera, que no me canso de mirar, así es la fascinación que en mí ejerce. Dicen los mejicanos que uno no escoge a su alebrije; que es el alebrije el que escoge a su dueño.

Terminado el recorrido extenuante, la retina impregnada de colores, de cromatismo rutilante, encontramos al frente de Artesanías Ciudadela, la Biblioteca de Méjico, José Vasconcelos. Vasconcelos es una de las figuras mas destacadas de la intelectualidad mejicana de todos los tiempos. Y como reconocimiento perenne bautizaron esta Biblioteca con su nombre. Si a alguien se debe la difusión de la cultura de su país es a este político, novelista y funcionario público cuya obra mas difundida y polémica fue el ensayo La Raza Cósmica, en el que nos anuncia a los latinoamericanos como la quinta raza, dueña del futuro. Vasconcelos murió a los 77 años de edad, en 1959. Y el espacio también murió, pacientes lectores. Hasta el próximo lunes, en que encontrarán ustedes la última crónica sobre este discursivo y multitemático viaje.