1 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Méjico lindo y sufrido. (III)

20 de abril de 2020

Ya habíamos escrito que desde hace unos cinco años no pisábamos tierras mejicanas. Y en este lapso se recogen impresiones de otros viajeros que nos abren perspectivas y ayudan a elaborar itinerarios para el apretado tiempo de estadía en ciudades como la capital de Méjico, que uno quisiera agotarlos en sus múltiples ofertas turísticas. En esta oportunidad nos concentramos en las que nos insistían como imperdibles. La primera, una visita al Museo Soumaya, de la Plaza Carso, inaugurado en 2011 con una gran fiesta que contó con la presencia de Gabriel García Márquez, que en el país azteca era invitado a cuanto foforro cultural se celebraba. García Márquez se consideraba mejicano como tantos colombianos de todas las clases y pelambres, que nos identificamos con su música, su arte, sus tradiciones . La frase peyorativa de nuestro humorista Jaime Garzón de que solo los de abajo quieren ser charros, no es cierta. La frase es buena, pero discriminatoria. Ricos, clase media y pobres llevamos algo de mejicano en las vísceras. Lo dicho por Garzón es, mutatis mutandis, que en Colombia los de arriba quieren ser ingleses; los intelectuales, franceses; los de clase media gringos y los del pueblo raso, mejicanos.

El Museo Soumaya se denomina así en homenaje a quien fue esposa del potentado Carlos Slim Hilú, Soumaya Domit, quien falleció a los 51 años de edad. Su edificación está compuesta por 16.000 hexágonos de aluminio y tiene 46 metros de alto y seis pisos de salas de exposiciones. A mí me abrumó su recorrido. Es que salvo algunos excepcionales museos, como El Prado de Madrid, casi todos agreden y asustan, porque uno quisiera tragarse toda la información que contienen. Imposible faena. El Soumaya exhibe originales comprados en reconocidas casas de subastas de , para mencionar solo algunos, El Greco, Tintoretto, Zurbarán y Murillo, de Degas, Monet y Renoir, de Van Gogh, Picasso y Dalí, y desde luego de los conocidos muralistas autóctonos como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Álvaro Siqueiros.

Y Frida Khalo. Y una sala dedicada a obras, originales y copias de altísima calidad del escultor francés Augusto Rodin. Y de los colombianos, Botero, con una pequeña pieza y un retrato de Porfirio Díaz, (1830-2015) presidente de Méjico en siete ocasiones, para un total de 31 años, de un pintor zipaquireño nacido en 1871, Federico Rodríguez Mendoza, cuyo nombre desconocía. Después de seis apabullantes horas, un par de Margaritas y unas enchiladas «patriotas», con abundante salsa verde, natas -suero para nosotros-, blanco, y salsa roja, los colores de la bandera mejicana, nos dieron arrestos para una callejeada nocturna por el Centro Histórico.

La Plaza de la Constitución o El Zócalo, que es el nombre informal del ágora por excelencia de la ciudad de Méjico, es uno de los espacios públicos más historiados y reseñados en el mundo. Su armonía arquitectónica es admirable. Al rededor de su magnificente Catedral, se encuentran los Edificios que albergan los poderes del Estado, los municipales, como el Ayuntamiento y el Edificio de Gobierno. En ambos se encuentran murales de gran tamaño de Tamayo, Siqueiros y Diego Rivera, que no pudimos apreciar, porque ya habían cerrado. Y en una de sus esquinas, su estación de metro, a la que bien vale un acercamiento. Ingresamos a la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Virgen María y evocamos una frase de Humberto Eco que dice mas o menos que si Jesucristo no es Dios, merecería serlo por haber inspirado la pintura religiosa, las catedrales y la música de Bach.

Caminamos en una tarde-noche inolvidable por la calle peatonal que une El Zócalo con el Palacio de Bellas Artes, otra edificación icónica del Centro Histórico y sede del Ballet Folclórico de Méjico, donde se presenta en largas temporadas. El paseo lleva el nombre de Francisco Madero, quien hacia 1911 ocupó la presidencia de Méjico durante 15 meses y quien terminó su vida asesinado hacia 1913, cerca del Palacio de Lecumberri, que antes fue una prisión tortuosa donde estuvo detenido el poeta y novelista nuestro Alvaro Mutis durante quince meses, que dejó relatados en su libro Diario de Lecumberri. Pero bueno. Almacenes, librerías, joyerías, restaurantes y taquerías asépticas y concurridas nos entretuvieron hasta las nueve de la noche, hora en que cenamos en el restaurante de la Casa de los Azulejos, de fachada cubierta de azulejos del S XVIII y que es un sitio referencial considerado como una joya del barroco mejicano. En la época virreinal fue residencia de los Condes del Valle de Orizaba, después sede del clasista Jockey Club y luego sus amplios salones y corredores se convirtieron en la Casa del Obrero Mundial y terminaron como la casa matriz de los almacenes Sanborns de tiendas, restaurantes, librerías, cafés y discos.

El lunes próximo será otro día. Hasta entonces.