27 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Los últimos días del maestro y su pupilo

Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
11 de abril de 2020
Por Orlando Cadavid Correa
Por Orlando Cadavid Correa
Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
11 de abril de 2020

Se acaban de cumplir 36 años de la desaparición del irrepetible periodista bogotano Iáder Giraldo, el tambor mayor de “Los Gorilas”, y vemos que la ocasión la pintan calva para rescatar un precioso documento que merece página de honor en la historia del diarismo nacional.

Original como ninguno hasta la víspera de su fallecimiento, el arquetipo de la reportería política nos quiso demostrar con este episodio que nadie lo iba a chiviar con algo tan personal como la noticia de su propia muerte:

Iáder llamó por teléfono desde la clínica, dos días antes de ingresar al quirófano, a su maestro, don José Salgar, a El Espectador, para despedirse, y se ofreció a llevarle al más allá cualquier razón a su papá o su mamá, por si acaso. “El Mono” no pudo evitar que de sus ojos claros escaparan dos grandes lagrimones.

Giraldo expiró horas después en el quirófano, y su mentor principal lo despidió así en su columna “El hombre la calle”, de “El Canódromo”:

“IADER. Vi muy de cerca a Iáder Giraldo durante toda la intensidad de su gorilato, que recuerdo  como una de las épocas de mayor agudeza e ingenio reporteril de El Espectador.

Por eso puedo hablar de los dos Iáderes, el humano y sencillo, que sólo conocieron en la intimidad su familia y unos pocos amigos,  y el tremendista, que llegó a  hacerse temible ante los hombres públicos y desconcertaba con sus audacias a sus lectores y televidentes.

Iáder entró al periodismo político dispuesto a romper viejos moldes, a tratar a los figurones con confianza y a veces con agresividad, para poder desmenuzarlos mejor ante la opinión pública.  Pero era admirable la forma como combinaba esa imagen de niño terrible con talento y responsabilidad de buen profesional periodístico.

Era un lector voraz.  Se documentaba bien antes de una entrevista y se adentraba hábilmente en el lado flaco del personaje. Por eso casi siempre las preguntas eran más inteligentes que las respuestas. O bien, conducía al entrevistado, como los buenos toreros a los malos toros, hasta obligarlo a embestir. 

Fue creador de celebridades y de estrellas fugaces y las miraba crecer, brillar y pasar con cierto irrespeto y ácida crítica.

Un día dejó la sala de redacción de El Espectador para buscar otros campos a su impetuosidad, pero conservó la devoción hacia sus compañeros de la época.  Muchas veces volví a ver a ese otro Iáder que se enternecía con sus hijos y sus nietos y que encontró en Raquel, su esposa, a una mujer adaptada admirablemente a un temperamento tan difícil.

Hasta el último momento Iáder conservó su forma de ver la vida y la muerte a través de formas sarcásticas y crueles. Dos días antes de la operación, de la que no regresó, me llamó por teléfono en plan de despedida, lo animé y le dije que arreglar el corazón era hoy como sacar una muela.  Me respondió: 

-Si.  Todo eso está muy bien, Todo eso está muy bien. Pero, por si acaso, puedes mandarles conmigo cualquier razón a tu mamá y a tu papá”. 

La apostilla: Si viviera el “gorila” Iáder Giraldo ya habría rematado una de sus columnas diciéndonos que el coronavirus se equivocó de mechimono,  pues debió dejar tranquilo,  en Londres,  al premier británico Boris Johnson,  y llevarse a cuidados intensivos al locuaz presidente gringo Donald Trump.