17 de septiembre de 2021
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Los gazapos de Delimiro Moreno

22 de abril de 2020
Por Mario De la Calle Lombana
Por Mario De la Calle Lombana
22 de abril de 2020

Voy por mis dos milloncitos

Lo primero es felicitar cálidamente a Delimiro Moreno, autor de la columna Los gazapos de “Vivir para contarla” −publicada en EJE 21 el pasado 19 de abril− por la paciente y concienzuda labor de espulgar la obra autobiográfica de Gabriel García Márquez, labor digna de Argos, o de Efraím Osorio o de Cazador, quien tuvo en este diario, durante algún tiempo, un ameno coto de caza en el que atrapaba gazapos en las publicaciones escritas o pronunciadas por comunicadores de la comarca, pero que a poco andar nos dejó, quién sabe por qué motivo. Lástima, porque fueron muchos los gazapos que capturó en esas pocas semanas.

Lo segundo es contarle al autor de la columna que él muy bien se merece los cuarenta y ocho millones de pesos por los numerosos gazapos (exactamente 24) que le atrapó en esa obra a García Márquez, nuestro insigne Nobel (así, sin tilde, para que se pronuncie correctamente como palabra aguda, como corcel y redondel, y no Nóbel, como de forma errónea pronuncian prácticamente todos, con la honrosa excepción de los presentadores de noticias de CM&). Seguramente los recibirá, si es que Moisés Melo cumple su promesa de premiar con dos millones cada gazapo encontrado.

Yo también, por mi parte, voy a ir por mis dos milloncitos. No he leído Vivir para contarla, pero acudo a la información dada por el propio Delimiro Moreno en su columna. Dice así, transcribiendo textualmente a García Márquez: «Hasta la madrugada de aquel 13 de junio, cuando el general de división Gustavo Rojas Pinilla sacó del palacio al presidente encargado Roberto Urdaneta Arbeláez, Laureano Gómez, el presidente titular en uso de buen retiro por disposición de sus médicos, reasumió entonces el mando en silla de ruedas y trató de darse un golpe a sí mismo y gobernar los quince meses que le faltaban para su término constitucional. Pero Rojas Pinilla y su plana mayor habían llegado para quedarse». En ese texto hay otro gazapo del Nobel que no han pillado ni García Márquez, ni William Ospina, ni Moisés Melo, y ni siquiera el mismísimo Delimiro Moreno: los grados de los oficiales en el ejército colombiano son: subteniente, teniente, capitán, mayor, teniente coronel, coronel, brigadier general, mayor general y general. (Este último es de los cinco soles en su insignia). Por ninguna  parte aparece el grado de «general de división». Esos dos millones son míos. Cabe anotar que tampoco sobrevivió el grado que, para sí mismo, se inventó Gurropín (como lo llamaba el inmortal Klim) una vez asumió la presidencia de la república: «teniente general». ¿Recuerdan? «Con ustedes el señor teniente general jefe supremo, Gustavo Rojas Pinilla, presidente de la república de Colombia», era la frase con la que lo presentaban por la recientemente instalada Radio Televisora Nacional de Colombia, uno de los adelantos, con el aeropuerto Eldorado, que le dejó ese gobierno al país.

No sé si, de paso, podré reclamar algún premiecito adicional por cazar los gazapitos que se le escaparon a Moreno en su columna. Errare humanum est, y a todos nos toca alguna vez. Yo siempre doy un consejo a quienes escriben para el público, pero a veces ni yo mismo lo sigo y… claro: la embarro. «Termine la columna y revísela. Déjela una hora. Antes de enviarla, revísela una vez más». Generalmente se encuentra el último errorcito que quedaba.

Volviendo a los gazapitos de Moreno: No son errores demasiado importantes, pero veamos:

Por ejemplo, en el primer párrafo de su escrito, cuando hace el inventario de los libros de García Márquez que ha leído, Moreno da muestras de unas extrañas inconsistencias en el uso de las mayúsculas: Cien Años de Soledad, El coronel no tiene quién le escriba, El Otoño del Patriarca, El amor en los tiempos del cólera; Crónica de una muerte anunciada. ¿Cuál será el criterio con el que decide qué va con mayúscula y qué con minúscula? Además, ¿por qué decide separar todos esos títulos con comas, menos el último que aparece después de un punto y coma? Y, por último, en este primer párrafo, al final de la penúltima línea, en lugar de escribir «Nuestro Nobel» ¿por qué no escribió «nuestro Nobel»? La proliferación de mayúsculas pertenece al idioma alemán, no al castellano.

Otro gazapo: Al hablar del segundo error que le cazó a García Márquez, Moreno escribe: «En la página 159 habla de la epopeya interplanetaria de Flash Gordon, La invasión de Mongo” …».  Aquí se le escapó la apertura de las comillas. Lo correcto habría sido: «… de Flash Gordon, La invasión…”.».

La siguiente anotación es puramente técnica: si empezamos a contar párrafos después del subtítulo «Lecciones de historia», y llegamos al sexto, encontraremos en el sexto renglón la siguiente frase: «…y entre los presidentes del siglo XIX −que no se puede borrar de una plumada como lo hace García Márquez-, …» Se nota claramente que el guion inicial es más largo que el final. Eso es porque la versión de Word en poder del autor estaba diseñada así. En versiones posteriores Microsoft arregló el asunto y ya ambos guiones salen iguales… pero muy pequeños, así: -iguales pero pequeños-. Ese error se repite en el último párrafo de esta sección, renglón siete, donde dice: «−roto por una sola y efímera guerra civil general-». Y tres renglones más adelante, en la frase «−turbada por incidentes menores (…) que tampoco fue una guerra-». Este es un error fácilmente corregible. Para quienes se interesen, al final de esta columna contaré cómo se puede arreglar.

Un comentario adicional: a quienes creemos en que vale la pena el esfuerzo por conservar lo más posible la pureza del idioma y luchamos por eso, se nos sale siempre con el cuento de que García Márquez, que es una verdadera autoridad, escribió una diatriba contra la ortografía y el uso de las tildes. De ser verdad, esta fue obviamente una gran humorada del genial novelista. Prueba de ello son las honestas declaraciones del maestro, cuando dice (y las transcribo de la misma columna de Delmiro Moreno, tomadas por este de las páginas 472 y 473 de Vivir para contarla): «hasta los errores de mecanografía me alteran como un error de creación», y también que «soy un esclavo de un rigor perfeccionista».

Para quienes hayan quedado con curiosidad sobre el tema de los guiones de tamaños diferentes: repito, es fácilmente corregible. Yo sugiero que se utilicen los guiones de la batería de símbolos del programa Word: hay que pulsar Insertar en la barra de herramientas del computador y aparecerá un cuadrito arriba a la derecha con solo dos opciones: la una es «π Ecuación» y la otra «Ω Símbolo», y esta última es la que se debe seleccionar. Aparecerá una tabla con centenares de símbolos, bien clasificados, y allí se escoge dos veces el guion. El resultado será el que deseamos −guiones iguales, pero más grandes−. Se ve mejor.