25 de febrero de 2021
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27 de abril de 2020
Por Hernando Arango Monedero
Por Hernando Arango Monedero
27 de abril de 2020

En estos días en los que se dicen tantas cosas alrededor del Covid-19, y cuando a nuestros oídos llegan tantas ideas sobre las consecuencias de la cuarentena a la que nos vemos obligados por prevención y como único medio confiable para no caer víctimas del mal, ya estamos al borde de no saber qué pensar o qué decir sobre lo que sobre nosotros pende y lo que sobrevendrá.

Sí, estamos en algo así como en babia. Que hay que lavarse las manos cada tres horas y después de haber tocado algo. Que hay que usar tapabocas. Que debemos usar guantes. Que si acaso salimos de casa a cualquier diligencia, al regresar debemos quitarnos el vestido al llegar y proceder a lavarlo. Que los mayores 70 años no debemos asomar las narices a la calle so pena de morir en el intento. Bueno, las recomendaciones llegan a niveles extremos, a veces, de acuerdo a lo que alguien, catalogado como experto, diga.

Eso de una parte. Porque de otra, encontramos a la autoridades dando instrucciones para actuar en los días que vivimos. A ellos los acompañan expertos en salud, y también allí aparecen los que armados de estadísticas nos muestran el camino del desastre que se avecina desde el punto de vista económico. No se esconden en estos grupos quienes alertan sobre lo que padecen determinadas zonas sociales y económicas. Unos ciudadanos claman por alimentos ya que por la cuarentena no pueden salir a ganarse el pan de cada día, lo que les lleva a padecer la tortura del hambre con los suyos. Otros ven desaparecer el empleo que les permitió subsistir hasta hace unos días, pues la empresa en la que laboraban ya desaparece. Otros, porque el esfuerzo de toda una vida y fuente de sus ingresos no puede operar. Todo se nos muestra como trágico y todo nos lleva a pensar que hay algo que se debe hacer.

Y en ese pensar y sopesar lo que tenemos en frente como reto, la mente se niega a acompañarnos para dilucidar el camino a seguir.  Este drama se tiene en todas partes del mundo. En algunos países el Estado ha podido dar ayudas de una u otra índole para salvar empleos y mitigar el hambre. En otras partes los recursos no dan para tanto. Pero allá o acá, las gentes ya empiezan a entender que la solución no es la de esperar a ver qué pasa y quién vendrá en nuestro rescate. Las gentes empiezan a buscar el cómo salir de las casas, de las guaridas que ellas representan, y desafiar, guardadas las prevenciones que sean necesarias recomenzar, dado que la posibilidad de tener una vacuna que nos inmunice contra el virus no estará antes de un año o algo más. Así las cosas se ven como un desafío. Como un reto, así en ello se nos vaya la vida. Así actuamos siempre. Esa es la realidad. Por ello se han dado las revoluciones. Por ello desafiamos las balas y cuanto obstáculo esté en frente con el fin de vencer lo que nos impide alcanzar lo que anhelamos.

Y, todo lo anterior, sólo porque el volumen desproporcionado de información nos ha llevado a la ceguera que nos hace tomar una determinación como esta. Y, lo peor de todo, es que sean cuales sean las disposiciones y los llamados protocolos, carecemos de la disciplina que es necesaria para protegernos, así sea en mínima parte, frente al mal que nos reta.

Ya vamos a salir. Sí! Ya estamos listos. Pero entre tanto podemos hacerlo, hay quienes desde los puestos de liderazgo consideran que está bien, pero a la vez está mal. Que planear una estrategia es algo lento y que, si el uno dice blanco, el otro dice negro. Que uno es mucho y que mil son pocos. Parece que no es posible compaginar criterios y avanzar con la cautela que se demanda. Allí estamos pintiparados, y la disciplina a la que he hecho mención no es posible infundirla como medida primaria de precaución, porque la misma no se aplica desde donde debe darse el ejemplo.

Ejemplo desde allá y hasta acá, quien lo diga y por lo que lo diga, porque sabe o porque posa de saberlo. Porque manda o porque informa. Porque alerta o porque presagia catástrofes. De esta manera todo lo que nos llega sólo conduce al caos.

Manizales, abril 27 del año de la Peste.