12 de agosto de 2022
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Liderazgo con valores (Fin)

12 de abril de 2020
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
12 de abril de 2020

“Habiendo reunido a los Doce, Jesús les dio autoridad sobre todos los demonios y poder para sanar las enfermedades. Y los envió a anunciar el Reino de Dios y a hacer curaciones” (Lc 9, 1-2).

Trabajo en equipo: 

Jesús, como buen líder, escogió a sus colaboradores, llamándolos a seguirlo, según enseñan los textos evangélicos. “Síganme, que yo los haré pescadores de hombres” (Mc 1, 17)., dijo a los primeros discípulos, Pedro y su hermano Andrés, quienes eran pescadores en Galilea. Fue así como formó su propio equipo de trabajo, para expresarlo en lenguaje contemporáneo, característico del mundo empresarial y, en general, de las distintas organizaciones sociales.

Un líder, en consecuencia, debe formar su equipo. Para ello, ha de tener sumo cuidado en su selección, buscando no sólo la debida formación profesional, indispensable en los tiempos que corren, y la correspondiente experiencia laboral, sino sobre todo que posean valores espirituales y morales, desde la responsabilidad y la disciplina hasta la honestidad y la lealtad, entre otros que ya hemos identificado. Esto último es lo primero, sin duda.

La capacidad de formar un buen equipo es esencial al liderazgo, pero también hay que saberlo guiar, orientar y dirigir, de lo cual Jesús dio múltiples pruebas en su vida pública. Hoy se dispone de avanzadas técnicas administrativas para el adecuado manejo del personal, pero también hay que tener la suficiente autoridad moral que sirva de veras como ejemplo. La autoridad moral es indispensable. Del líder, en primer término, aunque igualmente del resto de sus colaboradores, quienes a su vez están llamados a ser líderes, a aprender de su maestro el verdadero liderazgo.

Ser unidos y resolver conflictos:

Entre las tareas básicas, fundamentales, está la de mantener unidad en el equipo, a pesar de las naturales diferencias que nunca faltan por las mismas diferencias entre las personas de acuerdo con sus capacidades. Entre los apóstoles, claro está, las había, según lo confirma la presencia de Judas Iscariote, quien traicionó al Maestro. Pues bien, la unidad debe imponerse a pesar de eso, como en efecto ocurrió.

La diversidad de criterios, que es tan conveniente y enriquecedora, no puede destruir a la organización, cuyo líder tiene que reducir al mínimo los conflictos y saberlos resolver en lugar de generar más problemas.

Es lo que en la actualidad se conoce, en el campo de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE), como Buen Gobierno Corporativo, cuyo propósito central es precisamente solucionar los conflictos de intereses, no sólo con los grupos internos -accionistas y empleados- sino también con los grupos externos -clientes, proveedores, acreedores, gobierno, comunidad…-.

Labor educativa del jefe:

De otra parte, la capacitación del personal es a todas luces necesaria. Recordemos, a propósito, que Jesús era Maestro, un profesor a carta cabal, y que en tal sentido desarrolló una intensa labor de formación entre sus apóstoles y los miles de personas que le seguían, a quienes incluso explicaba mensajes complejos, del más hondo contenido teológico, por medio de atractivas parábolas que aún los niños aprenden con facilidad.

Esto exige al jefe, cualquiera sea, que ante su personal esté siempre como en un salón de clase, dispuesto a compartir sus conocimientos y las claves de su liderazgo.

La mejor capacitación posible, además. En centros especializados, si es necesario. Con mayor razón en la nueva Sociedad del Conocimiento, cuyo desarrollo depende cada vez más de los avances tecnológicos que surgen del progreso científico, enfrentando así los graves problemas sociales que nos afectan, encabezados por la pobreza que tanto cuestionó Jesús en sus predicaciones.

La educación es, al fin y al cabo, el principal medio para romper el círculo vicioso de la pobreza, especialmente en los países víctimas del atraso y el subdesarrollo, según demuestran numerosas investigaciones en el mundo entero.

Empoderar a los colaboradores:

Todo lo anterior conduce a un auténtico empoderamiento –empowerment, en la jerga empresarial de moda-. Que el líder enseñe a sus colaboradores a ser líderes, a ejercer un liderazgo como el suyo -“Sed perfectos, como vuestro Padre Dios es perfecto”, decía Jesús- y a que tengan esa autoridad o poder del líder, aún para lograr cosas imposibles, como son los milagros. El poder de expulsar demonios y curar todas las enfermedades y dolencias, por ejemplo. Es el empoderamiento en sentido estricto, desde lo más profundo de la conciencia humana.

Los discípulos deben llegar a ser como su maestro. He ahí el gran reto de todo líder, formando nuevos líderes para que ellos cumplan también su tarea con otros, en busca de la perfección señalada por Jesús, quien de veras realizó esto con sus discípulos, convirtiéndolos en líderes de una nueva Iglesia que se ha mantenido desde entonces a lo largo de dos mil años, siendo hoy la mayor del mundo.

San Pedro, fundador de la Iglesia por mandato de Jesús, es ejemplar al respecto, pero también los demás discípulos, cuyo liderazgo se demuestra con creces en las bellas páginas de Los hechos de los apóstoles.

Preguntas finales:

¿Qué tanto actúan así los líderes o jefes de gobierno, de empresas, de centros educativos o de los mismos hogares? ¿Participan de ese proceso de empoderamiento, de transmisión de su liderazgo y poder, o prefieren en cambio conservarlo a toda costa, protegerlo con espíritu egoísta e impedir que sus gobernados, empleados o colaboradores se transformen en líderes y lleguen acaso a reemplazarlos, a ocupar su lugar o dejarlos sin puesto?

El individualismo, en verdad, es a veces un obstáculo insalvable para que el liderazgo se multiplique como debe ser, primando los intereses particulares sobre los generales y, por ende, yéndose en contra del bien común, objetivo último de la ética cristiana.

(*) Autor del libro “Liderazgo con valores”, publicado por la editorial española Digital Reasons (www.digitalreasons.es)