18 de agosto de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Liderazgo con valores (6)

10 de abril de 2020

“Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera asegurar su vida la perderá, y quien sacrifique su vida por mí y por el Evangelio, se salvará… 

¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo? Pues, ¿de dónde sacará para rescatarse a sí mismo? (Mc 8, 34-37). 

Esto lo dijo Jesús tras admitir que es el Hijo de Dios, el Mesías esperado por el pueblo de Israel, y anunciar tanto su dolorosa muerte en la cruz como su posterior resurrección. Pero, al ver que Pedro, uno de sus discípulos predilectos, intentaba hacerlo desistir de su cruel calvario, lo reprende con dureza, como si el futuro primer Papa de la historia actuara por obra del demonio.

“¡Fuera de mí, Satanás! ¡Tú no piensas como Dios sino como los hombres!”, le dice, y luego -agrega el evangelista Marcos- llamó a sus discípulos y a “toda la gente” para pronunciar las palabras que reproducimos arriba, las cuales nos permiten apreciar, una vez más, las características del auténtico liderazgo cristiano, encarnado precisamente por Jesús. Entremos, pues, en materia.

Del éxito al fracaso

Empecemos esta vez por el final: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?” De hecho, quienes ganan o triunfan en el mundo son los líderes, quienes ocupan puestos de primacía en la política, los negocios, el gobierno y, en general, las distintas organizaciones sociales. Son algo así como los dueños del mundo, gracias a su poder económico, político, empresarial, académico, etc.

No obstante -observa El Maestro, conocedor cual más de la naturaleza humana-, tanto poder no sirve de nada si se hace a costa de los valores espirituales y morales, de los propios mandatos de Dios, de todo aquello que dignifica al hombre en lugar de destruirlo, ser presa del pecado y ponerse al servicio del mal, en perjuicio de sus hermanos.

En tales circunstancias, la persona se pierde a sí misma, pierde su alma y va rumbo, en forma inevitable, a su condenación eterna, a su autodestrucción. “¿De qué le sirve al hombre, entonces, ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?” ¿De qué le sirve? ¿Y quién podrá salvarlo cuando él se ha condenado de antemano? No hay salvación posible, en realidad.

Condena o salvación

¿Cuántas personas -preguntémonos- quieren ganar el mundo y para conseguirlo hacen lo que sea, violando si es necesario las normas morales y jurídicas? ¿Cuántas, al lograr esos propósitos (riqueza, poder político o social, fama…), se sienten vacías, sucias, y terminan sus vidas mal, muy mal, pagando con creces su ambición? Usted, apreciado lector, conocerá seguramente a muchos hombres y mujeres así, quienes de veras inspiran lástima, vergüenza o enérgico rechazo.

Sobre la primera parte del texto, se explica en gran medida por lo que hemos dicho: hay quienes tratan de ganar el mundo, de “asegurar su vida” (por ejemplo, con cuantiosas riquezas que les garanticen su futura estabilidad económica), pero al actuar en contra de las leyes de Dios terminan perdiendo su vida verdadera, la vida eterna y, por tanto, la salvación. “Quien quiera asegurar su vida la perderá”, recordemos.

La salvación, en cambio, está asegurada para quien adopte los valores cristianos y los practique, rija su vida de acuerdo con la voluntad divina expresada en los mandamientos, y se guíe a cada momento por las enseñanzas evangélicas que venimos repasando.

“Quien sacrifique su vida por mí y por el Evangelio, se salvará”, sentencia Jesús.

El camino del calvario

El sacrificio al que Jesús se refiere acá es negarse a sí mismo y cargar la cruz como Él lo hizo, sin duda la parte fundamental del pasaje citado. Negarse a sí mismo es vencer el egoísmo, el orgullo, la soberbia, para amar a Dios y al prójimo, poniéndose a su servicio, al servicio del bien común; cargar la cruz, de otra parte, es recorrer también el camino del calvario, abrazándonos al sufrimiento en lugar de eludirlo, todo para alcanzar finalmente la salvación, la resurrección, la vida eterna.

Así las cosas, un verdadero líder, además de vencer el egoísmo y el orgullo, debe aceptar las dificultades que le surgen a diario (las cuales constituyen pesadas cruces que suelen llevar las personas con mayor responsabilidad en virtud de sus cargos), pero enfrentarlas con valor, como manifestación de la voluntad de Dios y, en último término, como una gran oportunidad para vencer, para triunfar, para salir adelante, con base en los valores espirituales y morales.

Es lo que Jesús dice a sus discípulos, a los cristianos que desde entonces pueblan el mundo, pero también “a toda la gente”, dando a entender que cualquier persona, al margen de su condición o puesto en la sociedad, debe actuar en igual forma y, por consiguiente, ser igualmente líder, con un liderazgo dado por el cabal ejercicio de esos valores.

Todos podemos ser líderes, en definitiva. Todos debemos serlo.

(*) Autor del libro “Liderazgo con valores”, publicado por la editorial española Digital Reasons (www.digitalreasons.es)