23 de septiembre de 2021
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La ética pasó de moda

6 de abril de 2020
Por Mario De la Calle Lombana
Por Mario De la Calle Lombana
6 de abril de 2020

Al escribir estas líneas, me siento un poco como debía sentirse Esopo cuando escribía sus fabulosas Fábulas. Sin pretender, por supuesto, ser dueño de la genialidad del griego inmortal (si es que realmente existió, cosa que muchos autores niegan, aunque sus obras, por supuesto, sí son reales).

Volviendo a lo nuestro. Decía que me siento un poco escribiendo un relato casi infantil, pero tal vez con moraleja.

El cuento me lo echó un amigo que conoce a un ingeniero que vive en un sector rural de Cali, muy cerca del límite del área urbana, y está separado de su mujer, con la cual, sin embargo, mantiene una relación civilizada para poder garantizar a las dos hijas que engendraron en el matrimonio, una de ocho años y otra de diez, el bienestar económico y la estabilidad emocional que se requieren en su situación… y a fe que lo están logrando.

Las hijas viven con la mamá en un apartamento en la ciudad, situado a poca distancia del límite urbano. Entre ese apartamento y la casa rural del ex marido hay una distancia corta, tal vez menos de 10 kilómetros; la mayoría del recorrido, entonces, queda en el campo, sin mucho control policial.

Entre los acuerdos logrados por ellos, está el que los fines de semana, el ingeniero recoge a las hijas en el apartamento de la mamá y se las lleva a su casa de campo. Y al final, las devuelve a la ciudad y las deja en manos de la madre. Las niñas disfrutan sinceramente de esa variada vida y reciben toda la atención que requieren de sus papás. Hasta aquí, todo está bien.

O estaba, hasta cuando llegó la cuarentena. Hay una clara prohibición nacional de salir a pasear, y en ningún momento pueden estar juntas varias personas de una misma familia en las calles. Todo el mundo debe estar en casa, y si es necesario salir para llevar a cabo alguna de las actividades específicamente autorizadas en la norma que ordenó la cuarentena, solo puede hacerlo una sola persona de cada familia. Nada más claro.

¿Cómo afecta esta cuarentena a la ex pareja de la que estábamos hablando? Pues, por lo que se ve, en nada. El marido sigue saliendo los viernes al anochecer a recoger a las niñas, las lleva a su casa de campo, y las devuelve los domingos por la noche, o los lunes si son festivos, como si nada hubiese pasado.

Y aquí empiezan las preguntas. ¿No le da temor al ingeniero de marras que en esas salidas y en esos recorridos, él o las niñas puedan contagiarse? ¿Y no se da cuenta de que, si eso sucede, él será el responsable de ingresar al virus a su unidad campestre y, de pronto, esparcirlo en un área que ha estado más o menos bien protegida, generando, tal vez, muertes entre sus vecinos? Seguramente no ha pensado en eso. O se tranquiliza con la idea de que las posibilidades de contagio en esas salidas esporádicas, en esa ruta tan corta, no son muy altas. Y finamente porque, sí él dejara de correr el riesgo, no faltará otro que lleve la enfermedad. De modo que: tranquilo.

La otra pregunta es: ¿no le da miedo que la policía lo pare, le haga las preguntas de rigor, le demuestre que está violando la cuarentena y le imponga la cuantiosa sanción que está fijada para esa infracción? Seguramente piensa que tiene que recorrer muy pocas calles de la ciudad, que la mayor parte del recorrido es por una carretera en el campo en donde casi nunca se presenta la policía y, en último caso, hasta puede que ya tenga su documento de identidad envuelto en un billete de 50 o 100 mil pesos, y santo remedio. Sin importar que esa sea su contribución personal a la corrupción contra la que, seguramente, despotricaba en los mentideros y tertulias que frecuentaba en tiempo normal.

Falta la pregunta final, la trascendente: ¿no se da cuenta de que le está enseñando a sus hijas, ávidas de aprender, que esa idea tonta de obedecer las reglas es solo para los bobos, no para los vivos? ¿No capta que la educación más efectiva es la que se da con el ejemplo y que él, con esas actuaciones, está marcando con tinta indeleble, en las conciencias de esas dos inocentes, que las normas solo deben obedecerse en la medida en que esa obediencia no nos cause malestares o dificultades, y que, si uno se arriesga un poquito y tiene algo de buena suerte, puede impunemente saltárselas, así sean las más juiciosas y convenientes?

Este es un solo caso. Pero, ¿cuántos miles, o hasta millones de personas, actuarán de manera parecida?

Definitivamente, la ética no está de moda.