28 de febrero de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

La confesión de Judas

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
9 de abril de 2020
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
9 de abril de 2020

            – ¿Cómo le va, Judas?

           – Señor Judas, porque todo ha subido. Siguiente pregunta.

           – El solo nombre suyo asusta…

           – Uno se parece a su nombre. No soy la excepción.

           – ¿Usted de dónde era?

           – Yo no nací. A mí me fundaron. Yo me llamo Judas e Iscariote es mi apodo. Significa algo así como «el hombre de Queriyyot» que era una aldea de Judea donde me reclutó el Maestro para su tribu de pescadores. Al contrario de Mafalda, me tomaba la sopita, o sea, era buena persona. Yo tiraba el anzuelo y los peces picaban enseguida. Como ve, a falta de biógrafo certero – le confieso que me habría gustado Stefan Zweig, así se haya tirado a Fouché, ese sí un traidor de raca mandaca-, me toca hablar bien de mí mismo. Aunque alabanza propia es vituperio, decía mi madre, Ciborea que era bella como todos los atardeces que en el mundo han sido.

  • ¿Su madre qué decía de usted?

¿Su madre? ¡La tuya! Me quitó el saludo y la mirada durante un buen tiempo. Después me perdonó. Mamá es mamá aquí y en Cafarnaín. Hacía unos dulces de dátiles exquisitos. Píllese lo que dice mi madre por boca de Kalil Gibran, el poeta de Líbano: Estoy segura de que no traicionó a nadie porque amaba a los hombres de su raza…”. Más de Ciborea: “Mi hijo era un hombre correcto y virtuoso, muy amable y cariñoso en su trato conmigo. Amaba a su familia, parientes y compatriotas, y aborrecía a nuestros malditos enemigos, los romanos…”. 

         –  ¿No se arrepiente de lo que hizo?    

           – Esa es la pregunta del millón de talentos. Mi actuación estaba cantada por los profetas. Jesús también la anunció varias veces. Claro que en el papel yo era dueño de mi libre albedrío. Pero descubrí que libre albedrío es hacer lo que a uno le dictan. Las profecías conspiraban contra mí. Y escrito está: profecía mata albedrío.

           – ¿Y cómo redondeó la entrega?

           – Elemental, querido Watson de tierra fría: los escribas y fariseos preocupados por el protagonismo de Jesús, me dañaron el cerebro con algunas monedas de plata que hoy no alcanzarían ni para ir a vespertina y pagar parqueadero.

           – ¿Amó usted alguna vez?

           – Yo nací sin capacidad de sonreír y un hombre que no sonríe no

ama. El hombre que no ríe es capaz de matar a la mamá, dijo san Isidoro de Sevilla. Tenía razón y le sobraba para hacer milagros. La ausencia de sonrisa fue un inri demasiado tenaz que me tocó vivir. ¿Cómo enamorar así a una muchacha? Si jamás sonreí, menos podría ser feliz. ¿No ve que hasta los pintores me plasman en los cuadros con una pinta de fabricante de horcas hasta rara? Y siempre regando el vino, cuando lo cierto es que yo lo degustaba. Siguiente pregunta.

           – ¿Algún aporte suyo a la humanidad?

           – Ingresé al diccionario con el incómodo sinónimo de traidor. ¿Le

parece poco? Algún chistoso definió la mayoría como la mitad más un Judas. Además, judas también se llama “un gusano de seda que se

engancha al subir al embojo y que muere colgado al hacer su capullo”.

Yo también morí colgado pero con hache intermedia, o sea ahorcado. Extraña selfi, ¿no cree? Mateo, mi colega apóstol, lo cuenta así en su evangelio: «Y arrojando las  monedas de plata en el templo, se retiró, se fue y se ahorcó».

           – ¿Algún amigo?    

           – “Mis amigos, no hay amigos”. Bueno, de pronto Martín Scorsese, el director de cine italiano que me pone de amigo de Jesús en su película «La tentación de Cristo» que casi no dejan  ver en Colombia. Scorsese sí sabía dónde ponían las garzas.

           – ¿Lo que más le dolió de todo?

           – La hermosa frase que me lanzó Jesús después de decirme «amigo», en el huerto de Getsemaní: «¿Judas, con un beso entregas al hijo del Hombre?”. Confieso que todavía me duele haber recurrido a un rito tan bello como el del beso para entregar a mi Maestro. Pero como dice el tango, “un tropezón cualquiera da en la vida”.           

           – ¿Se llevó bien con alguno de los apóstoles?

           – Todos me tenían bronca. Cuando proponía echar una canita al

aire, jugar tute o dado, irnos de parche con alguna nazarena, me sacaban el cuerpo. Sólo les gustaba pescar, pescar y pescar, dormir, dormir y dormir.

           – ¿De los cuatro evangelistas cuál le dio más duró a usted?        

           – Soy respetuoso de la libertad de expresión. Ellos hicieron lo

suyo y yo lo que me pusieron a hacer. Juan andaba muy bien dateado. No quebraba un plato. Era lo que podría llamarse un tipazo. Tenía en Jesús su Garganta Profunda. Por eso su Evangelio es más sustancioso que el que escribieron los demás. En Juan está toda la película.

           – ¿Usted dónde anda ahora?

– He caminado más que un secuestrado por las FARC. Pero me salvé a último momento. Dios que es grande, me perdonó. Por eso creo que, al final, Chucho, como lo decían sus compañeritos de escuela, me aceptó como su amigo. Era un “man” simpático. No como reporteros como usted. Me asomé al alma suya y descubrí que por dentro de ella asustan.

  • Creo no le quito más tiempo, señor Judas.
  • Abro el paraguas y me voy con mi cruz a otra parte…