1 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

En el Día del Ididoma/Augusto León Restrepo Fray Rodín, un libro y una rosa

23 de abril de 2020
23 de abril de 2020
Nuestro colaborador Augusto León Restrepo suscribió en 2012, en Eje 21, ésta crónica, con el seudónimo de Fray Rodín. Hoy la reproducimos con ocasión del Día del Idioma. L.D.

23 de Abril. Por La Rambla, o Las Ramblas, la calle emblemática de Barcelona, no cabe un paseante más. Codo con codo se pelean el poder estar en primera fila para abrir las páginas y acariciar los lomos de miles y miles de libros, que exhiben editoriales y libreros. Muchas, muchas mujeres, escogen los ejemplares que entregarán ese día a sus amigos y prometidos. Las chicas, las mujeres maduras, las ancianas, llevan una rosa en sus manos. Las ventas de rosas inundan las esquinas. Es que en Barcelona se celebra el día de la muerte de Sant Jordi en 303 de nuestra era, que es el mismo día del libro, el mismo del Amor y de la amistad en la Ciudad Condal y que es el mismo en que se dice que murieron Shakespeare y Cervantes en 1.616. Sant Jordi es el San Jorge nuestro. O sea el caballero que vestido como guerrero lancea un dragón y le ocasiona su muerte, patrón de Barcelona, de los Scouts, de los ejércitos de Caballería, cuya imaginería inunda la ciudad, las iglesias, los palacios como el del Ayuntamiento o Alcaldía y el de la Generalitat o Congreso de la Comunidad catalana, éstos últimos que solo una vez al año -hoy- abren sus puertas para que el pueblo desfile por sus historiados e imponentes salones.

Hay razón suficiente para que San Jorge sea venerado. Resulta que según la leyenda, a las puertas de Montblanc llegó un dragón que comenzó a apestar y a infectar con su aliento el aire y el agua y a devorar cuanta res encontraba. Después de haber diezmado los vacunos, los habitantes de la villa empezaron a enviarle de sus propios corrales, caballos, ovejas y bueyes. Y cuando éstos se acabaron, hicieron una especie de lotería entre sus habitantes para ver quien se ganaba el honor de sacrificarse y así apaciguar al dragón. En un balotero de la época introdujeron los nombres de todos los moradores, incluso el del Rey y la princesa. Y tan de malas la princesa, que un día apareció su nombre. El Rey imploró por la vida de su hija, pero nada. Sus súbditos no le atendieron, dura ley es dura ley, y la princesa salió de las murallas a cumplir con su destino. Pero por el camino apareció un joven en su caballo blanco, se enfrentó a la bestia y de un lanzazo acabó con su vida. Era San Jorge. A sus pies cayó el dragón, desapareció su cuerpo como por encanto y de su sangre derramada brotó un rosal. Le entregó una de las rosas a la princesa y desde entonces hay que regalarle una a la mujer a quien se ama, a quien se estima, a quien se recuerda. Ahora han extendido la poética entrega más un abrazo, de manera especial a los ancianos. A los mayores que han botado en las calles y hogares geriátricos, a los vetustos que nada tienen, a los muebles humanos abandonados en el mundo.

Las mujeres en retribución han de regalarle a los hombres un libro, ojalá firmado por el autor. Unos cien son invitados y largas colas se hacen frente a las librerías y los puestos de venta. De los colombianos, solo Juan Gabriel Vásquez. Siete millones de rosas se vendieron, las unas colombianas, las otras ecuatorianas. De papel maché, de chocolate, de cerámica. Y miles y miles de libros salieron para los estrechos apartamentos, en que las bibliotecas fueron reemplazadas por los computadores. Alguien escribió, tal vez sería Borges, que se imaginaba el cielo como una gran biblioteca. Yo sentí cercano el paraíso en La Rambla de Barcelona, no obstante que las estanterías estuvieron llenas de libros de recetas de cocina, de moda, de como combinar jugos y batidos para no enfermarse, de como evitar el estrés, de como ser feliz y la importancia del ejercicio físico, de superación personal, de como prolongar la juventud. Ante lo inexorable todos queremos llegar bien vestidos, bien comidos, sanos, desarrugados, hermosos, riquitos. Pero no sobraría que debajo del sobaco, se cargara con Shakespeare, con Cervantes o con el poeta Borges. Seguro que la vida sería mas amable y la muerte más llevadera.

Como a la tierra que fueres haz lo que vieres, le acabo de entregar una rosa a la abadesa. Y a través de ella a todas las mujeres que me han alumbrado el camino, las primeras, mis hijas. No recibo libros a la vuelta. Me acaban de regalar de cumpleaños un kindle,»dispositivo de lectura inalámbrico pequeño, ligero y fácil de usar». Me lo pueden llenar en Amazon.es.

Por último, una personal infidencia: en Barcelona me ha golpeado la nostalgia por dos librerías de Manizales. La primera, la mía, Mafalda, en el Multicentro Estrella. Tuve que vender los libros a pérdida para pagar el arrendamiento. La otra, la Librería Palabras, de Germán Velásquez, donde la bohemia y la amistad sentaron sus reales. Sobre la temprana loza de Doña Sofía Convers, la librera, deposito una rosa de afecto.