2 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

En rara ocasión

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
24 de abril de 2020
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
24 de abril de 2020

La mamá de todos los días, la abuela materna, no permitió que la escasez robara los sueños de su pequeña nieta de 5 años de edad que ansiaba participar en el reinado de la guardería. La nana esculcó cada rincón de la humilde morada hasta encontrar la materia prima que, al cabo, exaltaría su malicia.

Con un costal de cabuya y un puñado de lentejuelas de color morado, diseñó el traje que le daría el cetro a la niña.

“Yo estaba muy feliz, porque llevaba puesto el vestido más hermoso que me hizo mi abuela”, recuerda con brillo en los ojos y mordiéndose la comisura de los labios, la chica de belleza ilesa.

De andar de trapillo pasó a cruzar los brazos a manera de imprimir sobre la tersa piel e incólume alma, aquel instante memorable de inocencia. Envuelta en la cobija de bordados rojos, y de rayas blancas y cielo sin nubes, ensayó inmortalizar a su perro de nombre “Coco”. El retrato de una chiquilla de pelo largo, risita abierta a la esperanza, botines negros y medias azules, reprodujo el sonido y el aroma de la niñez.

La virreina del certamen infantil conserva la única foto y no la comparte, “porque usted me quitó la corona”, responde en tono jocoso, mientras va tras sus huellas. Ambas guardan a salvo la amistad.

“Mi mamá limpiaba casas para darme de comer, y la verdad, nunca he aguantado hambre”. Kimberley, perdió a su papá en un accidente de moto, cuando tenía un año de nacida. A partir de ese momento emprendió el camino de duras pruebas y de constantes vaivenes. Tanto es lo de más como lo de menos; ella, agradece la experiencia.

La cara de suela del otro paraje de la historia; en parte, corre sin freno, a cargo de la abuela paterna que privó a sus padres de la titularidad de la casa que construyeron al lado de esa expresión de avaricia y de olvido. No obstante, el carácter noble y la personalidad firme, la joven de 23 años de edad, pone en contexto cada situación adversa.

La distancia recorrida en dos décadas dio solidez a los principios y a los criterios de la lozana mujer que sorprende por su inteligencia, mesura, sensibilidad e imaginación. Ella, cuenta el tiempo según los hechos, los sucesos acaecidos y las letras grabadas en el perfil luminoso de la luna. Así mismo, presenta la memoria larga en forma de ausencias significativas y empieza a narrar los aprendizajes, lejos de la victimización.

A lo mejor, con la cualidad natural de estar pendiente de su hermana menor, pretende orientarla acerca de las vicisitudes y los riesgos del maltrato y el abuso sexual infantil. También, aspira que sea una persona que desborde alegría, plenitud y talento.

La relación tensa y a soplos, exasperante, con su mamá no le nubló la razón; al contrario, trató de identificar los sentimientos, los miedos, los vacíos emocionales y la lucha solitaria durante los días de viudez.  Kimberley, destaca lo mucho que cambió: “Apenas está conociendo la felicidad”. Agradece, a su otro papá, que llegó a modificar los cosas para bien.

La muchacha aplica el aforismo de No lo juzgues sin conocerlo; a pesar del desencanto, la falsedad, la dominación y el errado apego, sigue creyendo sin candidez. No busca una figura paterna ni escabullirse del infortunio; proyecta, sí, andar estable y segura; libre y dispuesta; auténtica y sin miedo; atrevida y alegre; profesional e independiente; en fin, ser mujer en el mejor sentido de la palabra.

Kimberly, habla a borbotones y no aburre, cuestiona sin hacer asco y enfoca los temas para entender. Su promedio de edad mental es de cuarenta años. Ella, asocia el estilo de vida a las cosas sencillas y espontáneas.

La niña ataviada con cabuya y lentejuelas, ahora está próxima a ponerse la toga, la esclavina, el birrete y la borla. ¡Ojalá!, una vez más, se atraviese la abuela e invente otra vestimenta singular.