26 de febrero de 2021
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Óscar Domínguez El Mago Dávila se esfumó

Por Óscar Domínguez
23 de abril de 2020
Por Óscar Domínguez
23 de abril de 2020

El único colombiano que podía decir que en 1951 fue amigo y linotipista de García Márquez era Guillermo El Mago Dávila, bumangués, modelo 1929. Cumpliría 91 años el 25 de junio. Murió en la madrugada del miércoles  en la clínica Reina Sofía de Bogotá.

Le rindió el batido al caballero de la eterna sonrisa y la blanca barba.

«Mi partera, la señora Medarda, me cantó canciones hasta los cinco añitos, y le cantaba al color de mis ojos», contó en una de las tantas entrevistas que concedió.

Con Gabriel, como le decía al Nobel sin que se le oyera raro,  editó en Cartagena el periódico más enano del mundo, Comprimido, (22 cms. de alto por 14 cms. de ancho, sin márgenes). El Nobel lo dirigía, Dávila lo gerenciaba. Circuló seis números.

Santandereano pacífico, optimista de ley, enemigo íntimo de la tristeza y de la pereza, en primeras nupcias casó con doña Lydda Forero, quien lo antecedió en el viaje “a la morada celestial”. Era taita de cinco hijos y abuelo de 13 nietos, incluida Sofía una pequeña que le pidió permiso para ser su nieta. Accedió, encantado, y de ñapa adoptó el 13 como número de suerte.

El Mago mantenía relaciones incestuosas con el azar. Como tal promovía juegos “azarosos”, leía la palma de la mano, adivinaba el futuro y encimaba el pasado. Vendió lotería y chance.

Mormón, tenía los ojos del Corazón de Jesús cuando estaba chiquito… como el rector de EAFIT, Juan Luis Mejía.

Sobrevivió a dos accidentes de aviación y a uno de ferrocarril; a caídas por las escaleras, atracos, diverticulitis, bohemia, “mujeres bravas y maridos incomprensivos”.

El Salmo 91, su mantra, fue culpable hasta hoy de tantas supervivencias. Para ayudarle al Salmo vivía debajo de un eterno sombrero.

Su prolífica hoja debida nos cuenta que fue certero pronosticador hípico, jefe de relaciones públicas y asesor de ministros, brujos e indios amazónicos. Editó la revista El Congreso.

Figura en “Selecciones de Sucesos”, una antología de grandes cronistas hecha por el caminante Rogelio Echavarría (editorial Universidad de Antioquia). En el mismo libro, el Nobel García Márquez habla de muertes. El Mago, de caballos, para variar.

Se negó a pasar de la edad de la pasión a la de la pensión. Lo llamaban para hacer algo y estaba cogiendo una gotera, redactando un comunicado, o redistribuyendo el ingreso con algún antípoda de Bill Gates que se encuentra en la calle con el almuerzo embolatado.

Fue galardonado con la orden de “Caballero del turf”. Si los caballos no existieran el Mago los habría sacado del sombrero. Los equinos fueron su “modus vivendi y comiendi”.

Pero entre todos sus destinos privilegiaba el de linotipista-periodista. De su primer oficio recuerda que “la linotipia convertía las ideas en plomo”.

Siempre en noviembre, en el Cementerio Central de Bogotá, se echaba el mismo discurso para recordar a sus colegas “linotiplistas” idos. Desde septiembre empezaba a cambiarle alguna coma al discurso para que siempre fuera distinto. Luego posaba para la foto con los sobrevivientes de la logia. Este año, el del discurso será otro.

Ver al Mago con semejante vitalidad encima provocaba envidia perversa.

Lo de “Comprimido” fue así

¿Mago, cuáles son los antecedentes de Comprimido?

– Gabriel García Márquez llega a trabajar en El Universal de Cartagena como periodista, comentarista y editorialista en el periódico de Domingo López Escauriaza. Guilermo Dávila, “El Mago”; llega por esa época, 1951, como linotipista. Ahí nos conocemos.

Dice García Márquez en “Vivir para contarla”: “En uno de aquellos amaneceres en las bóvedas, Dávila me contó su idea de hacer un periódico de veinticuatro por veinticuatro –media cuartilla- que circulara gratis en las tardes en la hora atropellada del cierre del comercio. Sería el periódico más pequeño del mundo, para leer en diez minutos. Así fue. Se llamaba Comprimido, lo escribía yo en una hora a las once de la mañana, lo armaba y lo imprimía Dávila en dos horas y lo repartía un papelero temerario que no tenía respiro ni para vocearlo más de una vez”.

– ¿Por qué Comprimido?

Se trataba de exponer ideas en pocas palabras. Economizar también tinta y papel. El propósito era darle a Cartagena un diario vespertino que sustituyera a “El Fígaro“ que dejó de circular.

– ¿Por qué en Cartagena?

Coincidimos GABRIEL y yo en llegar a La Heroica, a El Universal para “escampar” cada quien de las preocupaciones que tenían en las ciudades donde estaban trabajando. Gabriel en Barranquilla y yo en Bogotá.

– ¿Por qué metafísico?

Las dimensiones físicas de Comprimido, media carta, le hacen escribir a Gabriel en el editorial de nuestro sexto número, “La última piedra”: “Comprimido seguirá circulando en su formato ideal, que ciertamente merecen para sí muchos periódicos. Desde éste mismo instante, este empieza a ser –para honra y pres de nuestros ciudadanos” el primer periódico metafísico del mundo”.

– ¿Por qué con García Márquez?

García Márquez me veía como “mago” y lo dijo: “Para mí, compartir con una mago la rutina diaria fue como descubrir por fin la realidad”. Yo veía en García Márquez a un compañero superior por su manera de escribir y el convencimiento que tenía de que debía llegarle un premio por “La Hojarasca” procedente de Argentina. A esto hay que sumarle que ni Gabriel ni yo, en ningún momento, pensamos en cómo sería retribuido económicamente el tiempo que invertiríamos en hacerlo.

– ¿Por qué el periódico nació un 18 de septiembre?

Porque fue la fecha en que la gobernación de Cartagena, que estaba a cargo en ese momento de Fulgencio Lequerica Vélez, nos hizo saber que nuestro diario había sido registrado en el libro de publicaciones de esa gobernación.

– ¿Cómo ejerció la dirección el Gabo?

De manera extraordinaria, se mandaba a sí mismo. Ejemplo, la narración de una corrida de toros se limitaba a decir buena o mala. Un discurso de Alfonso López Pumarejo, que le merecía dos o tres páginas de El Tiempo en Comprimido simplemente se registraba: “López dijo que los Conservadores…”

– ¿En qué consistió la gerencia de “El Mago” Dávila?

En levantar los originales como linotipista. Dirigir la armada de las cuatro páginas. Sacar $28.oo de su cuenta de ahorros para pagar cada edición. Visitar a los turcos de Cartagena pidiéndoles un aviso de un peso o cincuenta centavos, que nunca se lo dieron.

– ¿Cuál fué el aporte a la causa del Gobernardor Lequerica?

Que a diferencia de los actuales mandatarios, tomaba en cuenta los memoriales que se le dirigían.

– ¿Cuántas ediciones circularon?
Seis

– ¿Qué noticias dieron en Comprimido?

“Yo acabo con tiburones”, dijo Tito Bechara; “Veinte mil pesos aporta el municipio a Cartagena”, “Hagamos del turismo una industria y de Cartagena la meca del turismo”.

– ¿Cómo nació la amistad con el Nobel?

De una parte el ser linotipista de Garcia Márquez, me daba la oportunidad no sólo de compartir las inquietudes del momento, sino también en los momentos de descanso cuando salíamos al atrio de la iglesia de San Pedro Claver, hablábamos de su espera de noticias procedentes de Argentina en relación con su novela “La Hojarasca”; también, de la presencia en el periódico de aquellos censores que velaban porque no se dijese nada contra el gobierno nacional, a lo cual él siempre le “mamó gallo”.

Teníamos también nuestras conversaciones sobre los culebreros que enviaban la abarca para detener la muerte de los pacientes mientras ellos llegaban, los muertos felices, La Princesita y las Leyendas de las Sabanas de Bolívar, los gaiteros y las cumbias y disfrutábamos en algunas noches las exquisitas comidas de la cueva en donde siniguales maricones en suecos, servían frutos del mar y guartinaja con arroz con coco.
– ¿Por qué dejó de circular?

Porque se acabaron los ciento veintiocho pesos que se habían economizado y en la Caja Colombiana de Ahorros no dejaban sacar un peso más.
– ¿Sobre la colección de comprimido qué le puede decir a la humanidad, Mago?

– La mía, desafortunadamente, se la robaron quienes asaltaron mi casa y me dejaron por ese entonces sin binóculos y sin mi destartalada máquina Hermesbaby, portátil. En su momento el periódico se entregaba en la Gobernación de Bolívar, como ordenaba la Ley. Sé que en el círculo de periodistas de Cartagena existían algunos ejemplares.