24 de mayo de 2020
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Viernes Cultural El ladrón cumplió años/Iván Asmar.

10 de abril de 2020
10 de abril de 2020
A partir de hoy y como todos los viernes, Eje 21 abre esta ventana cultural donde nuestros lectores podrán apreciar creaciones literarias de escritores de Caldas, Risaralda y Quindío, de las mas diversas épocas, en los géneros del cuento y de la poesía. Hoy iniciamos con la edición del cuento «El Ladrón cumplió años», del abogado manizaleño Iván Guillermo Asmar Restrepo, -Iván Asmar-, emérito de la Rama Judicial, ex Decano de la Facultad de Derecho de la U. de Caldas y ex Magistrado Auxiliar de la Corte Suprema de Justicia. Iván Asmar publicó en el 2018 su primera novela «¿En verdad me quieres tanto?» que recibió merecidos elogios de la crítica especializada. Invitamos a nuestros lectores y colaboradores a que envíen sus creaciones literarias al correo [email protected] para su publicación.

Por Iván Asmar

Ayer cumplí años, y como quizás les ha ocurrido a otros en las mismas condiciones, la conciencia, que siempre se toma su tiempo, esta vez despertó primero que los otros días de mi vida. No digo que fue “como si me diera un bofetón”; ¡lo afirmo!: Me dio una cachetada y puso ante mis ojos un 7 y un 0 enormes.

A partir de ayer soy, de manera oficial y sin que, -sí así lo quisiera-, se me pueda regalar la oportunidad de discutirlo, un anciano.

Sí, un anciano, pero también un ladrón; no de estos días, ni de los últimos años. Lo soy desde siempre.

Mi problema no es ser ladrón; profesión tan antigua como la del ejemplo de siempre, tan versátil y multifacética como ninguna – mis colegas pueden ser vulgares raponeros o encumbrados jefes de estado-, tan útil y justa como cuando piden a quienes profesan este arte que roben a otros que a su vez han desposeído injustamente a viudas o niños – casos se han visto-.

Tampoco, de manera alguna y pese a lo dicho, me afecta llegar a viejo, con todas sus tragedias: Los olvidos, que son orificios del queso gruyere en los que se convierte el cerebro; o las urgencias a las que te somete la dictadura de la próstata; o la nueva arruga que día a día te enseña el espejo. ¡Nada puedo hacer para oponerme a la naturaleza!
Mi problema es ser un ladrón viejo. Por dos razones: una estética y otra funcional.

Olvidemos la primera por obvia, frívola y dolorosa porque después de haber sido, según muchas damas, el doble de Alain Delon, ahora ni él se parece a sí mismo. Concretémonos entonces a la segunda y hablemos de mis dedos:
Puedo decir que me serví de cada uno de ellos con la agilidad de los prestidigitadores hasta el punto que si hubiera optado por la magia, con seguridad, podía haber vivido de ella y levantado mi familia; claro que sin las comodidades de esta actividad.

Mantuve hasta hoy un diálogo individual, permanente e íntimo con cada uno de mis dedos. He sido consciente de las habilidades de mis meñiques y conozco de sobra cuando el izquierdo puede cubrir las deficiencias del derecho o viceversa. Cómo el anular puede levantar una billetera de un bolsillo y recibirla el índice y el pulgar de la otra mano en la mitad de un segundo. Han sido mis soldados, mis traviesos soldados con vida propia; siempre leales.

Antes de la acción siento que lo saben y se preparan; como si se adelantaran al cerebro, cada uno “entiende” qué hacer y, a veces, cuando cobro conciencia ya está todo hecho.

La estrategia, el sitio, la víctima, el modo y la oportunidad van por mi cuenta; el resto, es decir, la ejecución lo realizan mis dedos sin preguntarme, sin confundirse, sin dudar como si fueran rutinas aprendidas siempre victoriosas.

¡Tengo tanto qué agradecerles! Fuimos a muchas partes, cambiábamos de lugares de operación, viajábamos a distintos países a donde llegábamos después de haber estudiado con mucha atención el objetivo escogido.

Por ejemplo, en Suecia, nos hicimos al collar de la reina Cristina. Esmeraldas colombianas engastadas en oro. Les relato cómo fue:

Ese día, en Estocolmo, en los salones de la embajada, se ofreció una fiesta a sus majestades a la cual estaba invitado todo el cuerpo diplomático y en la que, Colombia, como agradecimiento a sus buenos oficios le entregaría a la reina el collar descrito.

La noticia del futuro agasajo a la reina la supe con anticipación de seis meses en El Espectador de Bogotá, en la que aparecía en páginas interiores con un titular a dos columnas con la información en detalle del valioso obsequio.

No recuerdo ahora, si primero funcionó mi imaginación que activó el deseo para después mi cerebro, fiel sirviente de aquellos, empezar a diseñar el plan; o, si fueron mis dedos los que con sus mensajes hormigueantes me incitaron a este gran golpe.

Como haya sido, lo importante es que conforme al diseño de la estrategia llegué a Estocolmo un muy fresco día de primavera y me presenté a la embajada a la que con anticipación había llamado desde Colombia en procura de información puesto que era mi intención supuestamente estudiar Economía en la Universidad de Upsala.

Poco o nada me supieron decir. Lo que en realidad me importaba era que me reconocieran al menos por ser el autor de una inusual llamada desde Colombia en la que aceptaron mi ofrecimiento de servir en el homenaje a la reina Cristina con cuya remuneración bien podía ayudarme a pagar en algo los gastos iniciales de mi estudio.

En la embajada fui muy bien recibido desde un principio, sobre todo por las mujeres, como siempre me ocurría. No lo puedo negar mi buena presencia me ha abierto todas las puertas sin necesidad de tocarlas y de ella, como habrán de imaginarse me he servido, con discreción eso sí, para mis fines.

Entretanto llegaba el gran día, preparé con esmero y paciencia un collar idéntico al del obsequio a la reina. Debo decir que éste sólo lo tuve cinco minutos en mis manos; oportunidad en la que le tomé varias fotos e inutilicé, de manera imperceptible a simple vista, el broche.

Pasé muchas noches fabricando la joya dándole visos de autenticidad al oropel que recubría su parte metálica y ese triste pero rotundo color verde de nuestras esmeraldas a las piedras brasileñas supuestamente preciosas que con tal fin me había cargado desde Colombia.

Como estaba previsto, el collar, después de unos minutos de haberle sido colocado por el embajador, cayó al suelo. Todo lo resolví yo, que estaba al pie de su majestad Cristina que volvió a lucir en su cuello la joya que quizás alcancé a apreciar más que la auténtica.

Han pasado muchos años y ninguna queja se ha escuchado. Quizás por aquello de que a “Caballo regalado no se le mira el diente”.

Podría hablar también de la vez en que el príncipe Carlos, con noble generosidad, permitió una selfie conmigo, uno de los siete mil millones de habitantes que pueblan la tierra y que además de su foto tuve su cartera con mil quinientas libras.

O, cuando llegó el Papa Francisco a Colombia. En esta no tuve nada que ver; todo lo hicieron mis dedos que no saben de respeto a jerarquías. Entre la multitud logré tomarle la mano a su reverencia y en un cuarto de segundo tuve el anillo papal en el bolsillo derecho del pantalón.

Al otro día El Tiempo, El Espectador y la revista Semana publicaron la foto de un Francisco perplejo mirándose sus dedos y con el titular del primero: ¿Qué quiso decir su Santidad?

Bueno, regresemos al principio: Estoy viejo y artrítico mis dedos quieren descansar.

Ustedes me dirán: Oiga, antes de irse ¿Cómo se llama entonces?

Les podría dar el nombre que hallan en uno de mis pasaportes: Benjamín Baber Esquenazy; o el de otro que utilizo menos: Pierre Antoine Barras; pero les daré el real, ustedes se lo merecen por soportar mi historia, el que aparece en mi cédula de ciudadanía, el verdadero, el que soy y he sido así me hubiesen sepultado otros nombres: Norberto Ortiz, de La Celia Risaralda.

Abril de 2020